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lunes, junio 23, 2008

Quebrantos




Cuando vuelvo a los viernes me esperan las carreteras de regreso a la ciudad rojiza. Enciendo el motor de un coche abandonado, cubierto por el polvo, y al emprender la marcha intento desintoxicarme de la semana que ha volado y que me ha alejado un poco más de todo. Vomito por la ventanilla las mentiras que salpican una honestidad venida a menos, una ética que pongo en entredicho cada día, pero que no hace sino golpear los estómagos que hay más cerca. Llego a la estación de servicio de la autopista desierta, que espera a los visitantes sedientos, forajidos del asfalto derretido. Pido un café que cada vez encuentro más amargo y me siento junto a una de las ventanas a observar el paso fugaz de los vólidos que se acercan a la costa. En esos momentos, pienso que la escena era más bonita en invierno, cuando la lluvia golpeaba con fuerza los capós. Después pago el servicio y continúo mi camino. En la segunda parte del viaje, voy reconociéndome en las curvas, dejo atrás los tiburones y afilo el mentón descuidado de los fines de semana. Recuerdo la humanidad que se me está cayendo de los bolsillos, desparramada en charcos de sangre diluida en cloroformo.

Y, al girar las montañas, dibujo el trazado de un viaje imposible hacia el oxígeno. Y, al rodear los cristales, contemplo cortes en mi piel que no he curado bien. Y, entonces, necesito pensar que no será para siempre, que no he sido para nunca.

Hay quebrantos ocultos que no lograré disimular hasta los viernes y no podré falsificar todos los lunes.

viernes, diciembre 14, 2007

Océanos y rocas
















... y de fondo: 'Grey Room', de Damien Rice (http://www.goear.com/listen.php?v=c7b569e).

Son las siete de la tarde de un día cualquiera. Desde el pequeño rincón que he descubierto en este pueblo de viento, refugiado en un escondite de luz tenue, escribo lo que necesito que mis ojos escuchen, lo que quiero que la parte más humana de mí conozca. Estoy intentando, aún luchando contra las fuerzas más racionales que habitan mi mente, plasmar en unas pocas líneas las evidencias que no quiero ver. Son tan verdaderas que tengo miedo de reconocerlas como auténticas. Pensamientos que querría guardar en un cajón, o dejarlos arrastrar por este viento que azota las calles empedradas del barrio antiguo. Si, como me dijo una persona hace dos días, los pensamientos dejan de ser propios cuando los dices en voz alta, cristalizando tu realidad, quiero obligarme a escuchar lo que pienso y nunca he dicho antes.

Lo que hoy retumba en mis paredes son los ecos de los truenos que explotaban en mi cabeza hace unas semanas, cuando caminé hacia ningún lugar porque no encontré ningún lugar donde calmarme. Siempre he intentado hacer lo correcto, pero casi nunca he sentido que hiciera lo correcto para mí. Siempre he intentado ser justo con los demás, pero pocas veces he sido justo conmigo mismo. Siempre he perdonado a los que me han herido, pero no he conseguido jamás perdonarme mis errores. Quizás porque podía haber elegido hacer lo correcto, ser justo y no haber cometido estos errores. Soy una roca erosionada por las olas que golpean el acantilado. Soy un acantilado ausente que invita al borde del abismo. Soy un abismo que se esconde en las profundidades oceánicas.

Hay una vida en mi cabeza que hoy no se parece casi nada a la que vivo. Hubo unos días, hace no demasiado tiempo, en los que estuve cerca de llegar al sitio en el que me gustaría estar. Cuando estaba cerca de hacerlo tomé un rumbo inesperado que hoy sé que no tendría que haber iniciado. Tenía que haber seguido mi instinto y no mi raciocinio. Ahora, atrapado por las circunstancias amargas de una realidad que aborrezco, debo continuar caminando por estas tierras ariscas unos kilómetros más. Cuando, a uno de los lados de la carretera, haya un sendero de tierra, silvestre y salvaje, voy a escapar del asfalto que derrite a la persona más humana que hay en mí. Abandonaré el mundo aséptico desde el que ahora escribo para revolcarme sobre la hierba mojada y manchar mi ropa vieja. Cuando pueda tomar ese desvío, cuando tenga miedo de tomarlo, sólo tendré que venir aquí, a estos renglones, para cerciorarme de que he de perseguir lo que anhelo. Recordaré que debo ser justo conmigo, hacer lo correcto y no cometer viejos errores. Así no tendré que intentar perdonarme, porque sé que no podría hacerlo nunca.

Soy la furia que emerge de las simas del océano. Soy el océano que humedece los peñascos del acantilado. Soy el viento que arrastra a las olas a batirse con las rocas. Soy las olas del mar. Soy las rocas…

domingo, marzo 11, 2007

La luz de los faros
















"Polvo en el aire
si emprendo el camino.
Tierra y cristales
si no puedo más"

('Polvo en el aire', de Quique González)

Todo sucedió en la mitad de un segundo. Dos faros se situaron frente a mí a demasiados kilómetros por hora. Por un instante dudé que nos quedara tiempo suficiente a ambos para cambiar de rumbo, de destino. Una milésima fracción de tiempo después, un brusco movimiento hacia dos lados, frenos desgastados, corazones electrificados, y el aire de reserva ahogado en los pulmones. Después, sólo silencio. Mis pies en el asfalto y mi cabeza en algún lugar que desconozco.

