viernes, noviembre 21, 2014
Obituario
martes, abril 29, 2014
Hijo de la tempestad
domingo, noviembre 21, 2010
Tinta azul y gris

... y de fondo: ´Fistful Of Love´, de Antony & The Johnsons(http://www.goear.com/listen/2e5f3ab/fistful-of-love-antony-and-the-johnsons).
Escribo con la tinta gris azulada que V. me regaló hace unos meses. Y que, ahora que no busco cobijo tantas noches en esta vieja y triste habitación de hotel, permanece a la espera de que encuentre un instante para recordar.
Intento descifrar mis propios códigos, repletos de claves secretas que he olvidado en los últimos quince meses, para descubrir algo apropiado que decirte. Pero no lo consigo. No reconozco las pistas que me permitan seguir el rastro hacia una melancolía que ya no viaja conmigo.
De modo que no puedo dedicarte un fragmento. No como los que ya escribí para ti. Ahí tienes la estación de invierno en la que te regalé el viento, el kilómetro cero donde te robé las aflicciones, la sala de espera de un aeropuerto en el que siempre había visto despegar a los aviones. Más tarde, el viento se llevó consigo las cenizas y las palabras tristes despegaron con el siguiente vuelo.
Desde entonces, sólo tuve tiempo de apostarme en la cima de los vientos, otro viejo compañero, para otear el horizonte. Miré una última vez, en derredor, alcanzándote con una mirada cansada de observar soledades. Después enterré en esa cima mi cuaderno de fuegos, mis notas arrugadas de papel y mi lápiz de escribir triste.
Lamento no poder ofrecerte algo mejor, pero me has dejado sin palabras.
Y, además, hay cosas que no precisan ser escritas.
sábado, mayo 29, 2010
La calidez del hielo

... y de fondo: "Heart Of A Volunteer", de Hans Zimmer.
Contemplo la playa de San Lorenzo, desde la cima de los vientos, avistando el otro extremo de la cala, como contemplo desde mi memoria el otro extremo del recuerdo. Los primeros años, ya lejanos, en los que construí un imaginario infantil aún no derrumbado. Y como en la escena, ya no alcanzo a distinguir a las personas que hay allí, ni están las que se han marchado.
Miro después en derredor, hacia el paseo marítimo, que alarga el paso bordeando la marea, bajo nubes de una tormenta intermitente. Y realmente, hubo demasiados años así, y se hizo muy largo el camino. Siempre amenazado por los truenos, siempre escondido de la descarga final. Siempre asustado. Cada tarde, al subir la marea, el mar embiste el muro de piedra, desgastando las rocas y erosionando las fisuras. Igual hizo la culpa, golpeando la estima cada noche, azotando las ruinas de un mundo antiguo.
Ahora, desde el otro extremo, percibo el silbido del viento en mis oídos, en mis manos la brizna de hierba mojada, y siento en mis huesos la humedad de un cuerpo cansado. Me arrodillo, no por la fatiga, pues no son tantos los años, sino para recordar que hace muchos años no llovía tan fuerte y que, pese a la crueldad de la borrasca, todo sigue su camino.
En el centro de la imagen, el mar se presenta sereno, aguardando nuevos oleajes, como un cementerio insoslayable de recuerdos sepultados.
Detrás de todo, descifrando mi viejo código de miedos, descubriendo la calidez del hielo, estas tú. Quizás por eso me resultaste cercana la primera vez. Te vi hace muchos años, desde el otro lado, pero aún no alcanzaba a distinguirte.
lunes, abril 19, 2010
Tres, dos, uno...
domingo, enero 31, 2010
Esperando

