sábado, mayo 29, 2010

La calidez del hielo










... y de fondo: "Heart Of A Volunteer", de Hans Zimmer.

Contemplo la playa de San Lorenzo, desde la cima de los vientos, avistando el otro extremo de la cala, como contemplo desde mi memoria el otro extremo del recuerdo. Los primeros años, ya lejanos, en los que construí un imaginario infantil aún no derrumbado. Y como en la escena, ya no alcanzo a distinguir a las personas que hay allí, ni están las que se han marchado.

Miro después en derredor, hacia el paseo marítimo, que alarga el paso bordeando la marea, bajo nubes de una tormenta intermitente. Y realmente, hubo demasiados años así, y se hizo muy largo el camino. Siempre amenazado por los truenos, siempre escondido de la descarga final. Siempre asustado. Cada tarde, al subir la marea, el mar embiste el muro de piedra, desgastando las rocas y erosionando las fisuras. Igual hizo la culpa, golpeando la estima cada noche, azotando las ruinas de un mundo antiguo.

Ahora, desde el otro extremo, percibo el silbido del viento en mis oídos, en mis manos la brizna de hierba mojada, y siento en mis huesos la humedad de un cuerpo cansado. Me arrodillo, no por la fatiga, pues no son tantos los años, sino para recordar que hace muchos años no llovía tan fuerte y que, pese a la crueldad de la borrasca, todo sigue su camino.

En el centro de la imagen, el mar se presenta sereno, aguardando nuevos oleajes, como un cementerio insoslayable de recuerdos sepultados.

Detrás de todo, descifrando mi viejo código de miedos, descubriendo la calidez del hielo, estas tú. Quizás por eso me resultaste cercana la primera vez. Te vi hace muchos años, desde el otro lado, pero aún no alcanzaba a distinguirte.

lunes, abril 19, 2010

Tres, dos, uno...


















"Los fuegos aguardan en el océano,
lejos del invierno en el que se consumieron
las primeras luces.

El mago negro protege del viento
las últimas fogaradas,
las que iluminaron las sombras".

Para C.



... Regresando.

domingo, enero 31, 2010

Esperando



... y de fondo: 'De cara a la pared', de Lhasa de Sela (http://www.goear.com/listen/1640d3d/de-cara-a-la-pared-lhasa-de-sela).

Se sentó en una terraza frente al mar en el mes agosto y se esfumaron las palabras más blancas entre tanto océano. Ahí sigue en pleno invierno, mientras siente que pasan los días más entrelazados que nunca, que así lo percibo, y guiña un ojo a la nieve a través del cristal. Se ha sentado y mira alrededor, dónde no hay tregua para tanto movimiento, ni para tanta letra clavada en sus ojos. Como en un libro en miniatura, ha pintado todas las frases que quiere gritarnos, pero no grita, ni salta por la ventana cuando nos escucha llegar, ni acaba de irse porque todavía está llegando y, bajo un fondo negro, está escribiendo grisazulado todos los días.
.
Para A.

martes, julio 28, 2009

Etéreo










... y de fondo: 'Como quien da un refresco', de Manolo García(http://www.goear.com/listen/5d2ad34/Como-quien-da-un-refresco-manolo-garcia).

Equilibro las palabras desde las vértebras de una duna arenosa, desde donde la vista alcanza el vuelo inmóvil de gaviotas que aprenden a ejecutar el picado, como hacía Juan Salvador en aquel libro de niñez. Soporto estoicamente las sugerentes embestidas de Céfiro, agitador de temporales, para mantener la vista fija en el cuaderno de papel y en las palabras que vierto desde las profundidades. Me bastan unas pocas horas para regresar a mí y encontrarme otra vez contigo. Puedo distinguirte entonces, sentada en el viejo espigón donde se quiebran las mareas nuevas. Distingo la silueta de tu espalda desnuda, como una concatenación de susurros en la oscuridad. Distingo tu pelo liso bailando con el viento, tus brazos sosteniendo el ligero peso del cuerpo y otras cargas más pesadas que habitan más adentro. Las palmas de tus manos afirmadas en la roca fría, extenuada por las ardientes noches de un verano que ya no parece tan largo.