Cuando los focos te deslumbran no tienes tiempo para pensar en nada, pero cuando permanecen los destellos puede verse todo con más claridad. A veces, intentamos encajar en los moldes equivocados. Medidas iguales cortan los trajes. Durante un tiempo, con mucho esfuerzo, puedes permanecer incrustado a base de razonamientos erróneos, martillazos en estado monetario que siempre son insuficientes y a menudo dañinos. En mi caso, pronto quedará todo en polvo y pedazos de una etapa que tan sólo me habrá dejado un puñado de experiencias y muchas muestras de la condición humana. El desconsuelo resignado de personas atrapadas en días áridos que se alargan hasta el infinito. La arrogancia de quienes piensan que el éxito se basa en las posesiones materiales. La honestidad del que intenta levantar su pequeña empresa, o el sufrido esfuerzo del que evita que se caiga. La educada cortesía y los modales de corbata. La falsa apariencia de los poderosos, limitados a la creencia de que la seda de los trajes conlleva una pertenencia a su mismo clan.

He intentado, en todo momento, mirar más allá de ese mundo encorsetado que han creado las empresas, y casi siempre he tenido la oportunidad de llevarme imágenes honestas en el camino de vuelta a casa. Recuerdo a un anciano paseando por el monte en el que se cobija su pueblo con un paso tranquilo, respiración profunda y manos cruzadas a la espalda. La mirada plácida y la conversación amable. Me quedo también con otras postales: una carretera que bordea la marea; una arboleda solitaria que huye de los caminos y de los edificios; costumbres de un pueblo anclado en cualquier día de hace treinta años; una casa antigua por la que corretean niños que entran en el despacho de su abuelo buscando atención; un grupo de obreros que disfruta de la compañía que se prestan en un restaurante de carretera mientras están alejados del hogar; una pareja francesa que intenta explicar lo que quiere a un hosco camarero de la costa. Y, por supuesto, una regresión a la infancia, a mis años en Motril.

Me quedo con todo esto y renuncio a lo demás. No tengo claras muchas otras cosas, pero no quiero resignarme. Estar frente a la luz puede cegar, o puede regalar otro punto de vista, una nueva oportunidad para comenzar.

lunes, diciembre 25, 2006

El paso del tiempo

















... y de fondo: 'What I Am To You', de Norah Jones. (http://www.goear.com/listen.php?v=33b4301)

Los cuerpos son tan frágiles que aprovechan cualquier oportunidad para ordenar a sus cerebros que les otorguen un descanso. Para conseguir su propósito conocen fórmulas infinitas, una de las cuales es la lesión. Un pequeño esguince aquí, un catarro allá... y consiguen sus vacaciones, los muy astutos... Mi cuerpo debía de estar agotado porque mi tobillo dijo 'basta' hace dos meses y aún se muestra tan perezoso como los niños que no quieren despertar.

Los días sin obligaciones laborales pueden ser largos y aburridos o tremendamente entretenidos. Estas semanas he fortalecido mis alianzas con los discos y los libros que esperan, en mi estantería, su oportunidad para brillar. La desesperación de los primeros días dio paso después al consuelo de tener el tiempo necesario para reflexionar que normalmente no tengo. Y he pensado en muchas cosas. Curiosamente, cuando menos puedo hacer son más las cuestiones que quisiera solucionar. Pero no puedo más que tumbarme en el tiempo a esperar mejor ocasión. ¿O estoy mejor ahora?

Lo cierto es que no añoro el sonido del despertador, ni la indeseable compañía de alguna persona con la que comparto oficina, ni las corbatas, ni los zapatos, ni el atasco de las siete y media en la circunvalación. Tampoco extraño a aquel camarero mal encarado de la cafetería del polígono industrial, ni a las industrias ni a sus gerentes. Ni siquiera echo en falta las horas al volante en las que me acompañan Ryan Adams, Josh Rouse y Quique González, amigos que me siguen acompañando en la convalecencia, desde el equipo de mi habitación, lejos del acelerado ritmo que impone la callle. Por ella circulan personas disfrazadas de lunes a viernes en horario comercial, parejas de baile de la necesidad y los escrúpulos.

Sin embargo, aunque disfruto de la tranquilidad que me ha regalado este paréntesis, echo de menos pasear al final del día por la ribera del río, lejos del tráfico y del ruido, y saborear el café con leche muy cremoso de la cafetería de la esquina. Rastrear las estanterías de las librerías en busca de un nuevo descubrimiento, o en las tiendas de discos que siguen perteneciendo a aficionados a la música, como el viejo amante del jazz de la calle Águilas o el rockero de Duquesa, que cada mes tiene reservado bajo el mostrador mi ejemplar de Mondo Sonoro. Tengo ganas de reunirme con mis amigos en el Café Botánico y en la taberna escocesa de nuestro amigo melenudo los viernes por la noche. Así dejarían de 'protestar' por tener que venir a mi casa; los domingos no son iguales sin una sesión de cine, ni los jueves sin los conciertos en el rincón privilegiado del Pícaro.

Te echo de menos a ti.

El paso del tiempo es lento pero progresivo y cada día que pasa hace alejarse cien a los fantasmas y acercarme un poco más a lo que quiero intentar ser. Sin ellos, por fin, me he quedado a solas conmigo y los colores bañan de calor las imágenes más frías de cada noche.

Deja el trabajo, deja aquella caótica ciudad y ven conmigo... ¿cuándo vuelves? Te esperan una mente descansada, una canción de Norah Jones y un corazón de alta en el acantilado.