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domingo, noviembre 21, 2010

Tinta azul y gris


... y de fondo: ´Fistful Of Love´, de Antony & The Johnsons(http://www.goear.com/listen/2e5f3ab/fistful-of-love-antony-and-the-johnsons).

Escribo con la tinta gris azulada que V. me regaló hace unos meses. Y que, ahora que no busco cobijo tantas noches en esta vieja y triste habitación de hotel, permanece a la espera de que encuentre un instante para recordar.

Intento descifrar mis propios códigos, repletos de claves secretas que he olvidado en los últimos quince meses, para descubrir algo apropiado que decirte. Pero no lo consigo. No reconozco las pistas que me permitan seguir el rastro hacia una melancolía que ya no viaja conmigo.

De modo que no puedo dedicarte un fragmento. No como los que ya escribí para ti. Ahí tienes la estación de invierno en la que te regalé el viento, el kilómetro cero donde te robé las aflicciones, la sala de espera de un aeropuerto en el que siempre había visto despegar a los aviones. Más tarde, el viento se llevó consigo las cenizas y las palabras tristes despegaron con el siguiente vuelo.

Desde entonces, sólo tuve tiempo de apostarme en la cima de los vientos, otro viejo compañero, para otear el horizonte. Miré una última vez, en derredor, alcanzándote con una mirada cansada de observar soledades. Después enterré en esa cima mi cuaderno de fuegos, mis notas arrugadas de papel y mi lápiz de escribir triste.

Lamento no poder ofrecerte algo mejor, pero me has dejado sin palabras.

Y, además, hay cosas que no precisan ser escritas.

sábado, mayo 29, 2010

La calidez del hielo










... y de fondo: "Heart Of A Volunteer", de Hans Zimmer.

Contemplo la playa de San Lorenzo, desde la cima de los vientos, avistando el otro extremo de la cala, como contemplo desde mi memoria el otro extremo del recuerdo. Los primeros años, ya lejanos, en los que construí un imaginario infantil aún no derrumbado. Y como en la escena, ya no alcanzo a distinguir a las personas que hay allí, ni están las que se han marchado.

Miro después en derredor, hacia el paseo marítimo, que alarga el paso bordeando la marea, bajo nubes de una tormenta intermitente. Y realmente, hubo demasiados años así, y se hizo muy largo el camino. Siempre amenazado por los truenos, siempre escondido de la descarga final. Siempre asustado. Cada tarde, al subir la marea, el mar embiste el muro de piedra, desgastando las rocas y erosionando las fisuras. Igual hizo la culpa, golpeando la estima cada noche, azotando las ruinas de un mundo antiguo.

Ahora, desde el otro extremo, percibo el silbido del viento en mis oídos, en mis manos la brizna de hierba mojada, y siento en mis huesos la humedad de un cuerpo cansado. Me arrodillo, no por la fatiga, pues no son tantos los años, sino para recordar que hace muchos años no llovía tan fuerte y que, pese a la crueldad de la borrasca, todo sigue su camino.

En el centro de la imagen, el mar se presenta sereno, aguardando nuevos oleajes, como un cementerio insoslayable de recuerdos sepultados.

Detrás de todo, descifrando mi viejo código de miedos, descubriendo la calidez del hielo, estas tú. Quizás por eso me resultaste cercana la primera vez. Te vi hace muchos años, desde el otro lado, pero aún no alcanzaba a distinguirte.

lunes, abril 19, 2010

Tres, dos, uno...


















"Los fuegos aguardan en el océano,
lejos del invierno en el que se consumieron
las primeras luces.

El mago negro protege del viento
las últimas fogaradas,
las que iluminaron las sombras".

Para C.



... Regresando.

martes, julio 28, 2009

Etéreo










... y de fondo: 'Como quien da un refresco', de Manolo García(http://www.goear.com/listen/5d2ad34/Como-quien-da-un-refresco-manolo-garcia).

