martes, julio 31, 2007

La ciudad del hielo


... y de fondo: 'Momsong', de The Be Good Tanyas.

Llegué, como la novela de Almudena Grandes, con el corazón helado, no tanto por las turbulencias de un vuelo que siempre pareció demasiado largo y peligroso, sino por las lluvias de las últimas semanas, que también han parecido más extensas e inseguras que las anteriores. Nubes de una borrasca que había dejado demasiada calma tras de sí. Cuando llegué, aún sobresaltado por la cercanía de un final inesperado, no tuve tiempo de darme cuenta. Tardé un poco más. No fue tampoco durante el camino al barrio alternativo, cruce de calles similares y de colores contrapuestos, cuando lo advertí. La mañana siguiente, más reposado, desperté y me di de bruces con un pasado agradable que había perdido la costumbre de visitarme. El pasado, que había vuelto a ser presente, contempló los barcos del puerto desde el muelle de madera, primero, y desde la terraza de Herman's, después, intentando imaginar una vida tan libre... Pero aquellos pensamientos, meras delusiones de mundos más comprensivos, enarbolan banderas piratas, y muchas de mis cavilaciones suelen ahogarse antes siquiera de haber zarpado. Las otras, las que ya han fracasado alguna vez, siempre quieren hacerse notar.

Tras haberme esforzado por parecer menos carnívoro, un objetivo que desempeñé con cierto oficio casi hasta el final, fuimos a un local de jazz de cuyo nombre no puedo acordarme. Pero al menos tú lo sabes. Entonces alguna evidencia que aún no era capaz de definir se colocó junto a mí, entre nosotros, en el minúsculo espacio que nos habían dejado los demás, y entre las embestidas del camarero logramos disfrutar de un talento asiático que demostraba tener fuerza, al menos, para deslizar sus dedos por las teclas con mucho talento. Y junto a aquella diminuta artista, un saxofón arrancaba los aplausos de manos nórdicas. Las mías, sureñas, hacían un esfuerzo por no dejar caer la cerveza. Hasta eso nos distingue. Desde un punto intermedio entre el Sur y el Norte llegó el dueño de la elegante crepería, aquel gabacho templado sentado junto la puerta, esperando a las mujeres de su vida, con su delicado acento francés componiendo frases en un castellano parido con esfuerzo, pero con gracia. Y tú no conocías la bohemia de Aznavour...

Las rodillas, sin duda, son una parte delicada de los cuerpos. Si hubiera protegido de la misma manera las mías, supongo que mi paso habría sido más firme y menos tambaleante. Aunque, quizás, las lesiones serían las mismas. Con bollos de canela y cafés amargos, fuimos testigos de la pasarela de turistas en la plaza y en la catedral, y yo no era uno de ellos por mucho que mi pelo insinuara lo contrario. Los niños, al son de melodías cinematográficas, jugaban donde antes otros fueron quemados. Este es uno de los pasos importantes del progreso. Los diamantes sangrientos de Sierra Leona, sin embargo, hace que los hombres sean tan crueles como lo eran antes... ¿demasiada realidad para la ocasión?. Cúlpame por mis elecciones. Las tengo tan acostumbradas a ser desacertadas que podemos absolverlas. Me propongo como responsable solidario, o subsidiario, de las decisiones y las conversaciones que proporcionaron cualquier tipo de tristeza. Y, por entonces, ya pude vislumbrarlo todo.

El último día, abandoné una pena infinita en aquellas tumbas inocentes. La coloqué junto a los peluches, entre los cochecitos y las fotos de tonos sepia. Intentamos olvidarlo sobre el césped del parque, cuando devoré los renos del supermercado y se confirmó el fracaso en mi aventura vegetariana. Supongo que mi estómago necesita la carne como mi cabeza la nostalgia. "Demasiado melancólico para ser español", dijiste entonces. Y, en efecto, lo fui durante el concierto de The Be Good Tanyas en Pet Sounds. Una hora de predicciones futuras en las que soltamos amarras, y treinta minutos para descubrir una música suave y hermosa. Pero, de veras, siempre eché de menos el violín...

Fue entonces, mientras intentaba dormir tras la exótica cena, cuando me di cuenta de todo lo que habían susurrado los tres días. Son las personas las que otorgan carácter a las urbes, medida, ambiente y clima. Y allí, en la ciudad del hielo, fue donde encontré el calor que anduve buscando mis últimas semanas. Porque, no lo olvides nunca, los fuegos de invierno son aquellos que templan los corazones enterrados en la nieve.

Gracias otra vez, amiga.

miércoles, junio 27, 2007

Nubes de borrasca



Suele ocurrir tras los temporales. Antes, la rutina ennegrece las densas nubes de verano que, inmóviles, se preparan para la gran descarga. Los truenos ofrecen los primeros avisos. Comienza el espectáculo. De repente, un soplo de viento frío interrumpe el silencio, la falta de palabras que no evita las dudas, ni las preguntas que no fueron resueltas. En el ojo de la tormenta aún tuve tiempo de resguardarme. Sin embargo, preferí empapar mis alas, que se volvieron tan pesadas, o tan temerosas, que no pude marcharme a otros lugares.

Nublado el horizonte, el viento dejó de silbar y la atmósfera fue entonces más seca que nunca. Olvidé el significado de la tormenta en aquel instante vacío.

Había abandonado la costumbre de esconderme, así que no me importó que las primeras gotas aterrizasen sobre mí, simples precedentes de una ráfaga de agua más fuerte y tenaz que otras borrascas que pasaron por el mismo parque. También entonces pude haberme refugiado en ese escondite que he utilizado tantas veces, en el que he dejado tantas intenciones y he perdido razones para seguir creyendo.

Sabía que suele ocurrir. Tras los temporales. Cuando sufres turbulencias, etapas de poca incertidumbre y de grandes movimientos que arrasan todo lo que encuentran. Las casas desaparecen y las calles donde creciste no parecen las mismas. Pero también arrastran a los oscuros y malos recuerdos, que son diluidos en otras corrientes.

Cuando todo ha sido reconstruido, sin embargo, no queda más por hacer, y todo lo que hubo antes de la lluvia parece mucho más aburrido que nunca, y más anodino. Si no hay truenos que acallar, salvo los internos; si no hay lluvia con la que envolverse en agua, ni hay contenido en las palabras que silba el viento, salvo las que se escuchan en el interior; si se han secado ya las alas y aparentan estar listas para emigrar a horizontes más grises, para retornar al mar en el que zozobran los barcos más resistentes... Si acaba la tormenta, todo parece tan poco...

miércoles, abril 11, 2007

Insomnio

... y de fondo: 'The Animals Were Gone', de Damien Rice.


Por las noches, cuando todo es silencio y reflexión y pausa y colores oscuros, abro la puerta de casa y me dirijo a otro lugar. En el rellano no encuentro a nadie y bajo las escaleras con tanto cuidado como si mis pisadas fueran golpes de tambor. Desciendo hacia el portal sin ser descubierto y entorno la puerta al salir, por si alguien decide regresar. Recorro los treinta pasos que hay desde el jardín hasta la cancela mientras observo los altos edificios que empequeñecen mi bloque. Ahora que no hay luz, ni calor, ni gente, todo parece diferente. La luz de los faroles que cuelgan de las paredes se apaga, emite destellos discontinuos que parecen los guiños de alguien que no sabe hacerlo y cierra los dos ojos. Busco el puente colgante sobre el río, y cuando lo cruzo ya no se ve nada. Sin embargo, no necesito linterna. Sé dónde están las piedras del camino.