martes, julio 28, 2009
Etéreo

... y de fondo: 'Como quien da un refresco', de Manolo García(http://www.goear.com/listen/5d2ad34/Como-quien-da-un-refresco-manolo-garcia).
Equilibro las palabras desde las vértebras de una duna arenosa, desde donde la vista alcanza el vuelo inmóvil de gaviotas que aprenden a ejecutar el picado, como hacía Juan Salvador en aquel libro de niñez. Soporto estoicamente las sugerentes embestidas de Céfiro, agitador de temporales, para mantener la vista fija en el cuaderno de papel y en las palabras que vierto desde las profundidades. Me bastan unas pocas horas para regresar a mí y encontrarme otra vez contigo. Puedo distinguirte entonces, sentada en el viejo espigón donde se quiebran las mareas nuevas. Distingo la silueta de tu espalda desnuda, como una concatenación de susurros en la oscuridad. Distingo tu pelo liso bailando con el viento, tus brazos sosteniendo el ligero peso del cuerpo y otras cargas más pesadas que habitan más adentro. Las palmas de tus manos afirmadas en la roca fría, extenuada por las ardientes noches de un verano que ya no parece tan largo.
Esta mañana, antes de salir temprano a voltearme con el viento, de cruzarme con rostros felices por los efluvios de Baco, te miré dormir. Y te aprehendí después en mis retinas soñolientas, para llevarte cerca, como vapor del alma que me refrescara en los infiernos. Lejos del mar, tierra adentro, bajo las luces artificiales, me siento Sísifo; tanto me cansa subir las montañas, contener el deseo de dejarlas caer por el borde de tu falda, sobre mis esquiroles dedos (traidores). Desde la cima de la peña, abrasada por los últimos fuegos, vuelvo a presentirte cercana. Y ya sólo quedan silencios vacuos y silbidos de aire acerado. Tú, marcada por pomadas. Y yo, presto a liberar las palabras que me han mantenido equilibrado.
domingo, mayo 31, 2009
A la luz de las hogueras

Escribo como aquellas tardes que ya no alcanzo a descifrar, sentado en una mesa camilla y con la espalda resentida por una severa silla de madera. La luz del flexo atrae a los primeros mosquitos del verano, que vienen a recordarme que ha pasado otro año y que no he cambiado de lugar, ni de rostro, ni mis motivos para querer marcharme. Si miro a mi derecha veo los periódicos viejos amontonados que forman la estampa que siempre querías romper. Supongo que también siguen así en mi escritorio, inmóviles. Y la vieja máquina de escribir en el estante bajo, tan precaria y nostálgica. Si fuerzo esta memoria peligrosa que pliega mis años a su antojo, aún escucho el sonido de las teclas en mi habitación, cuando se la robaba a papá de su despacho y gastaba las cintas de tinta roja.
Llevo aquí más tiempo del que me hubiera gustado estar, pero aún quiero irme más lejos. Quiero estar en tantos sitios y tanto tiempo que no sé cómo empezar, ni por cuál, ni por cuántos años. Algunas noches me invade un vacío en el estómago que ennegrece los días posteriores, y entonces vuelvo a pensar si mis pies han dado los pasos que dejaron el instinto a un lado, y al otro se dieron con las comodidades. He perdido la cuenta de los folios arrugados que habré tirado a la nada, intentando describiros con palabras cómo son los ostugos oscuros que habito tantas noches. Detrás de las pinturas blancas de los muros, a veces no hay más que sombras y fantasmas que no quieren marcharse. Y me dicen todo aquello que no me atrevo a confesarme. Me hablan del viento y de las mareas, de los golpes de levante y de la decadencia luminosa del poniente.
En verdad hay en esta tierra lugares muy bellos, pero no es de esta manera como pueden vivirse bien. ¿Recordáis los cielos en llamas? Algunos días vuelvo a contemplarlos, tras pasar el arco. Sólo que esta vez, al pasar por los cristales, he dejado de verme con ojos de perdido. Y los estambres afilados de mis manos no son esta vez tan frágiles. Así que podéis estar tranquilos, porque aunque no sea capaz de renunciar a la tristeza, cada vez nos vemos menos. Espero que no tires mis viejas camisas, que papá mantenga vivo el viñedo del norte, y que la niña siga creciendo como menos lo notan los demás, y como más lo hago yo y más orgulloso me hace sentir.
Desde dentro.
lunes, mayo 18, 2009
Hasta la vista, viejo

NO TE SALVES
pero si
pese a todo
sábado, marzo 28, 2009
Plan de vuelo

Cuando hayas regresado, habrán muerto las flores del jueves y se habrá extinguido el calor que prendió tus pómulos. Habrás olvidado las últimas palabras que te dije y no reconocerás en las aceras el tránsito decadente de las noches más oscuras de Madrid. Guarda entre tus manos templadas un billete de vuelta a las afueras. Arranca del calendario las páginas pasadas, pero mantén aquellas de noviembre y la foto del callejón contiguo a la pensión.
domingo, marzo 01, 2009
Pequeño Rock&Roll