Equilibro las palabras desde las vértebras de una duna arenosa, desde donde la vista alcanza el vuelo inmóvil de gaviotas que aprenden a ejecutar el picado, como hacía Juan Salvador en aquel libro de niñez. Soporto estoicamente las sugerentes embestidas de Céfiro, agitador de temporales, para mantener la vista fija en el cuaderno de papel y en las palabras que vierto desde las profundidades. Me bastan unas pocas horas para regresar a mí y encontrarme otra vez contigo. Puedo distinguirte entonces, sentada en el viejo espigón donde se quiebran las mareas nuevas. Distingo la silueta de tu espalda desnuda, como una concatenación de susurros en la oscuridad. Distingo tu pelo liso bailando con el viento, tus brazos sosteniendo el ligero peso del cuerpo y otras cargas más pesadas que habitan más adentro. Las palmas de tus manos afirmadas en la roca fría, extenuada por las ardientes noches de un verano que ya no parece tan largo.

Esta mañana, antes de salir temprano a voltearme con el viento, de cruzarme con rostros felices por los efluvios de Baco, te miré dormir. Y te aprehendí después en mis retinas soñolientas, para llevarte cerca, como vapor del alma que me refrescara en los infiernos. Lejos del mar, tierra adentro, bajo las luces artificiales, me siento Sísifo; tanto me cansa subir las montañas, contener el deseo de dejarlas caer por el borde de tu falda, sobre mis esquiroles dedos (traidores). Desde la cima de la peña, abrasada por los últimos fuegos, vuelvo a presentirte cercana. Y ya sólo quedan silencios vacuos y silbidos de aire acerado. Tú, marcada por pomadas. Y yo, presto a liberar las palabras que me han mantenido equilibrado.

Aún no soy cenizas.

domingo, mayo 31, 2009

A la luz de las hogueras




... y de fondo: 'The Greatest', de Cat Power(http://www.goear.com/listen/c5b5a11/The-greatest-Cat-Power)

Escribo como aquellas tardes que ya no alcanzo a descifrar, sentado en una mesa camilla y con la espalda resentida por una severa silla de madera. La luz del flexo atrae a los primeros mosquitos del verano, que vienen a recordarme que ha pasado otro año y que no he cambiado de lugar, ni de rostro, ni mis motivos para querer marcharme. Si miro a mi derecha veo los periódicos viejos amontonados que forman la estampa que siempre querías romper. Supongo que también siguen así en mi escritorio, inmóviles. Y la vieja máquina de escribir en el estante bajo, tan precaria y nostálgica. Si fuerzo esta memoria peligrosa que pliega mis años a su antojo, aún escucho el sonido de las teclas en mi habitación, cuando se la robaba a papá de su despacho y gastaba las cintas de tinta roja.

Llevo aquí más tiempo del que me hubiera gustado estar, pero aún quiero irme más lejos. Quiero estar en tantos sitios y tanto tiempo que no sé cómo empezar, ni por cuál, ni por cuántos años. Algunas noches me invade un vacío en el estómago que ennegrece los días posteriores, y entonces vuelvo a pensar si mis pies han dado los pasos que dejaron el instinto a un lado, y al otro se dieron con las comodidades. He perdido la cuenta de los folios arrugados que habré tirado a la nada, intentando describiros con palabras cómo son los ostugos oscuros que habito tantas noches. Detrás de las pinturas blancas de los muros, a veces no hay más que sombras y fantasmas que no quieren marcharse. Y me dicen todo aquello que no me atrevo a confesarme. Me hablan del viento y de las mareas, de los golpes de levante y de la decadencia luminosa del poniente.

En verdad hay en esta tierra lugares muy bellos, pero no es de esta manera como pueden vivirse bien. ¿Recordáis los cielos en llamas? Algunos días vuelvo a contemplarlos, tras pasar el arco. Sólo que esta vez, al pasar por los cristales, he dejado de verme con ojos de perdido. Y los estambres afilados de mis manos no son esta vez tan frágiles. Así que podéis estar tranquilos, porque aunque no sea capaz de renunciar a la tristeza, cada vez nos vemos menos. Espero que no tires mis viejas camisas, que papá mantenga vivo el viñedo del norte, y que la niña siga creciendo como menos lo notan los demás, y como más lo hago yo y más orgulloso me hace sentir.

Desde dentro.

sábado, marzo 28, 2009

Plan de vuelo


... y de fondo: 'La Cienega Just Smiled', de Ryan Adams (http://www.goear.com/listen/64affb3/La-Cienega-Just-Smiled-Ryan-Adams).