Esta mañana, antes de salir temprano a voltearme con el viento, de cruzarme con rostros felices por los efluvios de Baco, te miré dormir. Y te aprehendí después en mis retinas soñolientas, para llevarte cerca, como vapor del alma que me refrescara en los infiernos. Lejos del mar, tierra adentro, bajo las luces artificiales, me siento Sísifo; tanto me cansa subir las montañas, contener el deseo de dejarlas caer por el borde de tu falda, sobre mis esquiroles dedos (traidores). Desde la cima de la peña, abrasada por los últimos fuegos, vuelvo a presentirte cercana. Y ya sólo quedan silencios vacuos y silbidos de aire acerado. Tú, marcada por pomadas. Y yo, presto a liberar las palabras que me han mantenido equilibrado.

Aún no soy cenizas.

domingo, mayo 31, 2009

A la luz de las hogueras




... y de fondo: 'The Greatest', de Cat Power(http://www.goear.com/listen/c5b5a11/The-greatest-Cat-Power)

Escribo como aquellas tardes que ya no alcanzo a descifrar, sentado en una mesa camilla y con la espalda resentida por una severa silla de madera. La luz del flexo atrae a los primeros mosquitos del verano, que vienen a recordarme que ha pasado otro año y que no he cambiado de lugar, ni de rostro, ni mis motivos para querer marcharme. Si miro a mi derecha veo los periódicos viejos amontonados que forman la estampa que siempre querías romper. Supongo que también siguen así en mi escritorio, inmóviles. Y la vieja máquina de escribir en el estante bajo, tan precaria y nostálgica. Si fuerzo esta memoria peligrosa que pliega mis años a su antojo, aún escucho el sonido de las teclas en mi habitación, cuando se la robaba a papá de su despacho y gastaba las cintas de tinta roja.

Llevo aquí más tiempo del que me hubiera gustado estar, pero aún quiero irme más lejos. Quiero estar en tantos sitios y tanto tiempo que no sé cómo empezar, ni por cuál, ni por cuántos años. Algunas noches me invade un vacío en el estómago que ennegrece los días posteriores, y entonces vuelvo a pensar si mis pies han dado los pasos que dejaron el instinto a un lado, y al otro se dieron con las comodidades. He perdido la cuenta de los folios arrugados que habré tirado a la nada, intentando describiros con palabras cómo son los ostugos oscuros que habito tantas noches. Detrás de las pinturas blancas de los muros, a veces no hay más que sombras y fantasmas que no quieren marcharse. Y me dicen todo aquello que no me atrevo a confesarme. Me hablan del viento y de las mareas, de los golpes de levante y de la decadencia luminosa del poniente.

En verdad hay en esta tierra lugares muy bellos, pero no es de esta manera como pueden vivirse bien. ¿Recordáis los cielos en llamas? Algunos días vuelvo a contemplarlos, tras pasar el arco. Sólo que esta vez, al pasar por los cristales, he dejado de verme con ojos de perdido. Y los estambres afilados de mis manos no son esta vez tan frágiles. Así que podéis estar tranquilos, porque aunque no sea capaz de renunciar a la tristeza, cada vez nos vemos menos. Espero que no tires mis viejas camisas, que papá mantenga vivo el viñedo del norte, y que la niña siga creciendo como menos lo notan los demás, y como más lo hago yo y más orgulloso me hace sentir.

Desde dentro.

lunes, mayo 18, 2009

Hasta la vista, viejo




Igual que aquel 16 de enero de 2.007, cuando acompañaste a los nombres; igual que ayer, al despertar el ánimo; que mañana, cuando albergue flaquezas...

NO TE SALVES
"No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si

pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo."

Mario Benedetti

sábado, marzo 28, 2009

Plan de vuelo


... y de fondo: 'La Cienega Just Smiled', de Ryan Adams (http://www.goear.com/listen/64affb3/La-Cienega-Just-Smiled-Ryan-Adams).

Cuando hayas regresado, habrán muerto las flores del jueves y se habrá extinguido el calor que prendió tus pómulos. Habrás olvidado las últimas palabras que te dije y no reconocerás en las aceras el tránsito decadente de las noches más oscuras de Madrid. Guarda entre tus manos templadas un billete de vuelta a las afueras. Arranca del calendario las páginas pasadas, pero mantén aquellas de noviembre y la foto del callejón contiguo a la pensión.

