jueves, enero 29, 2009

Los ladridos sordos






... y de fondo: 'Collapse The Light Into Earth', de Porcupine Tree (http://www.goear.com/listen.php?v=3b619d4).

Hay una hilera de vértebras aparcadas en segunda fila. Mecanismos desajustados que hacen chirriar las afiladas lanzas de metal, aguijones de cuello vuelto. Estos días, estos tiempos en los que no siento nada, porque no vivo apenas nada, no hacen más que perfumar con cloroformo las luces de baja intensidad. A veces, aunque nadie me escucha, grito en voz baja. Y cada vez es menos audible el lejano ritmo de los momentos que se borran por minutos. Los tiempos en los que fui humano. Mucho antes de acompasarme con el toque rudo de los tambores de una guerra que no es propia. Mercenarios.

Hubo una posibilidad de redención que se perdió entre zonas muertas e inservibles. Donde hay duda, hay miedo. A la cobardía se la encuentra donde el miedo. A los reflejos esquivos al espejo se les padece desde el miedo. Sin quererlos ver. Sin que quieran verte. Aunque están al alcance de una mentira más, es más fácil buscar los callejones. Las grandes masas de asfalto mantienen adheridas las horas descontadas. Hasta que las páginas se llenen de aspas rojas, al borde de la psicosis los calendarios empapados.

Habrá otra noche que no regrese y otras madrugadas que ya no serán mías, pero no serán las mismas que alguna vez viví. Y aquellas veces que grito, en las que nadie me escucha, siempre utilizo idénticas palabras. Pero en una lengua que no comprende nadie, ni quiere decir nada. Nada.

Y, a pesar de todo, rondan mi cabeza. La rondan como perros, al acecho de una presa demasiado fácil.

Ladridos de un alma muerta.

martes, octubre 21, 2008

Perdidos


... y de fondo: 'Lost (Acoustic Version)', de Coldplay (http://www.goear.com/listen.php?v=7867d3d).

Al amanecer, contemplé los precipicios. Divisé las decisiones que se astillaron en mi garganta, las zanjas que cavé para enterrar las soledades. Y sin saber cómo he vivido allí todo este día, traicionado por el ánimo que se esconde tras las nubes de octubre. En días como este desearía detener el aire, congelar los pasos de los transeúntes y las varas de medir las vidas. Me gustaría no pensar en las losas que separan mi portal de la mitad de aquella calle y sentirme perdido, por no saber adonde ir, por no tener que estar en ningún sitio.

Si lograra evaporarme, iría a rescatarte de la ciudad que te abruma. Si mañana no tuviera que ser responsable, guardaría poco equipaje en la mochila y me sentaría en uno de los últimos asientos de un autobús destartalado rumbo al norte. Miraría por la ventana la manera de alejarse las montañas, el vaho de los cristales en la madrugada. Escucharía con detenimiento el ronroneo del motor cascado. Vería las imágenes de la película de los años ochenta, pero no usaría los auriculares. Haríamos una parada en un pueblo solitario, seguro, y los viajeros saldrían bostezando para amontonarse en la barra del bar y pedir cafés con leche, sin azúcar. Al emprender la marcha, recorrería las rectas infinitas de las tierras de tristes figuras.

Más tarde, asomarían las afueras de Madrid, la ciudad de los desheredados. El metro sería el lugar donde la gente entierra las sonrisas, donde se apagan los rostros. Saldría a la superficie tras tres paradas, antes de taponar las vías de oxígeno con un sentido de falsa claustrofobia. Arriba buscaría el número exacto donde encontrarte. Me perdería en el primer intento, claro. Pero sabría cómo llegar a ti. Te sorprendería verme allí, de repente. Pero no tanto. Te daría el puñado de arena que cogí de la playa y nos alejaríamos de los coches y de las prisas en un tren de cercanías. Llegaríamos a la sierra de Madrid, cerca del gran monasterio, a aquella casa de montaña de la que te he hablado tantas veces. Allí el viento helaría los cristales del salón, crujirían los leños al fuego, arderían las distancias...

Y al atardecer, estarían lejos los abismos.

Lejos de todo.

Perdidos.

jueves, septiembre 25, 2008

Km. O


... y de fondo: 'Always On My Mind', de Ryan Adams (http://www.goear.com/listen.php?v=321b723),

Hace un tiempo me habrían arrastrado las corrientes de un río desbordado. Hace un tiempo, cuando no era tan niño como podrías pensar, habría acudido a la soledad para refugiarme en una cabaña de recuerdos favorables. Hay unos años que no pude retener en mis manos infantiles, y otros que no pude soltar cuando intenté deshacerme de ellos, antes de que incendiaran mi mundo imaginario. Y me quedé solo, rodeado de restos de papel abrasado. Entre ellos, recompuse los pedazos que quedaron de mí después de la catástrofe, aunque tardé mucho en buscarme.

Te lo dije, no soy una persona triste. Dentro de mí sigue aquel niño que no se dejó ver más ante los ojos extraños. Yo soy él cuando río, cuando tiendo los puentes y levanto las barreras. Has llegado a verle muchas veces, aunque no supieras quién era ni por qué se esconde cuando llegan los demás. Y sí, me siento triste algunas veces, pero siempre abandono los lamentos justo después de haberlos escrito. Expulso las llamas para evitar que se queden dentro las cenizas. Después no hay mucho más de lo que ves, no me quedan más recursos con los que sorprenderte.

Hace un tiempo, decía, me habría sepultado la avalancha. Antes de reencontrarme, antes de mí. Hace unos años habría cerrado la puerta del taxi la otra noche, sin dejar lugar a despedidas. No habrías sabido de mí antes de olvidarte, antes de una noche en que no dormimos y en la que me pregunté si, por una vez, llegaré a cruzarme en el momento oportuno, cuando el sonido de mis pasos no resulte impertinente. Hace un tiempo hubiera sido sigiloso y no habría interrumpido tus sueños. Habría callado, como entonces hice tantas veces.

Sin embargo, ahora llueve diferente. La nieve ha copado la ladera y los torrentes de agua han inundado los pantanos, pero mi entereza no ha perecido en los desastres. Y sigo en pie para quitarte las tristezas, las manchas oscuras de los días grises. Hay personas que están hechas para hacer sonreír a otras, a las que se le colorean de pena las pupilas. A ti, que eres de las primeras, no te sientan bien las aflicciones. Cárgalas en mí, que suelo ser de los segundos, que las llevaré lejos de la ciudad para que no las encuentres. Lejos de ti, allá donde muere la tierra y bailan los vientos, las transformaré en fragmentos etéreos que no estorben tu ánimo.

Después, libre de cargas y de culpas, elige la distancia, el punto exacto en el que quieres mantenerme. Déjame lejos, si te da miedo acercarte. Déjame cerca, si te da miedo alejarme. Sea como sea, estaré rondando las estaciones de metro por si quieres que regrese.