Cuando hayas regresado, habrán muerto las flores del jueves y se habrá extinguido el calor que prendió tus pómulos. Habrás olvidado las últimas palabras que te dije y no reconocerás en las aceras el tránsito decadente de las noches más oscuras de Madrid. Guarda entre tus manos templadas un billete de vuelta a las afueras. Arranca del calendario las páginas pasadas, pero mantén aquellas de noviembre y la foto del callejón contiguo a la pensión.

Cuando hayas regresado, habrás encontrado una vieja librería donde gastar un billete de diez dólares en un Auster de segunda mano. Habrás tachado las últimas tardes que lloraste y otras que se quedaron en tus bolsillos. Y cuando vuelvas a echar mano de la rutina descubrirás que los malos tragos que has bebido también pasan. Y que, como las flores marchitas de tu dormitorio, todo lo que te sucede te amarra palabras al oído.

Cuando hayas regresado, acuérdate de mí.

domingo, marzo 01, 2009

jueves, enero 29, 2009

Los ladridos sordos






... y de fondo: 'Collapse The Light Into Earth', de Porcupine Tree (http://www.goear.com/listen.php?v=3b619d4).

Hay una hilera de vértebras aparcadas en segunda fila. Mecanismos desajustados que hacen chirriar las afiladas lanzas de metal, aguijones de cuello vuelto. Estos días, estos tiempos en los que no siento nada, porque no vivo apenas nada, no hacen más que perfumar con cloroformo las luces de baja intensidad. A veces, aunque nadie me escucha, grito en voz baja. Y cada vez es menos audible el lejano ritmo de los momentos que se borran por minutos. Los tiempos en los que fui humano. Mucho antes de acompasarme con el toque rudo de los tambores de una guerra que no es propia. Mercenarios.

Hubo una posibilidad de redención que se perdió entre zonas muertas e inservibles. Donde hay duda, hay miedo. A la cobardía se la encuentra donde el miedo. A los reflejos esquivos al espejo se les padece desde el miedo. Sin quererlos ver. Sin que quieran verte. Aunque están al alcance de una mentira más, es más fácil buscar los callejones. Las grandes masas de asfalto mantienen adheridas las horas descontadas. Hasta que las páginas se llenen de aspas rojas, al borde de la psicosis los calendarios empapados.

Habrá otra noche que no regrese y otras madrugadas que ya no serán mías, pero no serán las mismas que alguna vez viví. Y aquellas veces que grito, en las que nadie me escucha, siempre utilizo idénticas palabras. Pero en una lengua que no comprende nadie, ni quiere decir nada. Nada.

Y, a pesar de todo, rondan mi cabeza. La rondan como perros, al acecho de una presa demasiado fácil.

Ladridos de un alma muerta.

martes, octubre 21, 2008

Perdidos


... y de fondo: 'Lost (Acoustic Version)', de Coldplay (http://www.goear.com/listen.php?v=7867d3d).

Al amanecer, contemplé los precipicios. Divisé las decisiones que se astillaron en mi garganta, las zanjas que cavé para enterrar las soledades. Y sin saber cómo he vivido allí todo este día, traicionado por el ánimo que se esconde tras las nubes de octubre. En días como este desearía detener el aire, congelar los pasos de los transeúntes y las varas de medir las vidas. Me gustaría no pensar en las losas que separan mi portal de la mitad de aquella calle y sentirme perdido, por no saber adonde ir, por no tener que estar en ningún sitio.

Si lograra evaporarme, iría a rescatarte de la ciudad que te abruma. Si mañana no tuviera que ser responsable, guardaría poco equipaje en la mochila y me sentaría en uno de los últimos asientos de un autobús destartalado rumbo al norte. Miraría por la ventana la manera de alejarse las montañas, el vaho de los cristales en la madrugada. Escucharía con detenimiento el ronroneo del motor cascado. Vería las imágenes de la película de los años ochenta, pero no usaría los auriculares. Haríamos una parada en un pueblo solitario, seguro, y los viajeros saldrían bostezando para amontonarse en la barra del bar y pedir cafés con leche, sin azúcar. Al emprender la marcha, recorrería las rectas infinitas de las tierras de tristes figuras.