En la ribera de un cauce detenido crece una vegetación asilvestrada, que esconde un caserón que no visita nadie. La madrugada ha avanzado, pero hay reflejos de luz negra en las ventanas. Trazadas tétricas de un pintor cansado intentaron dar color a su fachada, agrietada por los años y el abandono. Hace frío aquí afuera, pero no siempre me atrevo a entrar. Las enredaderas parecen ahora negras cuerdas que sujetan los muros, y la puerta de madera, desencajada de su marco, pende de una bisagra desgastada. La empujo con suavidad y un escalofrío acompaña a mis vértebras durante mi espalda. Hay una gran escalera en la entrada, pero nunca he subido por ella. La madera del suelo cruje a cada paso que doy hacia lo que era un gran salón del que se olvidaron. La casa desprende fragilidad y temor a ser descubierta, pero las personas que antes entraron han tenido miedo de ir más allá del umbral. Pero yo no estoy asustado. Sé cómo son los fantasmas del camino.

Entre penumbras y recuerdos me siento a descansar junto a la entrada. Escucho unos pasos que se aproximan hasta mí. No me preocupan. Conozco al niño que aparece entre la oscuridad de este antiguo rincón perdido. Tiene los ojos oscuros, aunque son más claros cuando hay luz. Pero hace mucho que no duerme. Durante años, he venido a visitarlo cada noche. Me contaba historias felices que me hacían sentir bien. Después, cuando me marchaba, se quedaba junto a la ventana, apoyando su cabeza entre sus brazos, y se despedía de mí con una mano, agitándola agotado. No salía desde hace años, pero no recuerda cuál fue la razón que provocó su encierro. No quiere intentar acordarse. Sólo me contaba que una mañana, cuando despertó, no pudo recordar lo que soñaba. Y no quiso dormir, porque dormir sin soñar, decía, era como vivir las pesadillas por los sueños que no tenía. Y como no tenía sueños, todo fueron pesadillas. No había desconfianza entre nosotros. Sé quién es el niño que no ha dormido.

Esta mañana, cuando los primeros avisos de luz han rayado mi camisa, he cerrado los ojos y mi respiración se ha vuelto más profunda. Cuando he despertado, el niño ya no estaba a mi lado, y las puertas se han cerrado desde afuera. Quizás algún día, si regresa, le cuente lo que quería decir antes de dormir. Aunque desconozco si ha sido él el que ha despertado o soy yo el que siempre ha tenido cerrados los ojos y el entusiasmo, sé que es el niño el que vuelve a casa esta mañana. Si el pasado blanco ha despertado, o si se ha dormido el negro, y las luces de los faroles ya no son intermitentes, la puerta del portal seguirá entornada, como la dejé, y subirá las escaleras que yo temía recorrer.

Aquel niño siempre ha sido la silueta que vislumbraba desde abajo, el ser luminoso al que he lastrado tanto tiempo, al que he estado cosido como sombra. Yo he sido las piedras y los fantasmas del camino, y como sombra me quedaré en el oscuro caserón donde todo han sido malos sueños. Y dejaré que la luz ocupe su lugar, lejos del frío, del abandono y del insomnio de una noche que ha sido tan larga que no recuerdo su comienzo.

domingo, marzo 25, 2007

Los disfraces sensibles

La joven Zahara exhibe en su nuevo disco, ‘Día 913’ (autoeditado, 05), una camaleónica capacidad para camuflarse en distintos géneros musicales ofreciendo en todos ellos un resultado de impecable calidad. Convierte el jazz, el blues, la ‘bossa’ y la canción de autor en armas blancas que, combinadas con una sensibilidad desbordante y una poesía pura, desgarran el corazón más resistente.

Las canciones de esta dulce cantautora ubetense, que ha asumido la edición y distribución de su trabajo, se sumergen en las profundidades de su propio océano sentimental para sacar a flote un tesoro acústico oculto desde hace más de dos años. En su web (http://www.dia913.com/) pueden escucharse algunas de sus gemas. Durante 913 días, Zahara ha elaborado un disco elegante, melancólico y romántico a partes iguales, en el que da rienda suelta a una incontenible inspiración que la ayuda a escribir letras sobresalientes, cimentadas en los sólidos pilares de la literatura que abrazó desde pequeña.

Su voz, sutil y sugerente, suspira frágiles melodías capaces de embelesar los sentidos ajenos. Y su talento no ha necesitado pasar por academias. Sus cualidades, como sus cuerdas vocales, son bellas por naturaleza. “Soy autodidacta. Jamás di clases de canto, así que claramente en mis canciones prima la intuición. Me gustan los músicos que se guían por el oído, que buscan y experimentan. Llevo muchos años cantando pero es ahora cuando he encontrado un sonido que me gusta, que refleja lo que quiero contar. Lógicamente, llega un momento en el que se adquiere técnica, pero aunque en casa trabaje, estudie... cuando estoy en un escenario vuelvo a desnudarme de teorías y dejo que mi intuición me lleve a donde quiera”.

Por eso, en algunos momentos Zahara se disfraza de vocalista de jazz. “Aunque escucho música de casi todos los estilos, el jazz me ha dado la posibilidad de convertirme en un elemento musical más. Me permite improvisar, componer, encima del escenario, dejarme llevar realmente. Me da libertad para escuchar y recrearme, para dejar la letra al lado y escuchar música en estado puro. Cuando se conoce desde dentro no se puede abandonar, así que a mi manera, pasándolo por mi filtro, lo he aplicado a mis canciones y a mis conciertos”. En otros, se transforma en una seductora felina que ronronea versos delicados, un elemento al que recurre con frecuencia. “Los gatos tienen una forma peculiar de acercarse a las personas. Se mueven con elegancia, te observan, vienen un poquito y luego se van. Me gusta esa forma de estar siempre presente y a la vez escondiéndose de todo”.

También es capaz de desnudar su alma y ofrecerla a quien la escucha, como sucede en el último tema del disco, ‘Con las ganas’, en el que se convierte en una mujer afligida a punto de romperse en mil pedazos. “Es una canción tan sincera que a veces me da vergüenza cuando termino de cantarla, como si realmente todos supieran lo que opino y pudieran verme por dentro. Mucha gente me pregunta qué historia hay detrás de esa canción que me hace sufrir tanto... Sucedió hace algunos años, pero sigue sucediendo cada día”. En ‘Martina’, Zahara se viste de niña y vuelve a mirar el mundo con pupilas de pocos años. “Martina es esa parte de mí que a veces soy, que todos somos en algún momento. Esa otra ‘yo’ que no tiene prejuicios, que actúa por convicciones, por deseos. Tal vez demasiado hedonista, pero nunca dije que Martina fuera perfecta”. Pero en ‘Día 913’, la compositora no utiliza con tanta frecuencia el ropaje de artista comprometida con la sociedad que vestía en sus primeras canciones. “Cuando empecé a componer tenía catorce años y era incapaz de hablar de mí. Buscaba los temas que me parecían apropiados, pero nunca llegaba a implicarme del todo. Estuve casi dos años sin componer y después de ese tiempo, al volver a hacerlo, me apetecía escribir sobre los motivos que me impidieron componer y sobre los que me llevaron a retomarlo. Y sí, fue el amor, el desamor, la pasión, el sexo, el dolor...”.