¿Sabes? Preferiría no dejar de verte. Aunque tú no lo sepas, también tú te has llevado lejos mis tristezas.

martes, septiembre 02, 2008

Las hojas pisadas


* 'Sunrise with Sea Monsters', de William Turner.

... y de fondo: 'Lived In Bars', de Cat Power(http://www.goear.com/listen.php?v=cbfc7ec ).

Los días son extraños. Desde que me marché de la ciudad no he dejado de buscarte. En las primeras madrugadas, cuando no conocía el camino de regreso, meditaba entre los callejones estrechos si aparecerías al tomar la siguiente esquina. Sin apenas darme cuenta, los tonos violáceos del alba siluetearon horizontes, gaviotas y acantilados. La mañana del domingo, con el frescor helado de la primera brisa, pasé las hojas de un periódico hecho mirando entre las líneas, por si estuvieras escondida tras los párrafos. Agarré con fuerza la taza de café caliente para no constipar el pensamiento, tan atrofiado tras cada batalla que libro para encontrarme contigo. Pasaron las horas, pero no acudiste nunca a mi rescate.

Unos meses más tarde, con el barrio arraigado a las costumbres, quise otra vez perseguir el destino que huye siempre, tan veloz. Exploré, sin éxito, otras tardes más viejas por si en ellas daba con algunas pistas de tu paradero. Pero abandonaste todas las posadas en las que alguna vez nos vimos. Y al igual que las calles del pueblo parecen desiertas tras el largo estivo en el que todos han atosigado sus orillas, del mismo modo me encuentro yo desierto algunas noches, cuando me descubro asaltado por la soledad, e intuyo entre mis costillas el filo de un punzón que ha atravesado el tejido de unas sábanas que extrañan tu cuerpo tendido.

Como avisé entonces, he vuelto en los albores de las últimas tardes de septiembre, cuando tiendo hacia el otro lado de mí los puentes que quedaron a salvo. Recuerdo que la última noche que de verdad te vi, miramos las luces artificiales que iluminaban los muros cansados de la fortaleza roja. Ansío la vuelta de los fríos, la llegada de una nueva oportunidad de dar contigo. Supongo que seguirás siendo esquiva, que no permitirás treguar una pausa conmigo. Pero dame un respiro, porque de un tiempo a esta parte me siento fatigado. Las hojas de octubre perecerán pronto bajo las pisadas de los caminantes. Giraré entonces otra vez la esquina en que te busqué al principio, pero en otra ciudad, otras calles y con otros ojos, aunque vuelva a darme de bruces con las veces que no estabas.

sábado, agosto 23, 2008

Nostalgia


... viene del blog 'SeeUaround'. El enlace al post relacionado es: http://seeuaround.blogspot.com/2008/08/desear.html

Tienes razón.

Cuando la cotidianidad envuelve los días, la libertad se presenta como una atracción irresistible.
Pero si dices que para ti "la felicidad es sentir cada momento el deseo de conocer al otro", puede interpretarse que la felicidad llega cuando el deseo te vincula a otra persona, sacrificando la libertad. Ésta siempre regresará más tarde, cuando la curiosidad desaparezca, pero entonces el fugaz instante de satisfacción más absoluta ya habría pasado de largo.

Es por esto que decía, aunque quizás no eligiera bien las palabras la última vez, que en realidad solemos estar dispuestos a renunciar a la libertad para dejar de desear y vincularnos a alguien. Seguir deseando, pero ya sin libertad y de un modo diferente.

El jueves por la tarde me tumbé en la arena de espaldas al viento y descendí mi punto de visión hasta el suelo, con la mejilla apoyada sobre la tela de la toalla. Las ráfagas de polvo de tierra azotaban primero mi espalda de modo acompasado, mucho antes de que las esperara, de que las viera llegar. Después, esquivaban mi cuerpo por los flancos y reptaban por la playa para ir a morir a la orilla, donde finalmente desaparecían.

El deseo actúa de un modo parecido. Llega desde atrás, desde el pasado, desde las experiencias que te hacen anhelar. Golpea todo el cuerpo, se adhiere a la piel como la libertad se adhiere a los vínculos. Luego, cuando lo has sentido, rodea tus flancos y sigue su camino, pero entonces sólo puedes contemplar la manera en que se aleja hasta verlo morir en el mar. Y esperar la siguiente racha de viento, la próxima sacudida.

Es posible que sea cierto el hecho de que haya un enfrentamiento mutuo entre la búsqueda de la seguridad y la necesidad de libertad. Aunque, siendo sincero, si tuviera que elegir entre el preciso instante en el que la arena embiste las vértebras y aquel en el que sólo la sientes alejarse, elegiría el primero. Aunque con ello renunciara a la nostalgia de verla marchar para siempre.

Renunciaría a los tiempos pasados y futuros para suspender en el aire el segundo en el que he sido más feliz.

Dirás que eso es imposible.

Lo es.

Por eso siempre me acompaña la nostalgia.

domingo, julio 27, 2008

Estación de invierno













... y de fondo: 'Despertarme contigo', de Rebeca Jiménez (http://www.goear.com/listen.php?v=e733ae4).

Podría haber sucedido de repente. Mientras tomaba una taza de café con hielo en la Alameda, leyendo el destino de los héroes griegos en las tragedias de la literatura clásica. Observando la marea desde la isla de las Palomas, donde se conocen dos corrientes infinitas. Sentado en la arena de Los Lances, oponiendo resistencia al azote del viento y divisando el vuelo sostenido de las cometas que siluetan figuras cuando el sol se sumerge en el atlántico y deja a oscuras este rincón ventoso. Cuando, fatigado por las horas y las ausencias, saboreo una cerveza fría junto al arco, viendo desfilar a los turistas.

Te diría que ocurrió en cualquiera de esos momentos, pero no te estaría diciendo la verdad. Recuerdo que cuando te vi por primera vez hacía tanto frío que había láminas de escarcha en las palabras y que la niebla ocultaba las fachadas de los edificios. Giré la cabeza hacia un lado y sólo regalabas un perfil del rostro. En lugar de aprender las lecciones que me he perdido no dejé de virar el rumbo de mis ojos hacia estribor, izando el ancla que había olvidado en las profundidades para ir a hablar contigo y saber si podría recordar(te). Y fue entonces cuando sucedió, mucho antes de preguntarte por la ubicación del Búho Real y de perdernos entre las calles siamesas de Huertas. Antes de caminar por la Calle Mayor y detenernos junto a los andamios de la plaza. Te conozco, aunque no quieras creerlo, desde mucho antes de haberte visto, aunque no puedo explicarte cuándo, ni cómo, ni quiénes éramos nosotros.

Sé lo que piensas cuando las dudas hacen bailar el mundo que conoces y no recuerdas los pasos. Conozco al guardián de las nieblas de invierno que, apostado tras las verjas, intenta evitar que te alejes de lo que conoces. He estado allí muchas noches.