Más tarde, asomarían las afueras de Madrid, la ciudad de los desheredados. El metro sería el lugar donde la gente entierra las sonrisas, donde se apagan los rostros. Saldría a la superficie tras tres paradas, antes de taponar las vías de oxígeno con un sentido de falsa claustrofobia. Arriba buscaría el número exacto donde encontrarte. Me perdería en el primer intento, claro. Pero sabría cómo llegar a ti. Te sorprendería verme allí, de repente. Pero no tanto. Te daría el puñado de arena que cogí de la playa y nos alejaríamos de los coches y de las prisas en un tren de cercanías. Llegaríamos a la sierra de Madrid, cerca del gran monasterio, a aquella casa de montaña de la que te he hablado tantas veces. Allí el viento helaría los cristales del salón, crujirían los leños al fuego, arderían las distancias...

Y al atardecer, estarían lejos los abismos.

Lejos de todo.

Perdidos.

jueves, septiembre 25, 2008

Km. O


... y de fondo: 'Always On My Mind', de Ryan Adams (http://www.goear.com/listen.php?v=321b723),

Hace un tiempo me habrían arrastrado las corrientes de un río desbordado. Hace un tiempo, cuando no era tan niño como podrías pensar, habría acudido a la soledad para refugiarme en una cabaña de recuerdos favorables. Hay unos años que no pude retener en mis manos infantiles, y otros que no pude soltar cuando intenté deshacerme de ellos, antes de que incendiaran mi mundo imaginario. Y me quedé solo, rodeado de restos de papel abrasado. Entre ellos, recompuse los pedazos que quedaron de mí después de la catástrofe, aunque tardé mucho en buscarme.

Te lo dije, no soy una persona triste. Dentro de mí sigue aquel niño que no se dejó ver más ante los ojos extraños. Yo soy él cuando río, cuando tiendo los puentes y levanto las barreras. Has llegado a verle muchas veces, aunque no supieras quién era ni por qué se esconde cuando llegan los demás. Y sí, me siento triste algunas veces, pero siempre abandono los lamentos justo después de haberlos escrito. Expulso las llamas para evitar que se queden dentro las cenizas. Después no hay mucho más de lo que ves, no me quedan más recursos con los que sorprenderte.

Hace un tiempo, decía, me habría sepultado la avalancha. Antes de reencontrarme, antes de mí. Hace unos años habría cerrado la puerta del taxi la otra noche, sin dejar lugar a despedidas. No habrías sabido de mí antes de olvidarte, antes de una noche en que no dormimos y en la que me pregunté si, por una vez, llegaré a cruzarme en el momento oportuno, cuando el sonido de mis pasos no resulte impertinente. Hace un tiempo hubiera sido sigiloso y no habría interrumpido tus sueños. Habría callado, como entonces hice tantas veces.

Sin embargo, ahora llueve diferente. La nieve ha copado la ladera y los torrentes de agua han inundado los pantanos, pero mi entereza no ha perecido en los desastres. Y sigo en pie para quitarte las tristezas, las manchas oscuras de los días grises. Hay personas que están hechas para hacer sonreír a otras, a las que se le colorean de pena las pupilas. A ti, que eres de las primeras, no te sientan bien las aflicciones. Cárgalas en mí, que suelo ser de los segundos, que las llevaré lejos de la ciudad para que no las encuentres. Lejos de ti, allá donde muere la tierra y bailan los vientos, las transformaré en fragmentos etéreos que no estorben tu ánimo.

Después, libre de cargas y de culpas, elige la distancia, el punto exacto en el que quieres mantenerme. Déjame lejos, si te da miedo acercarte. Déjame cerca, si te da miedo alejarme. Sea como sea, estaré rondando las estaciones de metro por si quieres que regrese.

¿Sabes? Preferiría no dejar de verte. Aunque tú no lo sepas, también tú te has llevado lejos mis tristezas.

martes, septiembre 02, 2008

Las hojas pisadas


* 'Sunrise with Sea Monsters', de William Turner.

... y de fondo: 'Lived In Bars', de Cat Power(http://www.goear.com/listen.php?v=cbfc7ec ).