Sin embargo, la mayor sorpresa del disco, la más grata, es comprobar que todos estos ‘disfraces’ no existen en realidad. Estos no son más que los distintos perfiles que esconde el corazón de Zahara. O de Martina. O de la vocalista de jazz. No en vano, el perfume es el mismo. Las doce canciones de su disco desprenden el aroma propio de un verso sincero, de un verso sensible. Como sus ‘disfraces’.

domingo, marzo 11, 2007

La luz de los faros
















"Polvo en el aire
si emprendo el camino.
Tierra y cristales
si no puedo más"

('Polvo en el aire', de Quique González)

Todo sucedió en la mitad de un segundo. Dos faros se situaron frente a mí a demasiados kilómetros por hora. Por un instante dudé que nos quedara tiempo suficiente a ambos para cambiar de rumbo, de destino. Una milésima fracción de tiempo después, un brusco movimiento hacia dos lados, frenos desgastados, corazones electrificados, y el aire de reserva ahogado en los pulmones. Después, sólo silencio. Mis pies en el asfalto y mi cabeza en algún lugar que desconozco.

Cuando los focos te deslumbran no tienes tiempo para pensar en nada, pero cuando permanecen los destellos puede verse todo con más claridad. A veces, intentamos encajar en los moldes equivocados. Medidas iguales cortan los trajes. Durante un tiempo, con mucho esfuerzo, puedes permanecer incrustado a base de razonamientos erróneos, martillazos en estado monetario que siempre son insuficientes y a menudo dañinos. En mi caso, pronto quedará todo en polvo y pedazos de una etapa que tan sólo me habrá dejado un puñado de experiencias y muchas muestras de la condición humana. El desconsuelo resignado de personas atrapadas en días áridos que se alargan hasta el infinito. La arrogancia de quienes piensan que el éxito se basa en las posesiones materiales. La honestidad del que intenta levantar su pequeña empresa, o el sufrido esfuerzo del que evita que se caiga. La educada cortesía y los modales de corbata. La falsa apariencia de los poderosos, limitados a la creencia de que la seda de los trajes conlleva una pertenencia a su mismo clan.

He intentado, en todo momento, mirar más allá de ese mundo encorsetado que han creado las empresas, y casi siempre he tenido la oportunidad de llevarme imágenes honestas en el camino de vuelta a casa. Recuerdo a un anciano paseando por el monte en el que se cobija su pueblo con un paso tranquilo, respiración profunda y manos cruzadas a la espalda. La mirada plácida y la conversación amable. Me quedo también con otras postales: una carretera que bordea la marea; una arboleda solitaria que huye de los caminos y de los edificios; costumbres de un pueblo anclado en cualquier día de hace treinta años; una casa antigua por la que corretean niños que entran en el despacho de su abuelo buscando atención; un grupo de obreros que disfruta de la compañía que se prestan en un restaurante de carretera mientras están alejados del hogar; una pareja francesa que intenta explicar lo que quiere a un hosco camarero de la costa. Y, por supuesto, una regresión a la infancia, a mis años en Motril.

Me quedo con todo esto y renuncio a lo demás. No tengo claras muchas otras cosas, pero no quiero resignarme. Estar frente a la luz puede cegar, o puede regalar otro punto de vista, una nueva oportunidad para comenzar.

jueves, febrero 08, 2007

Rescate en la niebla



Acércate. Las nubes han bajado hasta la tierra y han mojado mis sentidos. Mi cuerpo acañonado ya sólo siente frío, hielo en sus rincones. Desliza tus dedos entre mis pulmones para escuchar lo que no he dicho, lo que no habías entendido. Verás escudos oxidados que no me han defendido. Leerás frases que no supe escribir.

Aléjate. Hay gotas de lluvia en los árboles, a punto de caer. Y tonos lánguidos en la niebla difuminan ramas que se quiebran. Los relámpagos aún no han llegado, pero pronto verás luces explotar. Como un avión que cae al mar, nadie a los controles. Como una sombra escondida descubierta de temores. Mira mis pupilas enterradas en carbón. Barre sus escombros, limpia de grises sus colores. Verás en ellas las heridas que han dejado cicatrices.

¿Has visto algo que quieras rescatar? ¿Conoces el camino? Estás a tiempo de esquivar estos dardos, dar dos pasos hacia atrás. Recorre los pasillos que encierran mis recelos y tus celos. Cierra los pestillos tras entrar. Condensa nuestros errores en la niebla. Las nubes han evaporado tus despechos y las lluvias sólo son recuerdos agrios que he perdido.

Como aviones que en la noche ven luces brillar, nadie a los controles. Estrellémonos de nuevo contra el mar.

domingo, febrero 04, 2007

El gran hombre
















Luis vive en uno de los bloques que hay frente a mi edificio, torres de ladrillo visto que parecen hormigueros. Se mudó a mi barrio cuando ambos teníamos doce años y la primera vez que nos encontramos casi acabamos a palos. Pasaron algunas semanas y otro de mi pandilla lo invitó a jugar al fútbol con nosotros. Cuando lo vi aparecer tuve que morderme la lengua para no decir lo que pensaba de aquella traición. Después, Luis se convirtió en mi mejor amigo durante algunos años, hasta que las diferencias de los caminos que decidimos emprender nos fueron distanciando. Su casa sigue estando a cien metros de la mía, pero en los últimos cinco años apenas nos hemos visto. Alguna vez nos cruzamos camino de la panadería, nos saludamos y nos hacemos las típicas preguntas de estos encuentros.

Luis es alto, pesa más de cien kilos, su pelo es moreno y sus ojos muy pequeños y achinados. Tiene los brazos llenos de cicatrices y las manos pequeñas. Nunca le ha preocupado demasiado su imagen y es parco en palabras y en sonrisas. Pero es tan franco y sincero que no sabe disimular las verdades y la bondad se le cae de los bolsillos del pantalón. Antes vivía con sus abuelos y con su madre enferma. Recuerdo que una tarde, cuando teníamos quince años, lo vi muy serio y preocupado. Le pregunté qué le pasaba y me confesó su miedo al futuro, a lo que pasaría cuando sus abuelos no estuvieran y él se tuviera que hacer cargo de su madre. Y descubrí en él a una persona que no había conocido hasta entonces, un adulto que deja un mensaje en el contestador del niño. Carmen, su abuela, murió hace dos veranos. Cuando fui a acompañarlo al velatorio estaba solo, sentado en un sillón y su coraza no tardó en romperse. Ángel, su marido, no aguantó mucho sin ella, apenas un año. Ahora Luis cuida de su madre en una casa que parece más oscura y es más triste que la que yo visitaba hace años.