Hay lugares que quiero enseñarte, fuegos que quiero compartir contigo. Déjame llegar. Deja que afloje los nudos que oprimen tus muñecas. Recupera el vuelo, el aliento.


Te regalo el Viento, si te hace falta para despegar.

jueves, julio 17, 2008

Claroscuro


Puedo recordar exactamente la noche en la que se apagaron las luces. Reconozco, al pasar las escenas, la esquina en la que aparcamos el coche. El semáforo oxidado que siempre estaba en ámbar, coloreando tus mejillas de forma intermitente, jugando con la oscuridad de las palabras. Llevaba un libro entre las manos que no he querido leer después, porque cada página me recordaba a ti. Y lo conservo en un estante de la habitación que ya no es mía, tras otros libros que coloqué delante para no ver el pasado. No me resulta difícil volver a sentirme sin oxígeno, sin aliento. Como aquel instante en el que no hizo falta que dijeras que todo había acabado, porque los silencios apresaron las palabras. Y la intermitencia de los tiempos anaranjados se decantó por la soledad, el vacío.

Aquel apagón se llevó consigo la bahía de Cádiz y el rinconcito de una playa en Chiclana, la ruta por las marismas y las calles estrechas con edificios de muros blancos. Perdí de vista la Alpujarra en invierno, el pico de la gran montaña en verano, cuando nos sorprendió la tormenta en pantalones cortos y los años en calendarios alternativos. Desde entonces, el blues y el jazz me recuerdan a las noches en el Secadero inventando personajes para desconocidos. Merodeaba entre las multitudes, observando que era inevitable que todos se fijaran en ti. Y entonces me sentía verdaderamente afortunado porque tú eligieses estar conmigo, ofreciéndote sólo torpeza en las formas, timidez en las palabras y sinceridad en los gestos, incluso en los que no reconocías.

Ahora oteo el horizonte desde esta playa y apenas estamos a sesenta minutos de aquella bahía. Te veo pasear cuatro años antes con alguien que ya no reconozco, porque apenas queda algo de la persona que era entonces. Me ha abandonado la inocencia, la ingenuidad y la mirada blanca. El silencio se ha ido apartando de mi camino, como los sueños hicieron poco después. Ni siquiera fui capaz de intentar retenerte. Sin embargo, quiero pensar que mantengo la timidez en las palabras que buscan la profundidad, las que se descubren rotundas. Espero que mis gestos continúen pareciendo sinceros, porque de lo que estoy seguro, de lo que no dudo, es de que sigo siendo torpe con las formas.

Por eso intento averiguar la manera de decirte que me gustaría saber de ti otra vez, saber que todo te marcha bien. Por eso ninguna me parece suficientemente buena. Ahora me doy cuenta de que siento lo mismo que aquella noche en la que parpadeaba la luz ámbar del semáforo, iluminando la primera despedida. El mismo aliento prófugo de mi garganta y el mismo corazón en claroscuro.

lunes, junio 23, 2008

Quebrantos




Cuando vuelvo a los viernes me esperan las carreteras de regreso a la ciudad rojiza. Enciendo el motor de un coche abandonado, cubierto por el polvo, y al emprender la marcha intento desintoxicarme de la semana que ha volado y que me ha alejado un poco más de todo. Vomito por la ventanilla las mentiras que salpican una honestidad venida a menos, una ética que pongo en entredicho cada día, pero que no hace sino golpear los estómagos que hay más cerca. Llego a la estación de servicio de la autopista desierta, que espera a los visitantes sedientos, forajidos del asfalto derretido. Pido un café que cada vez encuentro más amargo y me siento junto a una de las ventanas a observar el paso fugaz de los vólidos que se acercan a la costa. En esos momentos, pienso que la escena era más bonita en invierno, cuando la lluvia golpeaba con fuerza los capós. Después pago el servicio y continúo mi camino. En la segunda parte del viaje, voy reconociéndome en las curvas, dejo atrás los tiburones y afilo el mentón descuidado de los fines de semana. Recuerdo la humanidad que se me está cayendo de los bolsillos, desparramada en charcos de sangre diluida en cloroformo.

Y, al girar las montañas, dibujo el trazado de un viaje imposible hacia el oxígeno. Y, al rodear los cristales, contemplo cortes en mi piel que no he curado bien. Y, entonces, necesito pensar que no será para siempre, que no he sido para nunca.

Hay quebrantos ocultos que no lograré disimular hasta los viernes y no podré falsificar todos los lunes.

sábado, mayo 24, 2008

Figuras de arcilla


... y de fondo: 'Call Me On Your Way Back Home', de Ryan Adams.

Escucho crujir la madera del violín que suena de fondo. Después, sólo el silencio que me traslada hasta la playa embarrada de la costa noroeste de Inglaterra, a la que huí para no perderme. De aquellos días en los que contemplé todas las variedades de la lluvia, recuerdo un zumo de naranja artificial, unos guantes de plástico de usar y tirar y gorros de papel. Bandejas azules y aspiradoras. Acabado el primer turno, el parque de St. Annes. Sándwich, refresco de cola con sabor a vainilla y los únicos libros en castellano que había en aquel pueblo tranquilo. Benedetti sobre los viejos estantes de madera de la biblioteca. El cielo espeso y gris que contemplaba desde la parada de autobús. Jardines verdosos ante casas de juguete. El asfalto rojo del trazado de vuelta. Preston. La sensación de estar lejos de casa, pero cerca de mí mismo. Más cerca que nunca de los deseos, de lo imaginado, de lo esperado. Camille y París en la lejanía, en los sueños. Más tarde, también en mis ojos y en las palmas de mis manos. Hotel L'Avenue. Una tarde sobre el césped del emperador. Jardins du Luxembourg. La ciudad de la luz y un estremecimiento en blanco y negro. Un vuelo de regreso sobre la gran torre de hierro recortada por las sombras.

Después llegó la redención y la fuga hacia el universo esquivo. Podría haber sido para siempre. Lo había dibujado de otra forma. Viejas ilusiones envueltas en papel de periódico. Reportajes de días esfumados. Entrevistas con mis dudas. Un café con leche y un bloc de notas relleno con tachones. Fotografías a contraluz. Obras coloristas ocultas en un bajo del Zaidín. Pianolas recobrando vidas y sonidos. El primer vistazo al diario en busca de la firma conocida. Recortes y pedazos de papel protegido por fundas de plástico. Pedazos también amarillentos. García Márquez, Capote y Fallaci. Hacía tiempo que no estaba a solas, como ahora. Lejos del viento. Habitaciones alquiladas por arrendatarios desconocidos. Extraños. A veces, cuando cometo el error de no estar ocupado, miro hacia atrás. Sólo un segundo. Suficiente, sin embargo, para ver las ruinas lejanas. Edificios derrumbados. Cascotes esparcidos por las calles. Farolas rotas y humo gris. Soledad. Abandono. Esperanzas muertas que nadie ha retirado del camino. Batallas perdidas por un soldado sin destino. Tristeza.