Los días son extraños. Desde que me marché de la ciudad no he dejado de buscarte. En las primeras madrugadas, cuando no conocía el camino de regreso, meditaba entre los callejones estrechos si aparecerías al tomar la siguiente esquina. Sin apenas darme cuenta, los tonos violáceos del alba siluetearon horizontes, gaviotas y acantilados. La mañana del domingo, con el frescor helado de la primera brisa, pasé las hojas de un periódico hecho mirando entre las líneas, por si estuvieras escondida tras los párrafos. Agarré con fuerza la taza de café caliente para no constipar el pensamiento, tan atrofiado tras cada batalla que libro para encontrarme contigo. Pasaron las horas, pero no acudiste nunca a mi rescate.

Unos meses más tarde, con el barrio arraigado a las costumbres, quise otra vez perseguir el destino que huye siempre, tan veloz. Exploré, sin éxito, otras tardes más viejas por si en ellas daba con algunas pistas de tu paradero. Pero abandonaste todas las posadas en las que alguna vez nos vimos. Y al igual que las calles del pueblo parecen desiertas tras el largo estivo en el que todos han atosigado sus orillas, del mismo modo me encuentro yo desierto algunas noches, cuando me descubro asaltado por la soledad, e intuyo entre mis costillas el filo de un punzón que ha atravesado el tejido de unas sábanas que extrañan tu cuerpo tendido.

Como avisé entonces, he vuelto en los albores de las últimas tardes de septiembre, cuando tiendo hacia el otro lado de mí los puentes que quedaron a salvo. Recuerdo que la última noche que de verdad te vi, miramos las luces artificiales que iluminaban los muros cansados de la fortaleza roja. Ansío la vuelta de los fríos, la llegada de una nueva oportunidad de dar contigo. Supongo que seguirás siendo esquiva, que no permitirás treguar una pausa conmigo. Pero dame un respiro, porque de un tiempo a esta parte me siento fatigado. Las hojas de octubre perecerán pronto bajo las pisadas de los caminantes. Giraré entonces otra vez la esquina en que te busqué al principio, pero en otra ciudad, otras calles y con otros ojos, aunque vuelva a darme de bruces con las veces que no estabas.

jueves, julio 17, 2008

Claroscuro


Puedo recordar exactamente la noche en la que se apagaron las luces. Reconozco, al pasar las escenas, la esquina en la que aparcamos el coche. El semáforo oxidado que siempre estaba en ámbar, coloreando tus mejillas de forma intermitente, jugando con la oscuridad de las palabras. Llevaba un libro entre las manos que no he querido leer después, porque cada página me recordaba a ti. Y lo conservo en un estante de la habitación que ya no es mía, tras otros libros que coloqué delante para no ver el pasado. No me resulta difícil volver a sentirme sin oxígeno, sin aliento. Como aquel instante en el que no hizo falta que dijeras que todo había acabado, porque los silencios apresaron las palabras. Y la intermitencia de los tiempos anaranjados se decantó por la soledad, el vacío.

Aquel apagón se llevó consigo la bahía de Cádiz y el rinconcito de una playa en Chiclana, la ruta por las marismas y las calles estrechas con edificios de muros blancos. Perdí de vista la Alpujarra en invierno, el pico de la gran montaña en verano, cuando nos sorprendió la tormenta en pantalones cortos y los años en calendarios alternativos. Desde entonces, el blues y el jazz me recuerdan a las noches en el Secadero inventando personajes para desconocidos. Merodeaba entre las multitudes, observando que era inevitable que todos se fijaran en ti. Y entonces me sentía verdaderamente afortunado porque tú eligieses estar conmigo, ofreciéndote sólo torpeza en las formas, timidez en las palabras y sinceridad en los gestos, incluso en los que no reconocías.

Ahora oteo el horizonte desde esta playa y apenas estamos a sesenta minutos de aquella bahía. Te veo pasear cuatro años antes con alguien que ya no reconozco, porque apenas queda algo de la persona que era entonces. Me ha abandonado la inocencia, la ingenuidad y la mirada blanca. El silencio se ha ido apartando de mi camino, como los sueños hicieron poco después. Ni siquiera fui capaz de intentar retenerte. Sin embargo, quiero pensar que mantengo la timidez en las palabras que buscan la profundidad, las que se descubren rotundas. Espero que mis gestos continúen pareciendo sinceros, porque de lo que estoy seguro, de lo que no dudo, es de que sigo siendo torpe con las formas.