Ayer por la mañana, cuando iba a comprar el periódico, lo encontré saliendo de su coche cargado de cables de cobre. Le pagan tres euros por cada kilo que lleva a la chatarrería. Me contó que en la obra en la que trabaja como electricista un obrero intentó llevárselos y le dio dos voces. El albañil observó su corpachón, los dejó en el suelo y se fue. Al contarlo, Luis se rió a carcajadas y se le torció la boca. Una tarde, cuando éramos críos, fui a su casa para recogerlo antes de ir al entrenamiento y me lo encontré angustiado porque, al levantarse de la siesta, se había despertado con la boca torcida y no podía cerrar el ojo izquierdo. Me dijo que le había dado "un aire" y con los días se recuperó casi totalmente. Pero tuvo que aguantar las bromas crueles que hacen los niños. En otra ocasión intenté ayudarle a perder peso, así que le dije que tenía que hacer más ejercicio y comer mejor. Como veía que no era capaz de hacerlo, me iba a correr con él para que no se desanimara. Una de esas tardes, después del 'footing', lo encontré sentado en un banco de la calle comiéndose una bolsa enorme de cortezas. Y no quiso seguir haciendo ejercicio, aunque a veces no le dejaba más remedio: Hubo una tarde en la que estaba más perezoso que de costumbre y no me quedó otra que subir a su habitación y tirarlo de la cama. Antes le había quitado la manta, la sábana y hasta el colchón, pero seguía haciéndose el remolón sobre las tablillas del somier.

Hace casi seis años tuve que pasar por el quirófano a finales de agosto. La mayoría de mis amigos estaba estudiando para los exámenes de septiembre y no quería distraerlos, así que sólo avisé al que creía que era mi mejor amigo. Salí del hospital sin recibir respuesta y sufrí una de las mayores decepciones de mi vida. Después supe que, al enterarse de esto, Luis abroncó a este amigo y, encolerizado, le recriminó su acción delante de todos los demás. Me contaron que no pudo más que agachar la cabeza y desear que aquel gigante dejara de gritarle. Entonces comprendí que muchas veces marcamos el teléfono equivocado.

No hablamos mucho más, pero ese breve intercambio de noticias me hizo recordar cuánto ha significado Luis en mi vida, lo importante que fue su amistad durante algunos años que no fueron fáciles para ninguno de los dos. Supongo que vernos acerca un poco el recuerdo de aquellos fantasmas. El gran hombre en que se ha convertido sigue transmitiendo una generosidad que sólo desprenden las buenas personas, las que han sufrido mucho y sin embargo no se han quejado de su destino. Luis, al contrario, siempre estuvo dispuesto a cargar en sus anchas espaldas gran parte del dolor de sus amigos. Y no creo que pueda nunca devolverle tanto.

sábado, enero 27, 2007

Grullas y gaviotas

... y de fondo: 'Winter In The Hamptons', de Josh Rouse.
( http://www.goear.com/listen.php?v=b63e3ad )

Castell de Ferro es un minúsculo pueblo de la Costa Tropical, tan dada a playas no demasiado bellas. Aunque Castell comparte este eufemismo con otras calas próximas, al menos mantiene una diferencia importante respecto a Almuñécar y Salobreña: el pueblo no está masificado. El núcleo de la población lo forman personas que viven allí todo el año, trabajadores de la agricultura en invernaderos, pescadores con pequeñas barcas que atracan en la playa frente a la plaza del pueblo y ancianas que aún visten enlutadas. Cambriles es una cala aneja situada a un kilómetro escaso de Castell, y es donde edificaron las casas de 'fin de semana', las de familias que acuden cada viernes escapando de la vorágine de la capital, del tráfico y del ruido. Como muchas sólo amortizan su inversión en verano, suelen reunirse pocas personas en invierno, favoreciendo un paisaje solitario y tranquilo.

El miércoles tuve una reunión en el pueblo que terminó a las 13.30 y como mi tobillo aún necesita ejercicios específicos (deberes de mi encantadora fisioterapeuta) había guardado en el maletero una bolsa de viaje con ropa deportiva para cumplir mi tarea en la playa. Fui hasta Cambriles para estar más tranquilo y me encontré con lo que esperaba: no había nadie a un kilómetro de distancia. Además, el día estaba nublado y dibujaba una postal en la que el mar se confundía con las nubes en el horizonte. Mi tensión, acostumbrada a bajar en cuanto pongo mis pies en la costa, descendió entonces aún más y me permitió alcanzar ese estado de relajación absoluta y calma total que tanto cuesta conseguir en la ciudad. Aislado de todo y de todos, con un pantalón corto negro y una sudadera roja, comencé a caminar por la arena esperando que mi tobillo no me diera demasiados problemas.

Llevaba unos treinta minutos siguiendo las indicaciones de mi tabla cuando vi que una pareja se acercaba paseando desde la parte del pueblo. Caminaban esquivando las olas en la orilla, a paso lento. Aún estaban bastante lejos, así que no les presté más atención. Iba dando grandes pasos de lado a lado, de arriba a abajo, con los talones y después de puntillas, más tarde flexionando las piernas todo lo que podía... Transcurrieron unos minutos y los caminantes ya casi habían llegado hasta donde yo estaba. Pude comprobar que eran extranjeros porque son inconfundibles sus caras asalmoneteadas, incluso en invierno. Haciendo gala de la educación y los modales que abundan en el Reino Unido, me saludaron al pasar con un esforzado "hola, qué tal", y cuando les devolví el saludo continuaron su marcha, no sin antes intentar adivinar qué hacía alguien allí de un lado para otro. Se lo habría explicado, pero no recordaba cómo se decía tobillo en inglés. Ellos se dirigieron hacia las rocas, en el extremo contrario de la playa, y yo volví a mis asuntos.

Más tarde, de cara al mar y con el agua por las rodillas y amenazando mis pantalones, giré la cabeza hacia la izquierda y vi que los forasteros ya habían llegado y descansaban sentados en una de las rocas contra las que golpean las olas. Permanecían atentos al vuelo de varias gaviotas que planeaban por la playa. Siempre me ha gustado esa escena, aún más desde que hace ya muchos años leí 'Juan Salvador Gaviota' y las imaginaba aprendiendo a controlar el vuelo perfecto, a riesgo de estrellarse contra el mar. En esas estaba cuando recordé que aún no había hecho los ejercicios monopodales, de modo que di dos pasos hacia atrás para que sólo se mojaran mis piernas y levanté la derecha para cargar todo el peso en el tobillo izquierdo. Aún me cuesta mantener el equilibrio, por lo que no puedo evitar extender mis brazos en posición horizontal. Y fue entonces cuando ocurrió.

A finales de los años ochenta yo no había llegado a los diez y una película calificada como 'serie b' irrumpió con tanta fuerza en el imaginario infantil que ha marcado los recuerdos más niños de varias generaciones. 'Karate Kid' se asocia a la infancia, a los lejanos años ochenta, al tiempo en que te apuntaste a las clases de karate después del colegio, cuando aún salías por la tarde, porque querías ser como Daniel Larusso, aquel héroe discreto que se apoyaba en un anciano que era a la vez el mejor amigo, el maestro y el padre. Han pasado los años ochenta, los noventa y casi la primera década de un nuevo siglo, pero sigo viendo cada pase de la película que televisan. Como me ocurre también con 'Indiana Jones' o con la primera trilogía de 'La Guerra de las Galaxias', con 'Los Goonies', con 'Exploradores' y con 'Regreso al futuro', tengo tantos recuerdos cosidos a las cintas de esas películas que no puedo evitar volver a verlas siempre que puedo para volver a ser un niño. Y miento si digo que no me gusta serlo otra vez.