En unos días, el viento regresará para llevarme hasta la arena. Cuando el huracán me arrastre esparcirá por el infinito esta nostalgia y los pedazos amarillos de papel volverán al cajón de mi viejo escritorio, testigo de las noches pasadas y de los días que no llegaron. La esencia de un universo de arcilla desmoronado. Tierra de figuras sin alma, ni vida, ni recuerdos.

Hasta las últimas tardes de septiembre, cuando caigan las hojas y los puentes.

martes, abril 01, 2008

Fin



...y de fondo: El mar (http://www.goear.com/listen.php?v=eeafe3b).

Hace tiempo que ha dejado de importarme, que no recuerdo nada. El pasado significa ahora solamente un tiempo vivido. Me cansé de anclar mis emociones en escenas congeladas. Encontré en el odio la única forma de olvidar. Busqué dentro de mí y hallé a las personas que aún no he sido. Caminé, al fin, por playas de arena blanca y el salitre se adhirió a mis tobillos como lo hizo muchas tardes antes, en Castell de Ferro. El viento hizo zozobrar otra vez los barcos, encallados en los arrecifes, rasgadas las velas, desorientadas las brújulas. Siempre que acudo a los inicios de un nuevo tiempo me reencuentro con la costa, escenario del azote de un levante enfurecido.

No quiero que esta parte de mí que he descubierto, más arisca y resistente, acabe por destruir todo lo que he sido antes, pero necesito deshacerme de las ropas quemadas. Rescato algunos maderos mojados que me llevo conmigo, pero dejo atrás todo lo demás. Lo que me hizo daño, lo que me hizo débil, lo que me hizo odiar lo que había querido tanto...

Hoy sólo quiero que mi rumbo sea más firme y que el miedo no derrumbe fortalezas. Que no tenga nunca más que sentirme tan culpable por todo.

Yo sólo quise ser la mejor persona posible, pero pocas veces sirvió para algo. Pasará mucho tiempo hasta que vuelva a ser igual que antes, porque todo es distinto. Y, sinceramente, me siento mejor ahora.

Quizás el temporal haya arrastrado consigo los disturbios hacia la profundidad de un océano que se acuesta cada tarde con cometas. La fragilidad de los cuerpos, la inconsistencia de los deseos, la fugacidad de la luz (¿recuerdas?)... Sólo me quedo con lo que escribí la última vez: la convicción de que siempre queda algo bueno por llegar. Quizás sea mejor así. Quizás he sido yo el que siempre ha estado equivocado.

lunes, febrero 18, 2008

Los motivos olvidados




... y de fondo: 'I'll Come To You', de Nic Armstrong (http://www.goear.com/listen.php?v=5ea6c70).

Después de ti, las noches hicieron guardia en mis ventanas. Después de ti todo fue oscuro. Puedo recordar con facilidad los días más grises cargando de plomo las nubes, esperanzas evanescentes por reventar. Los meses no fueron más que calendarios marcados con rotuladores rojos, cruces que apenas recordaban los motivos. Las calles fueron cómplices de ausencias que sólo ofrecieron rutas angostas, pasos perdidos hacia tristezas etéreas. Las farolas giraron su haz de luz hacia los caminos que me hubiera gustado recorrer contigo. El asfalto era, en realidad, un espejo en el que contemplar el color de mi ciudad.

Después de ti me costó encontrar el sentido de mis errores, las razones que me hicieran comprender los trazos negros sobre un lienzo rugoso. No encontré respuestas porque no hice las preguntas correctas y corrí el riesgo de creer que había sido yo el que había fallado. Abracé lo único que nadie ha conseguido arrebatarme: la convicción de que siempre queda algo bueno por llegar.

Todo fue oscuro después de ti. Durante la noche. Durante mi ausencia.

Si pude cambiar lo más difícil, ¿por qué no voy a cambiar lo más sencillo?

Hoy, después de todo, he decidido no olvidarme de nada. No olvidarme de mí. Pero no recuerdo ya, como los calendarios sin memoria, cuáles fueron los motivos que me hicieron vivir a oscuras. Sin luces.

sábado, enero 12, 2008

La playa sin mar







... y de fondo: 'Días extraños', de Nacho Vegas (http://www.goear.com/listen.php?v=8ed4f21).

Cuando llegué al Viento, me acerqué a un pequeño estanco de la calle principal para comprar un paraguas negro. Después salí a la calle, lo abrí y continué caminando, feliz por mi última adquisición. Al cabo de unos pocos minutos, de tres calles andadas, un golpe de aire destrozó las varillas y partió la caña por la mitad. Y yo me quedé allí, desorientado, entre calles que no conocía, con las dos mitades del paraguas en las manos y absorbiendo el agua de las nubes. Agua que en el Viento desciende de perfil, ladeada, esquivando protecciones para calar los huesos. Al llegar al suelo, golpea con el firme empedrado, resbala por los muros de las casas blancas, encaladas, y desciende por la Calle de la Luz hasta la Calle Sancho, donde permanece la esencia de un pueblo entregado a las buenas intenciones de los forasteros.

Quería contarte como son las cosas por aquí, ahora que sabemos tan poco de nosotros. Las semanas transcurren ahora con normalidad. Una sencillez indolente, ajena a los movimientos sísmicos a los que estoy acostumbrado. Confirmo que no soporto el paso de los días si no hay de lo que pueda aprender, aunque sea a fuerza de equivocaciones. Allí marco con cruces cada jornada, esperando la llegada de un temporal que vuelva a agitar los árboles. Echo de menos el bullicio de Mesones, el tráfico de la calle Reyes, los encuentros inesperados y también los esperados. El café con leche amargo del café de la plaza y leer el periódico los domingos. Quiero pensar que sólo es un desvío temporal, que tendré una segunda oportunidad si lo intento. ¿Me entiendes? Me entiendes. Cuando llegue el momento, estaré preparado... Hasta entonces, procuro adaptarme rápidamente a todo esto.

Un día fui a la playa en la que las dunas entierran los pinos. La arena forma montañas en tránsito tras las que se ocultan calas secretas que no quiero que nadie más descubra. Rincones de piedra y mar en los que puedes evadirte y viajar hacia el mundo que cada uno quiera crear para sí mismo . Leer un libro al sol, tumbado en una pausa necesaria, y escuchar los últimos descubrimientos musicales. El día que conocí la música de Ryan Adams parece ya tan lejano... ¿Sabes que Zahara telonea a Shuarma? Esa chica llegará donde quiera. Ahora no tengo tiempo ni medios ni miedos para encontrar tantos cristales en la orilla musical, como hacía antes. No puedo recomendarte nada nuevo, aunque estaré atento por si llega hasta mí algo que merezca la pena.