Cuando hayas regresado, habrás encontrado una vieja librería donde gastar un billete de diez dólares en un Auster de segunda mano. Habrás tachado las últimas tardes que lloraste y otras que se quedaron en tus bolsillos. Y cuando vuelvas a echar mano de la rutina descubrirás que los malos tragos que has bebido también pasan. Y que, como las flores marchitas de tu dormitorio, todo lo que te sucede te amarra palabras al oído.

Cuando hayas regresado, acuérdate de mí.

domingo, marzo 01, 2009

lunes, febrero 09, 2009

Entre tus calles


... y de fondo: 'Claro y meridiano', de Grupo de Expertos Solynieve(http://www.goear.com/listen.php?v=fddd96f).

Los fuegos de tu invierno se quedaron clavados en aquella playa de sueño, la que me recordaste nada más despertar, con las nubes grises en el cielo y la arena mojada. Las sábanas nos quedaban grandes, tan grandes como los días perdidos sin remedio, por eso voy a pedirte un favor. Con tus ojos grandes, con esos ojos grandes, intenta fijar esa imagen en tu retina. Se quedaron detrás de una mirada temblorosa, un amanecer del mes de enero. Me contabas sobre los callejones vacíos del pueblo con casas blancas, al sur del sur, las manos abiertas en los bolsillos del abrigo y una huída marcha atrás, sin frenos. También pudiste ver mi vestido rojo en el borde del acantilado, el brillo de los ojos cerrados sin pestañear, el viento haciendo bailar mi pelo largo y viejo, revoloteando entre los pájaros que atravesaban las primeras horas del día. Sólo encontraste palabras de huída, lo demás se había quedado tan atrás que ni siquiera arrastrándolo podía volver a ti.

jueves, enero 29, 2009

Los ladridos sordos






... y de fondo: 'Collapse The Light Into Earth', de Porcupine Tree (http://www.goear.com/listen.php?v=3b619d4).

Hay una hilera de vértebras aparcadas en segunda fila. Mecanismos desajustados que hacen chirriar las afiladas lanzas de metal, aguijones de cuello vuelto. Estos días, estos tiempos en los que no siento nada, porque no vivo apenas nada, no hacen más que perfumar con cloroformo las luces de baja intensidad. A veces, aunque nadie me escucha, grito en voz baja. Y cada vez es menos audible el lejano ritmo de los momentos que se borran por minutos. Los tiempos en los que fui humano. Mucho antes de acompasarme con el toque rudo de los tambores de una guerra que no es propia. Mercenarios.

Hubo una posibilidad de redención que se perdió entre zonas muertas e inservibles. Donde hay duda, hay miedo. A la cobardía se la encuentra donde el miedo. A los reflejos esquivos al espejo se les padece desde el miedo. Sin quererlos ver. Sin que quieran verte. Aunque están al alcance de una mentira más, es más fácil buscar los callejones. Las grandes masas de asfalto mantienen adheridas las horas descontadas. Hasta que las páginas se llenen de aspas rojas, al borde de la psicosis los calendarios empapados.

Habrá otra noche que no regrese y otras madrugadas que ya no serán mías, pero no serán las mismas que alguna vez viví. Y aquellas veces que grito, en las que nadie me escucha, siempre utilizo idénticas palabras. Pero en una lengua que no comprende nadie, ni quiere decir nada. Nada.

Y, a pesar de todo, rondan mi cabeza. La rondan como perros, al acecho de una presa demasiado fácil.

Ladridos de un alma muerta.

martes, octubre 21, 2008

Perdidos


... y de fondo: 'Lost (Acoustic Version)', de Coldplay (http://www.goear.com/listen.php?v=7867d3d).

Al amanecer, contemplé los precipicios. Divisé las decisiones que se astillaron en mi garganta, las zanjas que cavé para enterrar las soledades. Y sin saber cómo he vivido allí todo este día, traicionado por el ánimo que se esconde tras las nubes de octubre. En días como este desearía detener el aire, congelar los pasos de los transeúntes y las varas de medir las vidas. Me gustaría no pensar en las losas que separan mi portal de la mitad de aquella calle y sentirme perdido, por no saber adonde ir, por no tener que estar en ningún sitio.