Por eso intento averiguar la manera de decirte que me gustaría saber de ti otra vez, saber que todo te marcha bien. Por eso ninguna me parece suficientemente buena. Ahora me doy cuenta de que siento lo mismo que aquella noche en la que parpadeaba la luz ámbar del semáforo, iluminando la primera despedida. El mismo aliento prófugo de mi garganta y el mismo corazón en claroscuro.

sábado, mayo 24, 2008

Figuras de arcilla


... y de fondo: 'Call Me On Your Way Back Home', de Ryan Adams.

Escucho crujir la madera del violín que suena de fondo. Después, sólo el silencio que me traslada hasta la playa embarrada de la costa noroeste de Inglaterra, a la que huí para no perderme. De aquellos días en los que contemplé todas las variedades de la lluvia, recuerdo un zumo de naranja artificial, unos guantes de plástico de usar y tirar y gorros de papel. Bandejas azules y aspiradoras. Acabado el primer turno, el parque de St. Annes. Sándwich, refresco de cola con sabor a vainilla y los únicos libros en castellano que había en aquel pueblo tranquilo. Benedetti sobre los viejos estantes de madera de la biblioteca. El cielo espeso y gris que contemplaba desde la parada de autobús. Jardines verdosos ante casas de juguete. El asfalto rojo del trazado de vuelta. Preston. La sensación de estar lejos de casa, pero cerca de mí mismo. Más cerca que nunca de los deseos, de lo imaginado, de lo esperado. Camille y París en la lejanía, en los sueños. Más tarde, también en mis ojos y en las palmas de mis manos. Hotel L'Avenue. Una tarde sobre el césped del emperador. Jardins du Luxembourg. La ciudad de la luz y un estremecimiento en blanco y negro. Un vuelo de regreso sobre la gran torre de hierro recortada por las sombras.

Después llegó la redención y la fuga hacia el universo esquivo. Podría haber sido para siempre. Lo había dibujado de otra forma. Viejas ilusiones envueltas en papel de periódico. Reportajes de días esfumados. Entrevistas con mis dudas. Un café con leche y un bloc de notas relleno con tachones. Fotografías a contraluz. Obras coloristas ocultas en un bajo del Zaidín. Pianolas recobrando vidas y sonidos. El primer vistazo al diario en busca de la firma conocida. Recortes y pedazos de papel protegido por fundas de plástico. Pedazos también amarillentos. García Márquez, Capote y Fallaci. Hacía tiempo que no estaba a solas, como ahora. Lejos del viento. Habitaciones alquiladas por arrendatarios desconocidos. Extraños. A veces, cuando cometo el error de no estar ocupado, miro hacia atrás. Sólo un segundo. Suficiente, sin embargo, para ver las ruinas lejanas. Edificios derrumbados. Cascotes esparcidos por las calles. Farolas rotas y humo gris. Soledad. Abandono. Esperanzas muertas que nadie ha retirado del camino. Batallas perdidas por un soldado sin destino. Tristeza.

En unos días, el viento regresará para llevarme hasta la arena. Cuando el huracán me arrastre esparcirá por el infinito esta nostalgia y los pedazos amarillos de papel volverán al cajón de mi viejo escritorio, testigo de las noches pasadas y de los días que no llegaron. La esencia de un universo de arcilla desmoronado. Tierra de figuras sin alma, ni vida, ni recuerdos.

Hasta las últimas tardes de septiembre, cuando caigan las hojas y los puentes.

martes, abril 01, 2008

Fin



...y de fondo: El mar (http://www.goear.com/listen.php?v=eeafe3b).

Hace tiempo que ha dejado de importarme, que no recuerdo nada. El pasado significa ahora solamente un tiempo vivido. Me cansé de anclar mis emociones en escenas congeladas. Encontré en el odio la única forma de olvidar. Busqué dentro de mí y hallé a las personas que aún no he sido. Caminé, al fin, por playas de arena blanca y el salitre se adhirió a mis tobillos como lo hizo muchas tardes antes, en Castell de Ferro. El viento hizo zozobrar otra vez los barcos, encallados en los arrecifes, rasgadas las velas, desorientadas las brújulas. Siempre que acudo a los inicios de un nuevo tiempo me reencuentro con la costa, escenario del azote de un levante enfurecido.