Por tu parte, espero que sigas frecuentando conciertos de Nacho Vegas en el viejo café, paseando por la plaza Mayor en busca de exposiciones. Quiero que sigas perdiéndote por las calles de tapas para que los caminantes perdidos te lleven hasta el lugar que estás buscando. Supongo que las aves libres aún se exhiben en el parque Zorrilla, desplegando plumaje y colores. Pero, sobre todo, deseo que sigas siendo como eras, que te sientes por las noches junto a tu ordenador, con cientos de folios emborronados a los lados, un capuccino en tu mano y ojos atentos. Seguro que, al igual que yo, ahora tienes menos tiempo para todo. Sé que seguirás soñando con días mejores, con una nueva escapada a San Sebastián, una segunda visita a la ciudad de luz blanca que conociste en agosto y otro concierto de la princesa en Madrid. Habrá tiempo para todo. Para vernos. Para escribirnos, también. Aunque sé de ti menos que antes, no dejo de extrañar tus cartas, de buscar tus correos entre las entradas nuevas de mi buzón.

Los días de Valladolid quedan muy lejos, tanto como la persona que era entonces. La ingenuidad la dejé por el camino, pero sigo aferrado a la esperanza con más fuerza. Andrés Neuman dice que nombrar la muerte no la evita, pero cura un silencio. Esta carta no evita la distancia, pero espero que cure una ausencia.

Cuídate.

martes, diciembre 25, 2007

Cristales de invierno


















... y de fondo: 'Cayman Islands', de Kings Of Convenience (http://www.goear.com/listen.php?v=9c50cd2).

El frío seco que desciende de las montañas nevadas, trayendo consigo una marejada de abrigos de paño y bufandas de colores, destempla mi garganta pero no mi ánimo. Alzo el cuello de mi vieja chaqueta de ante y la la lana del interior roza con la incipiente barba que dos días sin trabajar me han permitido. Coloco mis manos en los guantes que acabo de comprar en la nueva tienda del barrio. Me dispongo a comenzar mi paseo cuando, desde la calle de enfrente, llega el gran hombre sobre el que escribí hace unos meses. Un abrazo de amistad sincera y un hasta pronto que seguro que será un hasta mucho. No divide la distancia, sino la diferencia. Exhalo el mismo vaho con el que jugaba de pequeño en los días más fríos, cuando imaginaba ser uno de aquellos hombres que se movían en las nubes de humo de las películas en blanco y negro, junto a la barra de un club de jazz. Ahora no soy un niño, y tampoco fumo, pero sigo admirando esas postales.

La ciudad en invierno es más nostálgica que nunca. A pesar de lo que dicen muchos, el frío y la luz neblina de diciembre le otorgan mayor romanticismo a sus calles, a sus plazas, a los árboles. Los mismos árboles que hace unas semanas bailaban canciones de avería y redención, ahora lucen huesudos estirando sus ramas hacia el cielo blanco, blanco invierno. Los mismos árboles que adornan el Salón, huérfano del viejo tranvía que nadie supo sustituir y que mi padre me llevaba a ver los domingos. El fuego consumió sus vagones de la misma manera en la que, muchos años después, haría arder los destellos nebulosos, a la lumbre de un corazón desnudo.

Sigo caminando por la acera arlequinada de la Carrera, una alfombra de mármol a la que se adhieren las hojas secas y por la que corretean los niños vestidos de domingo, como lo hacía aquel pequeño proscrito del caserón insomne que hay junto al río, en el que quedó atrapada una sombra de lo que podemos ser. La Fuente de las Batallas reúne a los más antiguos del lugar en torno a ráfagas de agua de espuma que moja las mesas de los bares en los que los turistas conviven con los personajes propios. Subo la calle Reyes esperando cruzarme contigo, pero siempre faltas a la cita. Llego hasta la Gran Vía, en la que me espera la librería Atlántida, un habitáculo mágico en el que conviven los más grandes de la música y la literatura. Cuando salgo de nuevo a la calle, con Cervantes bajo el brazo, percibo la claridad de un cielo que ha limpiado las nubes de borrascas pasadas. Si acaba la tormenta, todo parece tan poco... Ahora el frío de invierno congela los lamentos de verano como hizo en un paréntesis fugaz del mes de agosto. La felicidad melancólica de la ciudad del hielo cicatrizó unas heridas que han sido más dolorosas y profundas de lo esperado. Y más amargas.

Llego hasta nuestro punto de encuentro imaginario. El cuello alzado protege mi lastimada garganta, los guantes negros ponen mis manos a salvo de los cortes, el aire gélido de la ciudad invernada susurra palabras a los que quieren escuchar. Sin embargo, no he encontrado el modo de defender mi fortaleza de las tropas implacables. Por última vez, miro en derredor, por si acaso no te he visto, pero mis ojos no han sido los torpes. Aunque tampoco has venido este año, sigo esperando tu rescate entre la niebla, en cualquier calle, en cualquier lugar. Hasta que llegues, continuaré escalando las montañas más frías y esperaré en el invierno, quemando remembranzas con las que mantener vivos los fuegos.

¿Recuerdas?

viernes, diciembre 14, 2007

Océanos y rocas
















... y de fondo: 'Grey Room', de Damien Rice (http://www.goear.com/listen.php?v=c7b569e).

Son las siete de la tarde de un día cualquiera. Desde el pequeño rincón que he descubierto en este pueblo de viento, refugiado en un escondite de luz tenue, escribo lo que necesito que mis ojos escuchen, lo que quiero que la parte más humana de mí conozca. Estoy intentando, aún luchando contra las fuerzas más racionales que habitan mi mente, plasmar en unas pocas líneas las evidencias que no quiero ver. Son tan verdaderas que tengo miedo de reconocerlas como auténticas. Pensamientos que querría guardar en un cajón, o dejarlos arrastrar por este viento que azota las calles empedradas del barrio antiguo. Si, como me dijo una persona hace dos días, los pensamientos dejan de ser propios cuando los dices en voz alta, cristalizando tu realidad, quiero obligarme a escuchar lo que pienso y nunca he dicho antes.

Lo que hoy retumba en mis paredes son los ecos de los truenos que explotaban en mi cabeza hace unas semanas, cuando caminé hacia ningún lugar porque no encontré ningún lugar donde calmarme. Siempre he intentado hacer lo correcto, pero casi nunca he sentido que hiciera lo correcto para mí. Siempre he intentado ser justo con los demás, pero pocas veces he sido justo conmigo mismo. Siempre he perdonado a los que me han herido, pero no he conseguido jamás perdonarme mis errores. Quizás porque podía haber elegido hacer lo correcto, ser justo y no haber cometido estos errores. Soy una roca erosionada por las olas que golpean el acantilado. Soy un acantilado ausente que invita al borde del abismo. Soy un abismo que se esconde en las profundidades oceánicas.