Si lograra evaporarme, iría a rescatarte de la ciudad que te abruma. Si mañana no tuviera que ser responsable, guardaría poco equipaje en la mochila y me sentaría en uno de los últimos asientos de un autobús destartalado rumbo al norte. Miraría por la ventana la manera de alejarse las montañas, el vaho de los cristales en la madrugada. Escucharía con detenimiento el ronroneo del motor cascado. Vería las imágenes de la película de los años ochenta, pero no usaría los auriculares. Haríamos una parada en un pueblo solitario, seguro, y los viajeros saldrían bostezando para amontonarse en la barra del bar y pedir cafés con leche, sin azúcar. Al emprender la marcha, recorrería las rectas infinitas de las tierras de tristes figuras.

Más tarde, asomarían las afueras de Madrid, la ciudad de los desheredados. El metro sería el lugar donde la gente entierra las sonrisas, donde se apagan los rostros. Saldría a la superficie tras tres paradas, antes de taponar las vías de oxígeno con un sentido de falsa claustrofobia. Arriba buscaría el número exacto donde encontrarte. Me perdería en el primer intento, claro. Pero sabría cómo llegar a ti. Te sorprendería verme allí, de repente. Pero no tanto. Te daría el puñado de arena que cogí de la playa y nos alejaríamos de los coches y de las prisas en un tren de cercanías. Llegaríamos a la sierra de Madrid, cerca del gran monasterio, a aquella casa de montaña de la que te he hablado tantas veces. Allí el viento helaría los cristales del salón, crujirían los leños al fuego, arderían las distancias...

Y al atardecer, estarían lejos los abismos.

Lejos de todo.

Perdidos.

jueves, septiembre 25, 2008

Km. O


... y de fondo: 'Always On My Mind', de Ryan Adams (http://www.goear.com/listen.php?v=321b723),

Hace un tiempo me habrían arrastrado las corrientes de un río desbordado. Hace un tiempo, cuando no era tan niño como podrías pensar, habría acudido a la soledad para refugiarme en una cabaña de recuerdos favorables. Hay unos años que no pude retener en mis manos infantiles, y otros que no pude soltar cuando intenté deshacerme de ellos, antes de que incendiaran mi mundo imaginario. Y me quedé solo, rodeado de restos de papel abrasado. Entre ellos, recompuse los pedazos que quedaron de mí después de la catástrofe, aunque tardé mucho en buscarme.

Te lo dije, no soy una persona triste. Dentro de mí sigue aquel niño que no se dejó ver más ante los ojos extraños. Yo soy él cuando río, cuando tiendo los puentes y levanto las barreras. Has llegado a verle muchas veces, aunque no supieras quién era ni por qué se esconde cuando llegan los demás. Y sí, me siento triste algunas veces, pero siempre abandono los lamentos justo después de haberlos escrito. Expulso las llamas para evitar que se queden dentro las cenizas. Después no hay mucho más de lo que ves, no me quedan más recursos con los que sorprenderte.

Hace un tiempo, decía, me habría sepultado la avalancha. Antes de reencontrarme, antes de mí. Hace unos años habría cerrado la puerta del taxi la otra noche, sin dejar lugar a despedidas. No habrías sabido de mí antes de olvidarte, antes de una noche en que no dormimos y en la que me pregunté si, por una vez, llegaré a cruzarme en el momento oportuno, cuando el sonido de mis pasos no resulte impertinente. Hace un tiempo hubiera sido sigiloso y no habría interrumpido tus sueños. Habría callado, como entonces hice tantas veces.

Sin embargo, ahora llueve diferente. La nieve ha copado la ladera y los torrentes de agua han inundado los pantanos, pero mi entereza no ha perecido en los desastres. Y sigo en pie para quitarte las tristezas, las manchas oscuras de los días grises. Hay personas que están hechas para hacer sonreír a otras, a las que se le colorean de pena las pupilas. A ti, que eres de las primeras, no te sientan bien las aflicciones. Cárgalas en mí, que suelo ser de los segundos, que las llevaré lejos de la ciudad para que no las encuentres. Lejos de ti, allá donde muere la tierra y bailan los vientos, las transformaré en fragmentos etéreos que no estorben tu ánimo.