El miércoles, en la playa, cuando levanté la pierna derecha y extendí los brazos intentando mantener el equilibrio en una playa desierta, me sentí como el aprendiz de artes marciales que intenta dominar la técnica de la grulla. Cualquiera de mi generación que haya visto este filme sabe de lo que estoy hablando. Y cuando giré de nuevo mi cabeza hacia la izquierda y vi que la pareja de inglesitos estaba de vuelta casi detrás de mí y me miraba atónita, me despedí de ellos con un simpático 'see you' y amplié mi sonrisa. Durante unos segundos, había vuelto a ser un niño de ocho años.
Después me marché, pero una parte de mí se quedó el resto del día en esa playa, entre grullas y gaviotas.

miércoles, enero 17, 2007

El regreso del viento


Salgo a buscarme cada noche, pero nunca me encuentro.
Si me ves, dime que regrese cuanto antes.

Si me escuchas en algún rincón, lanza mis lamentos al desierto.
Si me odias, déjame tirado en cualquier parte.

Si me olvidas, arrrójame de nuevo contra el viento.
Pero hazlo donde yo también pueda olvidarte.

martes, enero 16, 2007

Fuegos de invierno

... y de fondo: 'Homesick', de Kings Of Convenience.
( http://www.goear.com/listen.php?v=bf36257 )

Si mañana contemplas un campo de batalla tan desolador y desierto, testigo de una batalla cruel y desproporcionada, que derrota a tus esfuerzos por caminar por los senderos más oscuros y tenebrosos, acudiré a la llamada de tus temores para intentar calmarlos.

Si mañana los árboles de tu parque arden y muestran sus brazos retorcidos y carbonizados por las brasas de la añoranza, sentimiento insensible y traidor que aparece y ataca en los lugares más inhóspitos, encontraré la forma de llegar hasta tu entusiasmo para rescatarlo del incendio.

Si mañana sientes que tus fuerzas flaquean mientras persigues la utopía, ente intangible que no se deja atrapar nunca, recorreré las distancias necesarias para alojarte en mi espalda hasta que recuperes el aliento que proporciona la ilusión recuperada.

Si mañana, afligida por las dudas, paseas por el averno y no encuentras la manera de volver y pierdes de vista cualquier resquicio de fe, surcaré los bosques de mi memoria para mostrarte lo que fuimos. Y te prestaré mis recuerdos si prometes devolverlos cuando no los necesites.

Si mañana te rodean los problemas y eres incapaz de vencerlos a todos no has de pensar que has fracasado, pues habrás sido capaz de ser valiente. Si la rendición te tienta formularé nuevas estrategias y trazaré nuevos caminos que te lleven hasta donde quieras llegar, carreteras que no recorrerás a tientas.

Y si mañana el escenario de la guerra y los árboles y el lago y la utopía se hielan, y si hasta el averno se congela, seré las hogueras que calienten tus días más fríos, a los que tanto temes. Seré los fuegos de invierno que templen tu corazón bajo la nieve.


"No te quedes inmóvil al borde del camino / no congeles el júbilo / no quieras con desgana / no te salves ahora / ni nunca. // No te salves / no te llenes de calma / no reserves del mundo / sólo un rincón tranquilo / no dejes caer los párpados / pesados como juicios / no te quedes sin labios / no te duermas sin sueño / no te pienses sin sangre / no te juzgues sin tiempo. // Pero si / pese a todo / no puedes evitarlo / y congelas el júbilo / y quieres con desgana / y te salvas ahora / y te llenas de calma /y reservas del mundo / sólo un rincón tranquilo / y dejas caer los párpados / pesados como juicios / y te secas sin labios / y te duermes sin sueño / y te piensas sin sangre / y te juzgas sin tiempo / y te quedas inmóvil / al borde del camino / y te salvas / entonces / no te quedes conmigo".

('No te salves', de Mario Benedetti)


... Gracias por recordármelo, por todo.

jueves, diciembre 28, 2006

Banderas al viento

















* 'Naufragio', de J.M.W. Turner
... y de fondo: 'Adagio para cuerda', de Samuel Barber.
(http://www.goear.com/listen.php?v=028a02b)

Aún puedo recordarlo todo. Atravesaba una etapa oscura y me sentía atrapado en mi propio contexto, asfixiado por un entorno cuyo aire estaba viciado, cargado por los años y las rutinas. Salir de la ciudad era la única solución al problema. Las ecuaciones de mi vida tenían demasiadas incógnitas, había demasiados borrones en la hoja de cálculo, demasiados errores por despejar. Quería contemplar el cuadro desde una posición elevada, abstraerme de aquella realidad, alejarme de mí mismo.

Las heridas eran demasiado recientes y dañaban incluso los buenos recuerdos. La maldad tiene el pernicioso poder de contaminar a su opuesto. Mientras la imagen del cristal se desgastaba un poco más cada mañana, la deriva se apoderó de mi rumbo, y no pude darme cuenta de que los mejores momentos habían quedado tan lejos hasta que fue demasiado tarde para regresar. Con ellos quedaron atrás los tripulantes de la travesía por el mar del exilio. Sólo tuve tiempo de sostener un pequeño papel entre mis dedos, y aferrado a él, no tuve más remedio que remar hacia algún nuevo destino.

Al llegar a la costa británica pensé que la tristeza se había ido también conmigo por ser familiar de la nostalgia, porque el paisaje era nuboso y gris (como nubosa y gris era mi vida). La lluvia dio la bienvenida a quien nunca había querido formar parte de un océano tan profundo y extenso. El naufragio tuvo la tentación de visitarme, pero quiso esperar a que la sed fuera salvaje y las fuerzas escasas. Pasaron las horas, los días, las noches, y pensé que todo mi esfuerzo había sido en vano, que era imposible volver a una isla que no aparece en los mapas. Al borde de un ataque de desesperanza, vulnerable al golpe de un mar infiel a las buenas intenciones, estuve a punto de irme a pique contra las rocas de la realidad. Banderas negras al viento.

En el último suspiro de la felicidad que desprendía mi primer pasado, último nutriente que aún no había terminado de consumir, pude verlos. Fue entonces cuando aparecieron y entre la niebla se dibujaron siluetas, y entre mis pensamientos ilusiones. Con esfuerzo abrí los ojos, pues creía que todo había sucedido, y encontré manos ofrecidas dispuestas a ayudarme. Tras contarles mi odisea, su silencio fue cómplice de mi desahogo. Las palabras justas y precisas son a veces las más necesarias y cualquier ánimo de venganza quedó olvidado. El rencor que sitiaba mi mente no tuvo otra salida que la retirada, y el dolor hubo de morir en la arena. Una segunda oportunidad otorgó un fulgor reluciente a mis ánimos. Nuevos tiempos para comenzar a navegar con nuevas velas. Las noches en la cantina, el frente común contra los forasteros (que nunca fuimos nosotros), las fiestas de ron y canciones, las langostas, la caza de brujas. El resurgir. El alma restaurada.