Hay una vida en mi cabeza que hoy no se parece casi nada a la que vivo. Hubo unos días, hace no demasiado tiempo, en los que estuve cerca de llegar al sitio en el que me gustaría estar. Cuando estaba cerca de hacerlo tomé un rumbo inesperado que hoy sé que no tendría que haber iniciado. Tenía que haber seguido mi instinto y no mi raciocinio. Ahora, atrapado por las circunstancias amargas de una realidad que aborrezco, debo continuar caminando por estas tierras ariscas unos kilómetros más. Cuando, a uno de los lados de la carretera, haya un sendero de tierra, silvestre y salvaje, voy a escapar del asfalto que derrite a la persona más humana que hay en mí. Abandonaré el mundo aséptico desde el que ahora escribo para revolcarme sobre la hierba mojada y manchar mi ropa vieja. Cuando pueda tomar ese desvío, cuando tenga miedo de tomarlo, sólo tendré que venir aquí, a estos renglones, para cerciorarme de que he de perseguir lo que anhelo. Recordaré que debo ser justo conmigo, hacer lo correcto y no cometer viejos errores. Así no tendré que intentar perdonarme, porque sé que no podría hacerlo nunca.

Soy la furia que emerge de las simas del océano. Soy el océano que humedece los peñascos del acantilado. Soy el viento que arrastra a las olas a batirse con las rocas. Soy las olas del mar. Soy las rocas…

domingo, noviembre 04, 2007

Curvas de montaña


... y de fondo: 'El Circo', de Miliki (http://www.goear.com/listen.php?v=6782353).

Hace seis años una furgoneta C-15, cargada de personas y equipaje, subía con dificultades la tortuosa carretera de montaña que llevaba hasta la ermita de la Virgen de la Cabeza, en Andújar (Jaén), para vivir unos días de fiesta en plena romería. El conductor apenas tenía experiencia al volante. Tres meses parecieron suficientes para afrontar la travesía. Los compañeros de viaje, quizás más nerviosos que el propio chófer, se quejaban constantemente y le hacían continuas advertencias: "Cuidado con la curva, que es muy cerrada", decían. Y lo dijeron en cada una de las curvas. Si realmente fueran todas tan cerradas, aquella debía ser la carretera más peligrosa del planeta. El copiloto, que era un granadino criado en las faldas de aquella sierra, hacía las veces de cicerone. Su única responsabilidad era avisar de los tramos más complicados. En realidad, sólo había un punto en el que había que tener cuidado: un puente tan estrecho que uno de los coches tenía que ceder el paso al otro. La señal de tráfico era un sueño imposible, claro. El copiloto, en el momento crucial de su misión, estaba contando chistes y el conductor tuvo que frenar con, digamos, cierta brusquedad. A uno de los que iba sentado detrás se le cayó una caja en la cabeza, lo que provocó su iracunda reacción y un ajustado recuento de los familiares del copiloto. Si al menos los chistes tuvieran gracia...

El plan perfecto, el que habría seguido un grupo normal, era subir a la Sierra, acampar, permanecer los tres días de la romería, recoger los bártulos y marcharse. Digo que eso era el plan normal, porque aquellos romeros eligieron otro. En vez de subir y bajar, es decir, recorrer aquella maldita carretera dos veces (una de ida y otra de vuelta), los romericos, que así podrían llamarse, subieron, dejaron las cosas, bajaron, estuvieron todo el día de un lado a otro del pueblo y volvieron a subir a las doce de la noche. Supongo que para darle más emoción al asunto. Hideputas, que diría Alatriste. Con lo que no contaban era con el complejo mecanismo que permitía encender los faros de la vieja C-15. Allí estaban los cuatro romericos, futuros licenciados todos, intentando dar con la solución al enigma en mitad de un parking. "Pues colocamos linternas", dijo un lumbreras. Al final, claro, dieron con la tecla... porque llamaron al dueño de la furgoneta. Llegaron otra vez a la Sierra a las tres de la mañana, pero la zona estaba abarrotada como si de unos grandes almacenes en plenas rebajas se tratara. El conductor, hastiado de conducir y de los chistes de su copiloto, encontró un hueco minúsculo en el que aparcar. Bajó una cuesta, giró hacia la izquierda y colocó el coche entre tres árboles y un pedrusco obelístico. Como decía, no era un conductor experimentado, pero sabía que sacar la 'fragoneta' de allí iba a ser complicado. Difícil de cojones, vamos. "Bueno, ya veremos cuando nos vayamos", decía para sí mismo.

La noche anterior habían estado de fiesta en el pueblo hasta las cinco de la mañana, bailando sevillanas y bebiendo 'Pilicrín'. Cuenta la leyenda que incluso cantaron por las iliturgitanas calles con los pañuelos que regalaban con las botellas en la cabeza. Hubo alguno, para más inri, que cantaba aquello de "un baile nuevo, un baile nuevo, el baile del pañuelo, el baile del pañuelo...". Se fueron a dormir a la cinco, decía, y se levantaron a las ocho, lo que supuso una gran alegría para el imberbe conductor. Después vino el primer ascenso, el descenso, las compras, las luces, el segundo ascenso y el aparcamiento. Y aún les duraba la resaca.

Contaba que el conductor se las prometía felices una vez que había depositado el vehículo en un abismo. Aún no se le había borrado una estúpida sonrisa de la cara cuando llegó el de los chistes: "Oye, que hay que coger la frago para ir a por unos amigos". Lo acababan de joder a base de bien. Aquello era lo último que hubiera querido escuchar. Sería difícil explicar la forma en la que se le revolvieron las tripas y las neuronas en un baile cerebral imposible. Así que nuestro valiente protagonista, agotado, cabreado y resacoso, no tuvo otra que volver a entrar en la C-15 del padre de su amiga para intentar sacarla de allí. Efectivamente, sus teorías sobre la dificultad de la operación no eran descabelladas. El sudor frío y los instintos asesinos hicieron acto de presencia. El cielo se le abrió un poco cuando uno de los autóctonos, amigo íntimo del de los chistes, dijo algo que al conductor le pareció celestial: "¿Quieres que lo saque?", preguntó. "¿Pero tú sabes conducir?", replicó el otro. "Claro, hombre".

Todo sucedió muy rápido. La 'frago', marcha atrás, esquivó los árboles y el pedrolo, subió la cuesta de culo, subió, subió... Y lo hizo tan rápido que estuvo a punto de atropellar a nuestro querido amigo, que tuvo que correr para proteger su vida. Después se escuchó un golpe seco y metalizado, al que sucedió un exabrupto: "¡Me caaaago en la puta, cooones! ¡Mi coche, mi coche!". Lo que faltaba, pensó nuestro buen amigo. Entonces, una figura gigantesca surgió de entre las sombras y las tiendas de campaña. Las greñas al viento, las venas de la frente hinchadas y el cubata en la mano. Las cinco de la mañana. Qué noche tan larga fue aquella. El ambiente festivo y, evidentemente, la botella de whisky que aquel hombre debía haberse bebido, apaciguaron sus ánimos y permitió que el embrollo se arreglara de forma amistosa. No debe contarse mucho de lo que sucedió después, por pura precaución legal. Baste con decir que nuestro protagonista acabó rellenando el parte de aquel gigante furioso porque, de lo borracho que estaba, no podía ni sostener el bolígrafo. Los guardias civiles estaban disfrutando con aquel espectáculo. Casi estoy por asegurarlo.