Después, libre de cargas y de culpas, elige la distancia, el punto exacto en el que quieres mantenerme. Déjame lejos, si te da miedo acercarte. Déjame cerca, si te da miedo alejarme. Sea como sea, estaré rondando las estaciones de metro por si quieres que regrese.

¿Sabes? Preferiría no dejar de verte. Aunque tú no lo sepas, también tú te has llevado lejos mis tristezas.

martes, septiembre 02, 2008

Las hojas pisadas


* 'Sunrise with Sea Monsters', de William Turner.

... y de fondo: 'Lived In Bars', de Cat Power(http://www.goear.com/listen.php?v=cbfc7ec ).

Los días son extraños. Desde que me marché de la ciudad no he dejado de buscarte. En las primeras madrugadas, cuando no conocía el camino de regreso, meditaba entre los callejones estrechos si aparecerías al tomar la siguiente esquina. Sin apenas darme cuenta, los tonos violáceos del alba siluetearon horizontes, gaviotas y acantilados. La mañana del domingo, con el frescor helado de la primera brisa, pasé las hojas de un periódico hecho mirando entre las líneas, por si estuvieras escondida tras los párrafos. Agarré con fuerza la taza de café caliente para no constipar el pensamiento, tan atrofiado tras cada batalla que libro para encontrarme contigo. Pasaron las horas, pero no acudiste nunca a mi rescate.

Unos meses más tarde, con el barrio arraigado a las costumbres, quise otra vez perseguir el destino que huye siempre, tan veloz. Exploré, sin éxito, otras tardes más viejas por si en ellas daba con algunas pistas de tu paradero. Pero abandonaste todas las posadas en las que alguna vez nos vimos. Y al igual que las calles del pueblo parecen desiertas tras el largo estivo en el que todos han atosigado sus orillas, del mismo modo me encuentro yo desierto algunas noches, cuando me descubro asaltado por la soledad, e intuyo entre mis costillas el filo de un punzón que ha atravesado el tejido de unas sábanas que extrañan tu cuerpo tendido.

Como avisé entonces, he vuelto en los albores de las últimas tardes de septiembre, cuando tiendo hacia el otro lado de mí los puentes que quedaron a salvo. Recuerdo que la última noche que de verdad te vi, miramos las luces artificiales que iluminaban los muros cansados de la fortaleza roja. Ansío la vuelta de los fríos, la llegada de una nueva oportunidad de dar contigo. Supongo que seguirás siendo esquiva, que no permitirás treguar una pausa conmigo. Pero dame un respiro, porque de un tiempo a esta parte me siento fatigado. Las hojas de octubre perecerán pronto bajo las pisadas de los caminantes. Giraré entonces otra vez la esquina en que te busqué al principio, pero en otra ciudad, otras calles y con otros ojos, aunque vuelva a darme de bruces con las veces que no estabas.

sábado, agosto 23, 2008

Nostalgia


... viene del blog 'SeeUaround'. El enlace al post relacionado es: http://seeuaround.blogspot.com/2008/08/desear.html

Tienes razón.

Cuando la cotidianidad envuelve los días, la libertad se presenta como una atracción irresistible.
Pero si dices que para ti "la felicidad es sentir cada momento el deseo de conocer al otro", puede interpretarse que la felicidad llega cuando el deseo te vincula a otra persona, sacrificando la libertad. Ésta siempre regresará más tarde, cuando la curiosidad desaparezca, pero entonces el fugaz instante de satisfacción más absoluta ya habría pasado de largo.

Es por esto que decía, aunque quizás no eligiera bien las palabras la última vez, que en realidad solemos estar dispuestos a renunciar a la libertad para dejar de desear y vincularnos a alguien. Seguir deseando, pero ya sin libertad y de un modo diferente.

El jueves por la tarde me tumbé en la arena de espaldas al viento y descendí mi punto de visión hasta el suelo, con la mejilla apoyada sobre la tela de la toalla. Las ráfagas de polvo de tierra azotaban primero mi espalda de modo acompasado, mucho antes de que las esperara, de que las viera llegar. Después, esquivaban mi cuerpo por los flancos y reptaban por la playa para ir a morir a la orilla, donde finalmente desaparecían.