Los amigos que me rescataron en la costa noroeste de Inglaterra me dieron muchas cosas, aunque ni siquiera ellos saben cuántas. Las cartas de navegación no pueden limitarse al papel, al igual que no hay diques capaces de retener todo el peso de un océano interior que ansía desbordar cualquier abismo. Desde hace meses surco nuevos mares, pero aún siento adherido a mi piel el salitre de aquellos días, y aún hoy, siempre que la tormenta me sorprende lejos de tierra firme busco aquella etapa, brújula de mi presente y mi futuro, para no sucumbir a los embistes de esta vida. Tengo la esperanza de que volvamos a encontrarnos en algún puerto. Y quiero pensar que tendré la ocasión de solventar mis deudas y compartir lo que conquistamos.

Banderas blancas al viento.

lunes, diciembre 25, 2006

El paso del tiempo

















... y de fondo: 'What I Am To You', de Norah Jones. (http://www.goear.com/listen.php?v=33b4301)

Los cuerpos son tan frágiles que aprovechan cualquier oportunidad para ordenar a sus cerebros que les otorguen un descanso. Para conseguir su propósito conocen fórmulas infinitas, una de las cuales es la lesión. Un pequeño esguince aquí, un catarro allá... y consiguen sus vacaciones, los muy astutos... Mi cuerpo debía de estar agotado porque mi tobillo dijo 'basta' hace dos meses y aún se muestra tan perezoso como los niños que no quieren despertar.

Los días sin obligaciones laborales pueden ser largos y aburridos o tremendamente entretenidos. Estas semanas he fortalecido mis alianzas con los discos y los libros que esperan, en mi estantería, su oportunidad para brillar. La desesperación de los primeros días dio paso después al consuelo de tener el tiempo necesario para reflexionar que normalmente no tengo. Y he pensado en muchas cosas. Curiosamente, cuando menos puedo hacer son más las cuestiones que quisiera solucionar. Pero no puedo más que tumbarme en el tiempo a esperar mejor ocasión. ¿O estoy mejor ahora?

Lo cierto es que no añoro el sonido del despertador, ni la indeseable compañía de alguna persona con la que comparto oficina, ni las corbatas, ni los zapatos, ni el atasco de las siete y media en la circunvalación. Tampoco extraño a aquel camarero mal encarado de la cafetería del polígono industrial, ni a las industrias ni a sus gerentes. Ni siquiera echo en falta las horas al volante en las que me acompañan Ryan Adams, Josh Rouse y Quique González, amigos que me siguen acompañando en la convalecencia, desde el equipo de mi habitación, lejos del acelerado ritmo que impone la callle. Por ella circulan personas disfrazadas de lunes a viernes en horario comercial, parejas de baile de la necesidad y los escrúpulos.

Sin embargo, aunque disfruto de la tranquilidad que me ha regalado este paréntesis, echo de menos pasear al final del día por la ribera del río, lejos del tráfico y del ruido, y saborear el café con leche muy cremoso de la cafetería de la esquina. Rastrear las estanterías de las librerías en busca de un nuevo descubrimiento, o en las tiendas de discos que siguen perteneciendo a aficionados a la música, como el viejo amante del jazz de la calle Águilas o el rockero de Duquesa, que cada mes tiene reservado bajo el mostrador mi ejemplar de Mondo Sonoro. Tengo ganas de reunirme con mis amigos en el Café Botánico y en la taberna escocesa de nuestro amigo melenudo los viernes por la noche. Así dejarían de 'protestar' por tener que venir a mi casa; los domingos no son iguales sin una sesión de cine, ni los jueves sin los conciertos en el rincón privilegiado del Pícaro.

Te echo de menos a ti.

El paso del tiempo es lento pero progresivo y cada día que pasa hace alejarse cien a los fantasmas y acercarme un poco más a lo que quiero intentar ser. Sin ellos, por fin, me he quedado a solas conmigo y los colores bañan de calor las imágenes más frías de cada noche.

Deja el trabajo, deja aquella caótica ciudad y ven conmigo... ¿cuándo vuelves? Te esperan una mente descansada, una canción de Norah Jones y un corazón de alta en el acantilado.

domingo, diciembre 17, 2006

La segunda despedida













... y de fondo: "This One's For You", de Ed Harcourt.

Me salvaste. Apareciste cuando mis pensamientos creían que no ibas a llegar, cuando todas mis esperanzas se habían marchado, junto a mi inocencia, y me habían dejado solo.

Son extraños los hallazgos. Si no esperas encontrarlos, cristalizan. Si los buscas con ahínco y decisión, nunca son tan buenos como imaginaste. Y, sin embargo, aquella noche, cuando había desistido en mi búsqueda, te vi junto a las columnas. O quizás tú me viste, porque mi desconfianza y yo hacíamos entonces una buena pareja. Contigo volvieron antiguos sentimientos que se habían cansado de mí. Volvió el que nunca debió haberse ido, para exiliar al rostro que contemplaba en un espejo demasiado oscuro. Demasiado parecido a lo que nunca quise ser.

Después no pude evitar crecer y perseguir aquello que hasta entonces sólo había imaginado, y tuve que sacrificarnos. Sobraron los motivos y sobró la verdad, aunque hoy sigo pensando que faltó la palabra. Recorrí las experiencias necesarias para caminar con sentido en alguna dirección, aunque todavía no sé dónde llegaré cuando pasen estos años. Tal vez por eso no he querido soltarte. La posibilidad de volver a un pasado feliz otorga seguridad en la misma proporción en que resta valor para afrontar un presente inestable y un futuro incierto. He aprendido que debo despedirme de ti. He recordado que debo olvidarte para seguir adelante, aunque siempre voy a llevarte en mi equipaje.

Me salvaste. Llegaste cuando más necesitaba encontrarte. En nuestra primera despedida alquilaste una habitación en mi memoria. Si realmente faltaron, ahora tienes las palabras.

No quiero perder las llaves. Quédate el tiempo que quieras.

martes, noviembre 28, 2006

Las señales azules















... y de fondo: "There's Always Sunday", de Karen Matheson.
( http://www.goear.com/listen.php?v=87bffd7 )

Algunas veces la lluvia provoca que el cristal se empañe. Entonces, el tenebroso paisaje exterior desaparece y permite que, durante unos minutos, no tengas más remedio que mirar lo que tienes más cerca de ti. Al fin y al cabo, no se ve nada más allá de la ventana. Algo hay que hacer. Cuando no tengo otra opción que pensar en mí, intento recuperar lo bueno que he tenido, aquello que vuelve de modo recurrente. Cuando no puedes ver nada, siempre hay un punto de luz que irradia desde las entrañas para iluminar los días oscuros.

Las caídas son peligrosas, pero es necesario recuperarse pronto de los daños que producen. Como cuando eres un niño y estampas tus codos raspados contra el suelo. Sólo hay que esperar la señal de salida adecuada para coger impulso y volver a empezar, a afrontar un nuevo reto que nos pregunte hasta dónde queremos llegar. Allí arriba, donde esperan mis ilusiones, el lugar al que mis pasos me dirigen a pesar de la fuerza contraria, es donde quiero quedarme.