Pero la cosa no acabó en eso. Qué va. Más tarde, el conductor, el de verdad, fue a recoger lo que fuera (qué más da si leña o personas) con el hideputa del yo-sé-conducir-de-cojones-pero-me-estrello-con-otro-coche-me-pongo-a-llorar-y-después-te-echo-la-culpa-a-ti-no-sin-antes-pedirte-que-digas-que-eras-tú-el-que-conducías-que-yo-no-tengo-permiso-y-me-cae-un-paquete, a su lado. Quizás por eso de tener cerca a tus amigos pero más cerca aún a tus enemigos. Durante el trayecto, iba aquél intentando quitarle importancia al asunto de la Guardia Civil y el mamotreto que quería inflarlos a hostias a los dos. Parecía cosa de la tierra, porque el cabrón iba contando los mismos chistes malos que el otro le había contado antes. De repente, un ruido que provenía de la parte trasera del vehículo. El conductor miró por el retrovisor. Las puertas se habían abierto y la mercancía que transportaban se iba cayendo por la carretera, como migas de pan que dejaban tras de sí para que cualquiera que las siguiera descubriera quiénes eran los gilipollas. No les quedó otra que frenar, hacerse a un lado y recoger todo aquello. Cuando lo hicieron y cerraron las puertas como pudieron, ya de vuelta a las tiendas de campaña, al iluminado imbécil se le olvidó decirle al conductor por qué desvío tenían que ir y, a las seis de la mañana, tuvieron que dar media vuelta en plena curva de aquella fatídica carretera de montaña. La madre que parió la carretera, la montaña, el imbécil y la 'fragoneta'.

De todos modos, lo mejor estaba por llegar. Los dos nuevos amigos, el conductor y el imbécil, volvieron por fin tras su odisea. Los demás, que llevaban por lo menos cuatro horas bebiendo vino y comiendo y estaban tan alegres, preguntaron por lo sucedido. Ambos se sentaron donde pudieron y les sirvieron un vaso de vino y un pincho de tortilla. El fatigado conductor no tenía ganas de fiesta. Llevaba 24 horas sin dormir durante las cuales había cargado con una resaca, había conducido diez o doce horas en una furgoneta al borde de la jubilación, había aguantado un repertorio amplio de chistes sin gracia, soportado a un imbécil, a dos guardias civiles y a un energúmeno borracho. La verdad es que no estaba para fiestas ni para bromas. Lo único que deseaba es que todos se fueran de la tienda y poder dormir con tranquilidad. Qué plácido y dulce deseo era imaginarse el silencio y la comodidad de un rincón en el que descansar. El imbécil, por su parte, parecía muy contento y feliz. Estaba allí riéndose con el cardo de su novia cuando no se le ocurrió otra cosa que decir: "Come tortilla, hombre, que no ha pasao ná". Y el conductor, al que llamaremos Krabat, tuvo que soportar, a modo de clausura de un día inolvidable, cómo se reía aquel imbécil, a su modo subnormal, con los trozos de patata entre los dientes.

viernes, noviembre 02, 2007

Thinking Blogger Award

El 26 de agosto de 2007, Acróbatas me galardonó con un Thinking Blogger Award. Hoy (¿qué día es hoy?) lo he sabido. Uno más de mis despistes, consecuencia de las esporádicas ausencias en la blogosfera. No quiero que piense que sería tan estúpido como para no agradecer el detalle, así que he venido a escribir tan pronto como he podido. No hace falta que exprese cuánto agradezco que tan brillante persona se acordara de mí a la hora de repartir premios. Aunque, de todos modos, gracias. No sólo por esto, sino por aparecer hace ya bastantes meses por este rincón y haber dejado unas palabras desde entonces. Por haberme permitido descubrir el lugar donde creas tus acrobacias y también otros lugares que vigilo con frecuencia, aunque no en todos escribo comentarios.

Aún me hace más feliz que haya elegido este modesto hotel porque apenas cuenta con treinta habitaciones. Las puertas siempre están abiertas, claro, pero las carreteras quedan lejos. En realidad, cuando creé Las heridas invisibles (la primera versión de Fuegos de invierno) no tenía otra intención que escribir lo que no podía escribir en otros sitios. Ha habido cambios en los últimos días por exigencias del guión y me gustaría comenzar a relatar abordajes a otros barcos que no astillen mi ánimo con tanta intensidad. Supongo que será imposible. Supongo que será un propósito de año nuevo. En cualquier caso, gracias por elegirme.

Cumpliendo con las reglas del premio, he de galardonar a otros cinco blogs. Dejo fuera a muchos, aunque ninguno de los que he seleccionado se lo merece menos:

1. La penúltima palabra. Los fuegos de invierno arden porque Eva quiso que lo hicieran. Un espacio multicultural al servicio de los sentidos. Una noche le pregunté: "¿Por qué la penúltima palabra y no la última?". Sonrió, me miró a los ojos y contestó: "Porque prefiero escuchar lo que dicen los demás".

2. Acróbatas. No se trata de devolver el gesto. Vanessa acumula talento, sensibilidad, constancia, arrojo y tacto. No a todas las personas las eligen las carreras. Ella sabe de qué hablo.

3. Llunarium. Al igual que Acróbatas, creo que no será la primera vez que le premian. Imágenes captadas en movimiento, antes de que se detengan los matices que hacen que su blog sea especial.

4. El viaje de Jano. Como él mismo dice, el mundo visto desde otros ojos. El psycho-mynock más simpático del espacio exterior.

5. Viernes de noviembre. Criz es delicada, elegante, brillante y capaz. Capaz de escribir grandes versos, de escoger grandes canciones, y de tratar con una concepción panorámica los sentimientos.

Los galardonados deberán cumplir con los siguientes requisitos:
1. Escribir un post citando (premiando) a cinco blogs que "le hagan pensar".
2. Enlazar el
post original, para que se pueda encontrar el origen del premio.
3. Mostrar la imagen del premio enlazando la nota en la que le han reconocido su valía.

Gracias a Vanessa, por el premio. Gracias a los que se acercan por aquí.

lunes, octubre 22, 2007

Salitre 48


En 1998, publicación de 'Personal' y rescisión de contrato mediante, Quique González quedó en una situación delicada. Desde el mes de noviembre de aquel año hasta marzo de 2001, inició un viaje de dos rutas paralelas. La primera marcaba la senda a seguir en su vida personal. La segunda, sus canciones. Un largo recorrido por carreteras secundarias, como confesaba el propio autor, por pensiones olvidadas desde las que fotografía innúmeras imágenes. Una bandada de gaviotas, un ron con cola en el Wild Thing, un café en el puerto de Mahón, una colección de lunas llenas, un otoño de párpados caídos. En Salitre 48, Quique captó la esencia vital de paisajes y personas para compartirla con los compañeros de viaje que escuchan sus letras. Liberados de ataduras, obligaciones y problemas, el disco propone un viaje de 67 minutos con 16 paradas.