El deseo actúa de un modo parecido. Llega desde atrás, desde el pasado, desde las experiencias que te hacen anhelar. Golpea todo el cuerpo, se adhiere a la piel como la libertad se adhiere a los vínculos. Luego, cuando lo has sentido, rodea tus flancos y sigue su camino, pero entonces sólo puedes contemplar la manera en que se aleja hasta verlo morir en el mar. Y esperar la siguiente racha de viento, la próxima sacudida.

Es posible que sea cierto el hecho de que haya un enfrentamiento mutuo entre la búsqueda de la seguridad y la necesidad de libertad. Aunque, siendo sincero, si tuviera que elegir entre el preciso instante en el que la arena embiste las vértebras y aquel en el que sólo la sientes alejarse, elegiría el primero. Aunque con ello renunciara a la nostalgia de verla marchar para siempre.

Renunciaría a los tiempos pasados y futuros para suspender en el aire el segundo en el que he sido más feliz.

Dirás que eso es imposible.

Lo es.

Por eso siempre me acompaña la nostalgia.

domingo, julio 27, 2008

Estación de invierno













... y de fondo: 'Despertarme contigo', de Rebeca Jiménez (http://www.goear.com/listen.php?v=e733ae4).

Podría haber sucedido de repente. Mientras tomaba una taza de café con hielo en la Alameda, leyendo el destino de los héroes griegos en las tragedias de la literatura clásica. Observando la marea desde la isla de las Palomas, donde se conocen dos corrientes infinitas. Sentado en la arena de Los Lances, oponiendo resistencia al azote del viento y divisando el vuelo sostenido de las cometas que siluetan figuras cuando el sol se sumerge en el atlántico y deja a oscuras este rincón ventoso. Cuando, fatigado por las horas y las ausencias, saboreo una cerveza fría junto al arco, viendo desfilar a los turistas.

Te diría que ocurrió en cualquiera de esos momentos, pero no te estaría diciendo la verdad. Recuerdo que cuando te vi por primera vez hacía tanto frío que había láminas de escarcha en las palabras y que la niebla ocultaba las fachadas de los edificios. Giré la cabeza hacia un lado y sólo regalabas un perfil del rostro. En lugar de aprender las lecciones que me he perdido no dejé de virar el rumbo de mis ojos hacia estribor, izando el ancla que había olvidado en las profundidades para ir a hablar contigo y saber si podría recordar(te). Y fue entonces cuando sucedió, mucho antes de preguntarte por la ubicación del Búho Real y de perdernos entre las calles siamesas de Huertas. Antes de caminar por la Calle Mayor y detenernos junto a los andamios de la plaza. Te conozco, aunque no quieras creerlo, desde mucho antes de haberte visto, aunque no puedo explicarte cuándo, ni cómo, ni quiénes éramos nosotros.

Sé lo que piensas cuando las dudas hacen bailar el mundo que conoces y no recuerdas los pasos. Conozco al guardián de las nieblas de invierno que, apostado tras las verjas, intenta evitar que te alejes de lo que conoces. He estado allí muchas noches.

Hay lugares que quiero enseñarte, fuegos que quiero compartir contigo. Déjame llegar. Deja que afloje los nudos que oprimen tus muñecas. Recupera el vuelo, el aliento.


Te regalo el Viento, si te hace falta para despegar.

jueves, julio 17, 2008

Claroscuro


Puedo recordar exactamente la noche en la que se apagaron las luces. Reconozco, al pasar las escenas, la esquina en la que aparcamos el coche. El semáforo oxidado que siempre estaba en ámbar, coloreando tus mejillas de forma intermitente, jugando con la oscuridad de las palabras. Llevaba un libro entre las manos que no he querido leer después, porque cada página me recordaba a ti. Y lo conservo en un estante de la habitación que ya no es mía, tras otros libros que coloqué delante para no ver el pasado. No me resulta difícil volver a sentirme sin oxígeno, sin aliento. Como aquel instante en el que no hizo falta que dijeras que todo había acabado, porque los silencios apresaron las palabras. Y la intermitencia de los tiempos anaranjados se decantó por la soledad, el vacío.