He estado demasiado cansado para caminar y, sin embargo, he caminado. A veces he sido demasiado indeciso, pero he tomado decisiones. No hice nada por retenerte y, sin embargo, nunca te has alejado (a pesar de la distancia). Sigues cerca de mí y conoces cuál es el destino, el punto de llegada. Las curvas hacen más difícil el sendero pero, ya ves, las sorteo como puedo. Ahora que sé que la dirección contraria siempre busca su origen y vuelve al mismo lugar, mantengo el rumbo firme.

Ha dejado de llover y el cristal ha perdido su estado translúcido. Saldré y te esperaré al final de esta calle. No tardes, que quiero hablar contigo.

No te dije que te quedaras, y sin embargo me ilusiona tanto que vuelvas...

jueves, noviembre 02, 2006

El viento de regreso


... y de fondo: 'Lullaby', de Beth Rodergas.
( http://www.goear.com/listen.php?v=69d5278 )

Hoy he recuperado la memoria perdida y he podido contemplar todo aquello que no he tenido contigo. La oportunidad es una persona que se lleva mal con el tiempo. Y yo, aficionado a recrearme con el segundo, tiendo a ser descortés con la primera. No puedo decir que sepa elegir el momento adecuado, o que sepa identificarlo.

Las últimas semanas has rondado mis pensamientos, pero no he sido capaz de dar el paso necesario para volver a verte. Realmente me arrepiento tanto de cómo hice las cosas... Sin embargo, todo se ha precipitado y ahora nada es importante. Caminé hace tan poco tiempo por el mismo sendero que ahora recorres tú que aún me duelen los pies. Soy torpe en los momentos que requieren cualquier cosa menos torpeza, y en el intento de ocultar mis defectos procuro ofrecer todo lo que tengo. Hoy te lo ofrezco todo a ti.

Cuando pensaba que sólo fuiste el viento que despeinó mi conciencia has vuelto para azotar al rescoldo que queda de nosotros en un rincón de mi cabeza. Quizás pienses que no importa nada, pero a veces he soplado a esa esquina para evitar que desapareciéramos. Hoy que hay tormenta tengo la esperanza de que el viento vuelva a agitar los árboles, a pesar de ser otoño. Puede que las hojas se caigan y dejen de ocultarme.

Qué fácil podría ser. Qué difícil me resulta todo.

viernes, octubre 13, 2006

El niño de Motril


... y de fondo: 'Older Chests' de Damien Rice.
(http://www.goear.com/listen.php?v=dbb415c)

Recorrer las carreteras cada día durante varias horas tiene algunas cosas buenas. El trabajo me ha llevado esta mañana hasta Motril, un pueblo de la costa granadina. Digo pueblo porque siempre lo ha sido, aunque desde hace poco ya es considerado una ciudad por su alto número de habitantes. Y supongo que ya no tiene mucho de pueblo. Ha perdido el aroma de barriada pequeña en la que viven los trabajadores del puerto y ahora las hordas de coches provenientes de Granada llegan temprano y se van tarde. Los restaurantes están completos y las tabernas donde sirven 'pescaíto' frito y pulpo conviven con los locales de comida rápida. La rivalidad con la capital sigue latente. Y el carácter recio y en ocasiones tosco de muchos de sus habitantes también. Pero eso es Motril, sus peculiaridades, sus defectos, sus virtudes...

Cuando ha terminado la reunión, causa de mi visita, quedaban tres horas hasta la siguiente cita, en Molvizar, otra población del interior pero cercana a la costa, así que he preferido almorzar en Motril. Antes de entrar al restaurante he paseado por algunas de sus calles. He ido a Las Explanadas, parque flanqueado por hileras de palmeras y terrazas con sillones de mimbre para tomar café por las tardes, cuando la brisa es más agradable. Allí hay niños aprendiendo a montar en bicicleta con sus padres, ancianos reunidos en torno a bancos de mármol y estudiantes que han terminado sus clases. Después he cruzado la calle y he ido a la Plaza de la Aurora, situada a unos escasos cien metros de distancia. Su trazo es irregular y no queda claro si está más cerca de asemejarse a un trapecio o a un triángulo. Bloques de cuatro pisos la bordean, y unos arbustos escasos y mal cuidados que pretenden ser un jardín dan cobijo en su centro a uno de esos toboganes verdes antiguos cuya pintura ha perdido todo su brillo por el desgaste del tiempo y el uso. Hay tierra en el suelo y los niños hacen cola para subirse al columpio. Las madres los observan tranquilamente unos metros más allá. Se escuchan gritos infantiles y carcajadas inocentes que aún no necesitan ser forzadas.

Desde el banco en el que estoy sentado, con el nudo de la corbata aflojado, el primer botón de la camisa libre y las mangas hechas un buñuelo, observo que otro niño dobla la esquina de forma apresurada y se dirige hacia el tobogán, pero al advertir que está ocupado viene a sentarse justo a mi lado, no sin antes lanzarme una mirada interrogatoria e inquisitiva. Parece un poco desconfiado, o tal vez sea una excesiva timidez encubierta. Creo que mi gesto ha sido conciliador porque finalmente se ha sentado a esperar su turno. Mide poco más de un metro, cuenta unos cinco años de edad, tiene el pelo negro y ondulado, aunque parece que demuestra cierta rebeldía ante el peine. Viste un chándal azul marino con franjas blancas y unas zapatillas desgastadas por darle patadas a un balón. El cordón de una de ellas está desatado, pero no parece importarle. Cuando le aviso me da las gracias en un tono casi inaudible e intenta anudarlo con un resultado tan desafortunado que al final opta por esconderlo en el interior de la zapatilla para que no le estorbe.

Tras unos minutos, ha observado cada movimiento y cada persona de la plaza para sentir que controla la situación. Tras ello, dirige los ojos al primer piso del bloque que tenemos enfrente. Asomada al balcón, su madre aguarda a que le dé la señal. "No hay peligro, puedes estar tranquila. Yo soy todo un hombrecito", parece pensar el niño. La madre, comprensiva pero madre, le regala una sonrisa y permanece inmóvil. "Está hecho un hombrecito, cómo pasa el tiempo". Después de este intercambio de gestos, la mirada del crío se pierde en algún lugar del universo y sus ojos quedan fijos en algún punto disperso. Ha dejado de estar en esta plaza. La imaginación que le proporciona su corta edad lo ha transportado a algún planeta propio en el que es un superhéroe o un valeroso guerrero. Corre más rápido que nadie, tanto como un caballo de pura sangre, es capaz de volar y tiene poderes extraordinarios como la telepatía. Reflejos de su afición a las películas de aventuras y de ciencia ficción, a los cómics y a los libros de piratas.

Al cabo de unos minutos parece volver a la realidad porque unas niñas de su edad están jugando cerca de nosotros y cuchichean entre ellas. Él, de repente, parece sentirse muy incómodo y su timidez se multiplica ante la embarazosa idea de que lo estén mirando a él. Yo experimento una sensación curiosa y divertida, un poco traviesa también. Todos hemos sido niños. Cuando observo que baja la cabeza y comienza a mover las piernas de manera alborotada y nerviosa, me decido a hablarle: "¿Es tu novia?". Sus mofletes comienzan a enrojecerse y casi me arrepiento de haberle hecho sentir tanta vergüenza, pero después de dudar un instante acaba por contestarme: "No, pero es guapa ¿verdad?". Una vez pasado el mal trago, sus ojos huidizos retornan a sus zapatillas y al cordón mal atado. Duda si volver a intentar anudarlo, pero parece desechar la idea y su mirada vuelve a perderse en el vacío.