Las canciones de Salitre 48 desprenden una gran sinceridad y un alto concepto de la honestidad. Son sugerentes y conmovedoras. Hacen partícipes a los que las escuchan, situándolos como espectadores de una infinita sucesión de imágenes que pasean por delante de los iris. Con aquellas 16 canciones, Quique alcanzó su máximo grado de expresividad emocional, que después mantuvo entre pájaros y kamikazes. En la búsqueda constante de renovadas experiencias, Quique recorre el país de costa a costa sembrando, en cada cala y en cada hostal, composiciones que crecen huesudas, descarnadas y directas. Mantienen el semblante acústico de las maquetas que grabó junto a Carlos Raya. Una sencillez que no arrancó las raíces rockeras del madrileño. Al fin y al cabo, el rock es un estilo de vida. Salitre 48 rezuma una intimidad alejada de los guitarrazos de 'Personal'. Las letras, por su parte, forman parte del mejor poemario de Quique, que rara vez ha conseguido después acercarse a aquel nivel. En ellas quedó impresa su actitud ante las adversidades y la fidelidad que mantuvo respecto a su propio código de valores humanos.

De este modo, la ruta comienza en Conil de la Frontera al ritmo de una mandolina ('Salitre'), pero después recorre diferentes escenarios: una feria de casetas y coches de choque, bailarinas, camareras y dulces de manzana ('Día de feria'). El paisaje vacío de Mahón, la ventosa urbe solitaria, marca un espacio de almas deshabitadas ('La ciudad del viento'), entre las que arden estrellas al calor de un órgano ('Crece la hierba'). Después el viaje continúa hasta llegar a un arrecife desde el que contemplar una puesta de sol decadente, las olas del mar rompiendo contra las rocas, gaviotas cruzando el horizonte, vientos recorriendo la costa. Una balada cruda que evoca recuerdos perdidos y nostalgias borradas ('Rompeolas'). La oscuridad envuelve el álbum y se torna grisáceo cuando una mujer baila en un doloroso charco de fracasos. Escenas rodadas a cámara lenta donde cobran vida las gotas de agua que resbalan sobre los entornados párpados, la tristeza latente ('Bajo la lluvia').

A la luz de la lumbre de hogares perdidos ('Ayer quemé mi casa'), persiste el ambiente desolado y el pertinaz lamento de acústicas cuerdas ('De haberlo sabido'). El desasosiego duerme una noche en un hotel de carretera ('Jukebox'), donde se agitan los cuerpos. A la mañana siguiente, armónicas y violines reinician el camino por senderos apacibles, calzados todos con zapatillas para huir deprisa ('En el disparadero'). Casi al final de la travesía, el talento de un Urquijo descansa en los portales ('Tarde de perros'). En la penúltima parada del trayecto, Quique echa la vista atrás para estudiar el camino recorrido, el desgaste sufrido. En el horizonte se vislumbra de nuevo la playa donde esperan los viejos amigos. La brisa salada refresca el rostro afligido y humedece el alma fatigada ('Todo lo demás'). El último respiro, ahogado en el cansancio, solicita descansar en tierra firme, agotado de volar entre las nubes ('Permiso para aterrizar').

domingo, octubre 14, 2007

Avería y redención #7



... y de fondo: 'Trabajan en escenas de acción', de Quique González (http://www.goear.com/listen.php?v=a9fb831).

Las primeras lluvias de otoño se han sucedido las últimas semanas, empapando los pantalones cortos de turistas sorprendidos por el temporal. El cielo gris retumba al son de tambores de guerras perdidas. Las hojas empapadas que han caído estos días se adhieren al suelo, coloreando de ocre las aceras solitarias del último domingo. Las fuentes del centro son alumbradas por los pocos faros de los coches que cruzan la ciudad. Los paraguas suelen ser amigos a los que sólo extrañas cuando están lejos de tus manos mojadas. La plaza desierta reposa de caminantes perdidos, ahogados en las prisas de todas las semanas.

Refugiado en las paredes secas de la habitación, escucho 'Backliners' y observo el baile de los cipreses que puedo ver desde mi ventana. Parecen deslizarse al ritmo apaciguado de la canción, como las chicas del rock and roll que exhalan lánguidos y eléctricos acordes. La noche está a punto de cubrir el techo nublado de un domingo cualquiera. Si me asomo al filo de la baranda metálica, junto a los cristales, puedo cerciorarme de que casi siempre he aparcado mi coraza en doble fila, haciendo caso omiso de lo que sugerían las circunstancias. Cuando no lo he hecho, cuando he intentado ponerme a salvo de los choques implacables, la vida ha solido llevarme por caminos raros. Nunca he querido ponerme triste en los bares de aeropuerto, pero hay noches en que los aterrizajes me han dañado las frágiles alas y he ido a reparar mis averías en la misma soledad fría de aquellos bares.

Calado de tristezas, la cajita de música cuyas claves nunca he descifrado se abre para regalarme un canto a las heridas que nunca he olvidado. El manto oscuro ha cubierto a estas horas los árboles que hay frente a mi ventana. Supongo que continúan rozando cicatrices en la casa vacía que invadieron los rusos. Los que evitan el crudo invierno del lamento helado y el viento azaroso del norte de las penas. También, a veces, he ido yo a resguardarme en viejos caserones donde se esconden los niños que fuimos. Salones de sueños insomnes que trabajan en escenas de acción, siempre al límite del daño y las desilusiones.

Esta noche será la última noche de los dos últimos años. Mañana, cuando comience el nuevo camino y estrene zapatillas alegres, no voy a repetir estos tropiezos. Seguramente mantenga mi querencia por los proyectos desperfectos, por las abruptas tierras que lastiman mis tobillos. Sin embargo, confío en que el tiempo redentor haga olvidar las aflicciones. Espero que pueda recordar sólo los días en que he sido feliz. Cualquier excusa es buena para comenzar. Las últimas notas del nuevo disco de Quique González llegan a la línea de meta, justo cuando yo me sitúo en la de salida. Los cipreses aún bailan al son del viento silbado. Las ilusiones que he reconstruido aún llamean a la luz de las tristezas redimidas. Aún tengo rock and roll en el pecho...

"Yo te decía que todo estaba bien
y estaba fuera de la situación
fuera de la situación, en una nube."


* 'Avería y redención #7' es el nombre del último e imprescindible disco de Quique González. En cursiva, los títulos y versos de las canciones que he utilizado para juntar mis retazos. Para más información, www.quiquegonzalez.com