Aquel apagón se llevó consigo la bahía de Cádiz y el rinconcito de una playa en Chiclana, la ruta por las marismas y las calles estrechas con edificios de muros blancos. Perdí de vista la Alpujarra en invierno, el pico de la gran montaña en verano, cuando nos sorprendió la tormenta en pantalones cortos y los años en calendarios alternativos. Desde entonces, el blues y el jazz me recuerdan a las noches en el Secadero inventando personajes para desconocidos. Merodeaba entre las multitudes, observando que era inevitable que todos se fijaran en ti. Y entonces me sentía verdaderamente afortunado porque tú eligieses estar conmigo, ofreciéndote sólo torpeza en las formas, timidez en las palabras y sinceridad en los gestos, incluso en los que no reconocías.

Ahora oteo el horizonte desde esta playa y apenas estamos a sesenta minutos de aquella bahía. Te veo pasear cuatro años antes con alguien que ya no reconozco, porque apenas queda algo de la persona que era entonces. Me ha abandonado la inocencia, la ingenuidad y la mirada blanca. El silencio se ha ido apartando de mi camino, como los sueños hicieron poco después. Ni siquiera fui capaz de intentar retenerte. Sin embargo, quiero pensar que mantengo la timidez en las palabras que buscan la profundidad, las que se descubren rotundas. Espero que mis gestos continúen pareciendo sinceros, porque de lo que estoy seguro, de lo que no dudo, es de que sigo siendo torpe con las formas.

Por eso intento averiguar la manera de decirte que me gustaría saber de ti otra vez, saber que todo te marcha bien. Por eso ninguna me parece suficientemente buena. Ahora me doy cuenta de que siento lo mismo que aquella noche en la que parpadeaba la luz ámbar del semáforo, iluminando la primera despedida. El mismo aliento prófugo de mi garganta y el mismo corazón en claroscuro.

lunes, junio 23, 2008

Quebrantos




Cuando vuelvo a los viernes me esperan las carreteras de regreso a la ciudad rojiza. Enciendo el motor de un coche abandonado, cubierto por el polvo, y al emprender la marcha intento desintoxicarme de la semana que ha volado y que me ha alejado un poco más de todo. Vomito por la ventanilla las mentiras que salpican una honestidad venida a menos, una ética que pongo en entredicho cada día, pero que no hace sino golpear los estómagos que hay más cerca. Llego a la estación de servicio de la autopista desierta, que espera a los visitantes sedientos, forajidos del asfalto derretido. Pido un café que cada vez encuentro más amargo y me siento junto a una de las ventanas a observar el paso fugaz de los vólidos que se acercan a la costa. En esos momentos, pienso que la escena era más bonita en invierno, cuando la lluvia golpeaba con fuerza los capós. Después pago el servicio y continúo mi camino. En la segunda parte del viaje, voy reconociéndome en las curvas, dejo atrás los tiburones y afilo el mentón descuidado de los fines de semana. Recuerdo la humanidad que se me está cayendo de los bolsillos, desparramada en charcos de sangre diluida en cloroformo.

Y, al girar las montañas, dibujo el trazado de un viaje imposible hacia el oxígeno. Y, al rodear los cristales, contemplo cortes en mi piel que no he curado bien. Y, entonces, necesito pensar que no será para siempre, que no he sido para nunca.

Hay quebrantos ocultos que no lograré disimular hasta los viernes y no podré falsificar todos los lunes.

sábado, mayo 24, 2008

Figuras de arcilla


... y de fondo: 'Call Me On Your Way Back Home', de Ryan Adams.

Escucho crujir la madera del violín que suena de fondo. Después, sólo el silencio que me traslada hasta la playa embarrada de la costa noroeste de Inglaterra, a la que huí para no perderme. De aquellos días en los que contemplé todas las variedades de la lluvia, recuerdo un zumo de naranja artificial, unos guantes de plástico de usar y tirar y gorros de papel. Bandejas azules y aspiradoras. Acabado el primer turno, el parque de St. Annes. Sándwich, refresco de cola con sabor a vainilla y los únicos libros en castellano que había en aquel pueblo tranquilo. Benedetti sobre los viejos estantes de madera de la biblioteca. El cielo espeso y gris que contemplaba desde la parada de autobús. Jardines verdosos ante casas de juguete. El asfalto rojo del trazado de vuelta. Preston. La sensación de estar lejos de casa, pero cerca de mí mismo. Más cerca que nunca de los deseos, de lo imaginado, de lo esperado. Camille y París en la lejanía, en los sueños. Más tarde, también en mis ojos y en las palmas de mis manos. Hotel L'Avenue. Una tarde sobre el césped del emperador. Jardins du Luxembourg. La ciudad de la luz y un estremecimiento en blanco y negro. Un vuelo de regreso sobre la gran torre de hierro recortada por las sombras.