Ha pasado un rato y los chicos del tobogán se han marchado por fin, momento que aprovecha el pequeño para acercarse y trepar por la escalera. Las vocecitas de las pequeñas féminas son constantes, y a medida que ellas aumentan el volumen de sus risitas, la cabeza del niño se acerca un poco más a su pecho, aunque el flequillo oculta su rostro. Si dependiera de él, toda la plaza estaría vacía. El tobogán es un compañero ideal porque no le pregunta nada, no emite risas incómodas y le permite ser el protagonista único y absoluto de sus aventuras. Han transcurrido unos minutos y parece que, con gran esfuerzo por su parte, ha conseguido aislarse del entorno para marcharse de nuevo a 'su' mundo. Al menos, eso es lo que parece por sus gestos: Imita el sonido de las explosiones desde el punto más alto del columpio y después se lanza por la pendiente de cabeza, ahogando el grito desesperado de un soldado en la batalla. Cae al suelo y vuelve a subir, corriendo tanto como si temiera que otros le arrebataran su castillo. Su madre, mientras tanto, continúa en la garita haciendo guardia y las niñas siguen mirándolo con curiosidad, sorprendidas y enrabietadas porque no les hace caso. Este niño es tonto, dicen sus caras. Pero a él ya no le importa nada, no hay nadie que interrumpa sus fantasías.

Él no lo sabe aún, pero dentro de unos meses su padre será destinado a un hospital de Granada y tendrán que marcharse a vivir a la capital. Sufrirá al principio, pero acabará siendo muy feliz en su nuevo colegio, donde encontrará compañeros de aventuras y una plaza más grande, con más jardines y más columpios. También con más niñas malvadas dispuestas a intimidarlo, algo que conseguirán con frecuencia. Atravesará momentos difíciles cuando sea mayor y otros serán mejores, pero todos le harán ser más fuerte. Viajará por otros países, conocerá a muchas personas con las que compartirá sentimientos de amistad y con las diablillas experimentará otro tipo de aventuras en las que no siempre será tan valiente pero sí tan ingenuo. Aprenderá de su paso por trabajos diferentes con los que no siempre disfrutará, pero crecerá en él la afición por escribir que hoy ya ha nacido en su interior. En un par de años, plasmará sobre el papel aventuras fantásticas e imposibles en las que sus amigos son valientes corsarios que buscan tesoros escondidos. En sus años de facultad, las historias cambiarán de protagonistas y de argumentos.

Él no lo sabe aún, pero dentro de veinte años volverá a esta plaza, pero ya no encontrará los dañados arbustos, ni el viejo tobogán verde, ni las diabólicas niñas. Ni siquiera existirá la Aurora que él conoce ahora. Sólo podrá ver una plaza desierta con cuatro bancos de diseño moderno en los que la gente nunca querrá sentarse y nadie se tomará un descanso en la plaza de su infancia. Sin embargo, no podrá frenar sus deseos de resucitar la memoria, aquellos recuerdos de su niñez que quedaron grabados para siempre en su mente, y cuando vuelva a la ciudad por motivos de trabajo querrá sentarse en uno de esos asientos que nadie utiliza. Y no verá nada, salvo el balcón del primer piso del bloque de enfrente con las persianas bajadas porque nadie habitará la casa desde la que su madre lo vigila hoy. Y, en ese preciso momento, cuando el dolor haga mella en su corazón, lo verá todo: el tobogán, los arbustos, las niñas... Las imágenes serán una cascada de sentimientos que irán a morir a sus ojos y lamentará que aquellos momentos se hayan alejado tanto, que la niñez sea tan fugaz y tan peligrosos los recuerdos...

Entonces, preso de la nostalgia, se verá a sí mismo doblando la esquina.


"La verdadera patria del hombre es su infancia"´
(Rainer María Rilke)

jueves, septiembre 28, 2006

Luces de cruce














Cuando el viento nubla el horizonte
los recuerdos destierran al olvido
y me impiden caminar.

Cuando pienso en los días que no estás
echo en falta las noches que me fui,
en plena madrugada.

Cuando llamaste a mi puerta
intenté abrir las cerraduras
que ya estaban soldadas.

Cuando el pasado me aprieta
mis llagas no tienen cura
ni mi cuento un fin feliz.

Cuando das vida a mis recuerdos
lanzo aquel temor al tiempo
y pienso tanto en ti...

Escondiéndome de mis palabras,
de las luces que no llegan
de los cruces en que esperas.

Escondiéndome de mí.

viernes, agosto 18, 2006

La fugacidad de la luz















Las luces que ayer brillaron se han consumido,
y las sombras susurran de nuevo seductoras.
Espero encontrar aquello que hizo prender mi ánimo,
porque hoy mis ilusiones sólo son cenizas.

Piedras y flores
















Puedo oír tu voz en la plaza desierta,
ya no crecen las flores para hacer la diadema
que corone tu nombre en los días de fiesta.

Y cuando vayan a romperte el corazón
bajo las banderas, piensa en mí.

Tal vez necesite tu amor
para mojarme los labios,
tal vez necesite tu amor
para barrer algún rincón
en mi diario de soldado raso,
tal vez necesite tu amor.

Ha salido el sol en las playas de Azenha
donde mueren las olas, entre flores y piedras.
Entonces nadie va a romperte el corazón,
sólo las cadenas, piensa en mí.

(Quique González)

domingo, julio 30, 2006

Castillos de papel

... y de fondo: 'Say Something Wonderful', de Budapest.
( http://www.goear.com/listen.php?v=99357ce )

Abro los ojos. Puedo verte con claridad, aunque me ha costado mucho tiempo encontrarte. Eres traviesa con los tiempos y procuras engañarme con frecuencia. Ahora que te has presentado el horizonte parece más despejado. Reconstruyo mis ilusiones y encadeno mis fantasmas a sus propios grilletes, porque todo parece real.

Pero el gesto se tuerce y la sonrisa se atasca. Mis labios emprenden el camino de descenso y mis ilusiones el de vuelta. Creo que nunca nos pondremos de acuerdo, pero mantengo la esperanza de que nuestros caminos se crucen durante unos metros más la próxima vez. Tal vez mañana hayas resuelto tus dudas y quieras llamarme. Tal vez sea tarde. El castillo de papel que había construido en torno a ti ya se ha derrumbado.

Cierro los ojos para creer que todo es mentira. Que no has sido descuidada, que no he apreciado ese gesto tuyo que lo destruye todo. Pero vuelvo a abrirlos, como lo hice al principio, y esta vez ya no estás.

"Quizá tú no me viste,
quizá nadie me viese tan perdido,
tan frío en esta esquina. Pero el viento
pensó que yo era piedra
y quiso con mi cuerpo deshacerse.
Si pudiera encontrarte,
quizá, si te encontrase, yo sabría
explicarme contigo".

(Luis García Montero)