lunes, febrero 09, 2009
Entre tus calles

... y de fondo: 'Claro y meridiano', de Grupo de Expertos Solynieve(http://www.goear.com/listen.php?v=fddd96f).
Los fuegos de tu invierno se quedaron clavados en aquella playa de sueño, la que me recordaste nada más despertar, con las nubes grises en el cielo y la arena mojada. Las sábanas nos quedaban grandes, tan grandes como los días perdidos sin remedio, por eso voy a pedirte un favor. Con tus ojos grandes, con esos ojos grandes, intenta fijar esa imagen en tu retina. Se quedaron detrás de una mirada temblorosa, un amanecer del mes de enero. Me contabas sobre los callejones vacíos del pueblo con casas blancas, al sur del sur, las manos abiertas en los bolsillos del abrigo y una huída marcha atrás, sin frenos. También pudiste ver mi vestido rojo en el borde del acantilado, el brillo de los ojos cerrados sin pestañear, el viento haciendo bailar mi pelo largo y viejo, revoloteando entre los pájaros que atravesaban las primeras horas del día. Sólo encontraste palabras de huída, lo demás se había quedado tan atrás que ni siquiera arrastrándolo podía volver a ti.
jueves, enero 29, 2009
Los ladridos sordos

Hubo una posibilidad de redención que se perdió entre zonas muertas e inservibles. Donde hay duda, hay miedo. A la cobardía se la encuentra donde el miedo. A los reflejos esquivos al espejo se les padece desde el miedo. Sin quererlos ver. Sin que quieran verte. Aunque están al alcance de una mentira más, es más fácil buscar los callejones. Las grandes masas de asfalto mantienen adheridas las horas descontadas. Hasta que las páginas se llenen de aspas rojas, al borde de la psicosis los calendarios empapados.
Habrá otra noche que no regrese y otras madrugadas que ya no serán mías, pero no serán las mismas que alguna vez viví. Y aquellas veces que grito, en las que nadie me escucha, siempre utilizo idénticas palabras. Pero en una lengua que no comprende nadie, ni quiere decir nada. Nada.
Y, a pesar de todo, rondan mi cabeza. La rondan como perros, al acecho de una presa demasiado fácil.
Ladridos de un alma muerta.
viernes, diciembre 19, 2008
martes, octubre 21, 2008
Perdidos

Si lograra evaporarme, iría a rescatarte de la ciudad que te abruma. Si mañana no tuviera que ser responsable, guardaría poco equipaje en la mochila y me sentaría en uno de los últimos asientos de un autobús destartalado rumbo al norte. Miraría por la ventana la manera de alejarse las montañas, el vaho de los cristales en la madrugada. Escucharía con detenimiento el ronroneo del motor cascado. Vería las imágenes de la película de los años ochenta, pero no usaría los auriculares. Haríamos una parada en un pueblo solitario, seguro, y los viajeros saldrían bostezando para amontonarse en la barra del bar y pedir cafés con leche, sin azúcar. Al emprender la marcha, recorrería las rectas infinitas de las tierras de tristes figuras.
Más tarde, asomarían las afueras de Madrid, la ciudad de los desheredados. El metro sería el lugar donde la gente entierra las sonrisas, donde se apagan los rostros. Saldría a la superficie tras tres paradas, antes de taponar las vías de oxígeno con un sentido de falsa claustrofobia. Arriba buscaría el número exacto donde encontrarte. Me perdería en el primer intento, claro. Pero sabría cómo llegar a ti. Te sorprendería verme allí, de repente. Pero no tanto. Te daría el puñado de arena que cogí de la playa y nos alejaríamos de los coches y de las prisas en un tren de cercanías. Llegaríamos a la sierra de Madrid, cerca del gran monasterio, a aquella casa de montaña de la que te he hablado tantas veces. Allí el viento helaría los cristales del salón, crujirían los leños al fuego, arderían las distancias...
Y al atardecer, estarían lejos los abismos.
Lejos de todo.
Perdidos.
jueves, septiembre 25, 2008
Km. O