Después llegó la redención y la fuga hacia el universo esquivo. Podría haber sido para siempre. Lo había dibujado de otra forma. Viejas ilusiones envueltas en papel de periódico. Reportajes de días esfumados. Entrevistas con mis dudas. Un café con leche y un bloc de notas relleno con tachones. Fotografías a contraluz. Obras coloristas ocultas en un bajo del Zaidín. Pianolas recobrando vidas y sonidos. El primer vistazo al diario en busca de la firma conocida. Recortes y pedazos de papel protegido por fundas de plástico. Pedazos también amarillentos. García Márquez, Capote y Fallaci. Hacía tiempo que no estaba a solas, como ahora. Lejos del viento. Habitaciones alquiladas por arrendatarios desconocidos. Extraños. A veces, cuando cometo el error de no estar ocupado, miro hacia atrás. Sólo un segundo. Suficiente, sin embargo, para ver las ruinas lejanas. Edificios derrumbados. Cascotes esparcidos por las calles. Farolas rotas y humo gris. Soledad. Abandono. Esperanzas muertas que nadie ha retirado del camino. Batallas perdidas por un soldado sin destino. Tristeza.

En unos días, el viento regresará para llevarme hasta la arena. Cuando el huracán me arrastre esparcirá por el infinito esta nostalgia y los pedazos amarillos de papel volverán al cajón de mi viejo escritorio, testigo de las noches pasadas y de los días que no llegaron. La esencia de un universo de arcilla desmoronado. Tierra de figuras sin alma, ni vida, ni recuerdos.

Hasta las últimas tardes de septiembre, cuando caigan las hojas y los puentes.

martes, abril 01, 2008

Fin



...y de fondo: El mar (http://www.goear.com/listen.php?v=eeafe3b).

Hace tiempo que ha dejado de importarme, que no recuerdo nada. El pasado significa ahora solamente un tiempo vivido. Me cansé de anclar mis emociones en escenas congeladas. Encontré en el odio la única forma de olvidar. Busqué dentro de mí y hallé a las personas que aún no he sido. Caminé, al fin, por playas de arena blanca y el salitre se adhirió a mis tobillos como lo hizo muchas tardes antes, en Castell de Ferro. El viento hizo zozobrar otra vez los barcos, encallados en los arrecifes, rasgadas las velas, desorientadas las brújulas. Siempre que acudo a los inicios de un nuevo tiempo me reencuentro con la costa, escenario del azote de un levante enfurecido.

No quiero que esta parte de mí que he descubierto, más arisca y resistente, acabe por destruir todo lo que he sido antes, pero necesito deshacerme de las ropas quemadas. Rescato algunos maderos mojados que me llevo conmigo, pero dejo atrás todo lo demás. Lo que me hizo daño, lo que me hizo débil, lo que me hizo odiar lo que había querido tanto...

Hoy sólo quiero que mi rumbo sea más firme y que el miedo no derrumbe fortalezas. Que no tenga nunca más que sentirme tan culpable por todo.

Yo sólo quise ser la mejor persona posible, pero pocas veces sirvió para algo. Pasará mucho tiempo hasta que vuelva a ser igual que antes, porque todo es distinto. Y, sinceramente, me siento mejor ahora.

Quizás el temporal haya arrastrado consigo los disturbios hacia la profundidad de un océano que se acuesta cada tarde con cometas. La fragilidad de los cuerpos, la inconsistencia de los deseos, la fugacidad de la luz (¿recuerdas?)... Sólo me quedo con lo que escribí la última vez: la convicción de que siempre queda algo bueno por llegar. Quizás sea mejor así. Quizás he sido yo el que siempre ha estado equivocado.