No quiero que esta parte de mí que he descubierto, más arisca y resistente, acabe por destruir todo lo que he sido antes, pero necesito deshacerme de las ropas quemadas. Rescato algunos maderos mojados que me llevo conmigo, pero dejo atrás todo lo demás. Lo que me hizo daño, lo que me hizo débil, lo que me hizo odiar lo que había querido tanto...

Hoy sólo quiero que mi rumbo sea más firme y que el miedo no derrumbe fortalezas. Que no tenga nunca más que sentirme tan culpable por todo.

Yo sólo quise ser la mejor persona posible, pero pocas veces sirvió para algo. Pasará mucho tiempo hasta que vuelva a ser igual que antes, porque todo es distinto. Y, sinceramente, me siento mejor ahora.

Quizás el temporal haya arrastrado consigo los disturbios hacia la profundidad de un océano que se acuesta cada tarde con cometas. La fragilidad de los cuerpos, la inconsistencia de los deseos, la fugacidad de la luz (¿recuerdas?)... Sólo me quedo con lo que escribí la última vez: la convicción de que siempre queda algo bueno por llegar. Quizás sea mejor así. Quizás he sido yo el que siempre ha estado equivocado.

lunes, febrero 18, 2008

Los motivos olvidados




... y de fondo: 'I'll Come To You', de Nic Armstrong (http://www.goear.com/listen.php?v=5ea6c70).

Después de ti, las noches hicieron guardia en mis ventanas. Después de ti todo fue oscuro. Puedo recordar con facilidad los días más grises cargando de plomo las nubes, esperanzas evanescentes por reventar. Los meses no fueron más que calendarios marcados con rotuladores rojos, cruces que apenas recordaban los motivos. Las calles fueron cómplices de ausencias que sólo ofrecieron rutas angostas, pasos perdidos hacia tristezas etéreas. Las farolas giraron su haz de luz hacia los caminos que me hubiera gustado recorrer contigo. El asfalto era, en realidad, un espejo en el que contemplar el color de mi ciudad.

Después de ti me costó encontrar el sentido de mis errores, las razones que me hicieran comprender los trazos negros sobre un lienzo rugoso. No encontré respuestas porque no hice las preguntas correctas y corrí el riesgo de creer que había sido yo el que había fallado. Abracé lo único que nadie ha conseguido arrebatarme: la convicción de que siempre queda algo bueno por llegar.

Todo fue oscuro después de ti. Durante la noche. Durante mi ausencia.

Si pude cambiar lo más difícil, ¿por qué no voy a cambiar lo más sencillo?

Hoy, después de todo, he decidido no olvidarme de nada. No olvidarme de mí. Pero no recuerdo ya, como los calendarios sin memoria, cuáles fueron los motivos que me hicieron vivir a oscuras. Sin luces.

martes, diciembre 25, 2007

Cristales de invierno


















... y de fondo: 'Cayman Islands', de Kings Of Convenience (http://www.goear.com/listen.php?v=9c50cd2).

El frío seco que desciende de las montañas nevadas, trayendo consigo una marejada de abrigos de paño y bufandas de colores, destempla mi garganta pero no mi ánimo. Alzo el cuello de mi vieja chaqueta de ante y la la lana del interior roza con la incipiente barba que dos días sin trabajar me han permitido. Coloco mis manos en los guantes que acabo de comprar en la nueva tienda del barrio. Me dispongo a comenzar mi paseo cuando, desde la calle de enfrente, llega el gran hombre sobre el que escribí hace unos meses. Un abrazo de amistad sincera y un hasta pronto que seguro que será un hasta mucho. No divide la distancia, sino la diferencia. Exhalo el mismo vaho con el que jugaba de pequeño en los días más fríos, cuando imaginaba ser uno de aquellos hombres que se movían en las nubes de humo de las películas en blanco y negro, junto a la barra de un club de jazz. Ahora no soy un niño, y tampoco fumo, pero sigo admirando esas postales.