Hace un tiempo me habrían arrastrado las corrientes de un río desbordado. Hace un tiempo, cuando no era tan niño como podrías pensar, habría acudido a la soledad para refugiarme en una cabaña de recuerdos favorables. Hay unos años que no pude retener en mis manos infantiles, y otros que no pude soltar cuando intenté deshacerme de ellos, antes de que incendiaran mi mundo imaginario. Y me quedé solo, rodeado de restos de papel abrasado. Entre ellos, recompuse los pedazos que quedaron de mí después de la catástrofe, aunque tardé mucho en buscarme.
Te lo dije, no soy una persona triste. Dentro de mí sigue aquel niño que no se dejó ver más ante los ojos extraños. Yo soy él cuando río, cuando tiendo los puentes y levanto las barreras. Has llegado a verle muchas veces, aunque no supieras quién era ni por qué se esconde cuando llegan los demás. Y sí, me siento triste algunas veces, pero siempre abandono los lamentos justo después de haberlos escrito. Expulso las llamas para evitar que se queden dentro las cenizas. Después no hay mucho más de lo que ves, no me quedan más recursos con los que sorprenderte.
Hace un tiempo, decía, me habría sepultado la avalancha. Antes de reencontrarme, antes de mí. Hace unos años habría cerrado la puerta del taxi la otra noche, sin dejar lugar a despedidas. No habrías sabido de mí antes de olvidarte, antes de una noche en que no dormimos y en la que me pregunté si, por una vez, llegaré a cruzarme en el momento oportuno, cuando el sonido de mis pasos no resulte impertinente. Hace un tiempo hubiera sido sigiloso y no habría interrumpido tus sueños. Habría callado, como entonces hice tantas veces.
Sin embargo, ahora llueve diferente. La nieve ha copado la ladera y los torrentes de agua han inundado los pantanos, pero mi entereza no ha perecido en los desastres. Y sigo en pie para quitarte las tristezas, las manchas oscuras de los días grises. Hay personas que están hechas para hacer sonreír a otras, a las que se le colorean de pena las pupilas. A ti, que eres de las primeras, no te sientan bien las aflicciones. Cárgalas en mí, que suelo ser de los segundos, que las llevaré lejos de la ciudad para que no las encuentres. Lejos de ti, allá donde muere la tierra y bailan los vientos, las transformaré en fragmentos etéreos que no estorben tu ánimo.
Después, libre de cargas y de culpas, elige la distancia, el punto exacto en el que quieres mantenerme. Déjame lejos, si te da miedo acercarte. Déjame cerca, si te da miedo alejarme. Sea como sea, estaré rondando las estaciones de metro por si quieres que regrese.
¿Sabes? Preferiría no dejar de verte. Aunque tú no lo sepas, también tú te has llevado lejos mis tristezas.
martes, septiembre 02, 2008
Las hojas pisadas

... y de fondo: 'Lived In Bars', de Cat Power(http://www.goear.com/listen.php?v=cbfc7ec ).
Los días son extraños. Desde que me marché de la ciudad no he dejado de buscarte. En las primeras madrugadas, cuando no conocía el camino de regreso, meditaba entre los callejones estrechos si aparecerías al tomar la siguiente esquina. Sin apenas darme cuenta, los tonos violáceos del alba siluetearon horizontes, gaviotas y acantilados. La mañana del domingo, con el frescor helado de la primera brisa, pasé las hojas de un periódico hecho mirando entre las líneas, por si estuvieras escondida tras los párrafos. Agarré con fuerza la taza de café caliente para no constipar el pensamiento, tan atrofiado tras cada batalla que libro para encontrarme contigo. Pasaron las horas, pero no acudiste nunca a mi rescate.
Unos meses más tarde, con el barrio arraigado a las costumbres, quise otra vez perseguir el destino que huye siempre, tan veloz. Exploré, sin éxito, otras tardes más viejas por si en ellas daba con algunas pistas de tu paradero. Pero abandonaste todas las posadas en las que alguna vez nos vimos. Y al igual que las calles del pueblo parecen desiertas tras el largo estivo en el que todos han atosigado sus orillas, del mismo modo me encuentro yo desierto algunas noches, cuando me descubro asaltado por la soledad, e intuyo entre mis costillas el filo de un punzón que ha atravesado el tejido de unas sábanas que extrañan tu cuerpo tendido.
Como avisé entonces, he vuelto en los albores de las últimas tardes de septiembre, cuando tiendo hacia el otro lado de mí los puentes que quedaron a salvo. Recuerdo que la última noche que de verdad te vi, miramos las luces artificiales que iluminaban los muros cansados de la fortaleza roja. Ansío la vuelta de los fríos, la llegada de una nueva oportunidad de dar contigo. Supongo que seguirás siendo esquiva, que no permitirás treguar una pausa conmigo. Pero dame un respiro, porque de un tiempo a esta parte me siento fatigado. Las hojas de octubre perecerán pronto bajo las pisadas de los caminantes. Giraré entonces otra vez la esquina en que te busqué al principio, pero en otra ciudad, otras calles y con otros ojos, aunque vuelva a darme de bruces con las veces que no estabas.
sábado, agosto 23, 2008
Nostalgia

Cuando la cotidianidad envuelve los días, la libertad se presenta como una atracción irresistible.
El deseo actúa de un modo parecido. Llega desde atrás, desde el pasado, desde las experiencias que te hacen anhelar. Golpea todo el cuerpo, se adhiere a la piel como la libertad se adhiere a los vínculos. Luego, cuando lo has sentido, rodea tus flancos y sigue su camino, pero entonces sólo puedes contemplar la manera en que se aleja hasta verlo morir en el mar. Y esperar la siguiente racha de viento, la próxima sacudida.
Es posible que sea cierto el hecho de que haya un enfrentamiento mutuo entre la búsqueda de la seguridad y la necesidad de libertad. Aunque, siendo sincero, si tuviera que elegir entre el preciso instante en el que la arena embiste las vértebras y aquel en el que sólo la sientes alejarse, elegiría el primero. Aunque con ello renunciara a la nostalgia de verla marchar para siempre.
Renunciaría a los tiempos pasados y futuros para suspender en el aire el segundo en el que he sido más feliz.
Dirás que eso es imposible.
Lo es.
Por eso siempre me acompaña la nostalgia.
domingo, julio 27, 2008
Estación de invierno

Te diría que ocurrió en cualquiera de esos momentos, pero no te estaría diciendo la verdad. Recuerdo que cuando te vi por primera vez hacía tanto frío que había láminas de escarcha en las palabras y que la niebla ocultaba las fachadas de los edificios. Giré la cabeza hacia un lado y sólo regalabas un perfil del rostro. En lugar de aprender las lecciones que me he perdido no dejé de virar el rumbo de mis ojos hacia estribor, izando el ancla que había olvidado en las profundidades para ir a hablar contigo y saber si podría recordar(te). Y fue entonces cuando sucedió, mucho antes de preguntarte por la ubicación del Búho Real y de perdernos entre las calles siamesas de Huertas. Antes de caminar por la Calle Mayor y detenernos junto a los andamios de la plaza. Te conozco, aunque no quieras creerlo, desde mucho antes de haberte visto, aunque no puedo explicarte cuándo, ni cómo, ni quiénes éramos nosotros.
Sé lo que piensas cuando las dudas hacen bailar el mundo que conoces y no recuerdas los pasos. Conozco al guardián de las nieblas de invierno que, apostado tras las verjas, intenta evitar que te alejes de lo que conoces. He estado allí muchas noches.
Hay lugares que quiero enseñarte, fuegos que quiero compartir contigo. Déjame llegar. Deja que afloje los nudos que oprimen tus muñecas. Recupera el vuelo, el aliento.
Te regalo el Viento, si te hace falta para despegar.
jueves, julio 17, 2008
Claroscuro

Aquel apagón se llevó consigo la bahía de Cádiz y el rinconcito de una playa en Chiclana, la ruta por las marismas y las calles estrechas con edificios de muros blancos. Perdí de vista la Alpujarra en invierno, el pico de la gran montaña en verano, cuando nos sorprendió la tormenta en pantalones cortos y los años en calendarios alternativos. Desde entonces, el blues y el jazz me recuerdan a las noches en el Secadero inventando personajes para desconocidos. Merodeaba entre las multitudes, observando que era inevitable que todos se fijaran en ti. Y entonces me sentía verdaderamente afortunado porque tú eligieses estar conmigo, ofreciéndote sólo torpeza en las formas, timidez en las palabras y sinceridad en los gestos, incluso en los que no reconocías.
Ahora oteo el horizonte desde esta playa y apenas estamos a sesenta minutos de aquella bahía. Te veo pasear cuatro años antes con alguien que ya no reconozco, porque apenas queda algo de la persona que era entonces. Me ha abandonado la inocencia, la ingenuidad y la mirada blanca. El silencio se ha ido apartando de mi camino, como los sueños hicieron poco después. Ni siquiera fui capaz de intentar retenerte. Sin embargo, quiero pensar que mantengo la timidez en las palabras que buscan la profundidad, las que se descubren rotundas. Espero que mis gestos continúen pareciendo sinceros, porque de lo que estoy seguro, de lo que no dudo, es de que sigo siendo torpe con las formas.
Por eso intento averiguar la manera de decirte que me gustaría saber de ti otra vez, saber que todo te marcha bien. Por eso ninguna me parece suficientemente buena. Ahora me doy cuenta de que siento lo mismo que aquella noche en la que parpadeaba la luz ámbar del semáforo, iluminando la primera despedida. El mismo aliento prófugo de mi garganta y el mismo corazón en claroscuro.