La ciudad en invierno es más nostálgica que nunca. A pesar de lo que dicen muchos, el frío y la luz neblina de diciembre le otorgan mayor romanticismo a sus calles, a sus plazas, a los árboles. Los mismos árboles que hace unas semanas bailaban canciones de avería y redención, ahora lucen huesudos estirando sus ramas hacia el cielo blanco, blanco invierno. Los mismos árboles que adornan el Salón, huérfano del viejo tranvía que nadie supo sustituir y que mi padre me llevaba a ver los domingos. El fuego consumió sus vagones de la misma manera en la que, muchos años después, haría arder los destellos nebulosos, a la lumbre de un corazón desnudo.

Sigo caminando por la acera arlequinada de la Carrera, una alfombra de mármol a la que se adhieren las hojas secas y por la que corretean los niños vestidos de domingo, como lo hacía aquel pequeño proscrito del caserón insomne que hay junto al río, en el que quedó atrapada una sombra de lo que podemos ser. La Fuente de las Batallas reúne a los más antiguos del lugar en torno a ráfagas de agua de espuma que moja las mesas de los bares en los que los turistas conviven con los personajes propios. Subo la calle Reyes esperando cruzarme contigo, pero siempre faltas a la cita. Llego hasta la Gran Vía, en la que me espera la librería Atlántida, un habitáculo mágico en el que conviven los más grandes de la música y la literatura. Cuando salgo de nuevo a la calle, con Cervantes bajo el brazo, percibo la claridad de un cielo que ha limpiado las nubes de borrascas pasadas. Si acaba la tormenta, todo parece tan poco... Ahora el frío de invierno congela los lamentos de verano como hizo en un paréntesis fugaz del mes de agosto. La felicidad melancólica de la ciudad del hielo cicatrizó unas heridas que han sido más dolorosas y profundas de lo esperado. Y más amargas.

Llego hasta nuestro punto de encuentro imaginario. El cuello alzado protege mi lastimada garganta, los guantes negros ponen mis manos a salvo de los cortes, el aire gélido de la ciudad invernada susurra palabras a los que quieren escuchar. Sin embargo, no he encontrado el modo de defender mi fortaleza de las tropas implacables. Por última vez, miro en derredor, por si acaso no te he visto, pero mis ojos no han sido los torpes. Aunque tampoco has venido este año, sigo esperando tu rescate entre la niebla, en cualquier calle, en cualquier lugar. Hasta que llegues, continuaré escalando las montañas más frías y esperaré en el invierno, quemando remembranzas con las que mantener vivos los fuegos.

¿Recuerdas?

domingo, octubre 14, 2007

Avería y redención #7



... y de fondo: 'Trabajan en escenas de acción', de Quique González (http://www.goear.com/listen.php?v=a9fb831).

Las primeras lluvias de otoño se han sucedido las últimas semanas, empapando los pantalones cortos de turistas sorprendidos por el temporal. El cielo gris retumba al son de tambores de guerras perdidas. Las hojas empapadas que han caído estos días se adhieren al suelo, coloreando de ocre las aceras solitarias del último domingo. Las fuentes del centro son alumbradas por los pocos faros de los coches que cruzan la ciudad. Los paraguas suelen ser amigos a los que sólo extrañas cuando están lejos de tus manos mojadas. La plaza desierta reposa de caminantes perdidos, ahogados en las prisas de todas las semanas.

Refugiado en las paredes secas de la habitación, escucho 'Backliners' y observo el baile de los cipreses que puedo ver desde mi ventana. Parecen deslizarse al ritmo apaciguado de la canción, como las chicas del rock and roll que exhalan lánguidos y eléctricos acordes. La noche está a punto de cubrir el techo nublado de un domingo cualquiera. Si me asomo al filo de la baranda metálica, junto a los cristales, puedo cerciorarme de que casi siempre he aparcado mi coraza en doble fila, haciendo caso omiso de lo que sugerían las circunstancias. Cuando no lo he hecho, cuando he intentado ponerme a salvo de los choques implacables, la vida ha solido llevarme por caminos raros. Nunca he querido ponerme triste en los bares de aeropuerto, pero hay noches en que los aterrizajes me han dañado las frágiles alas y he ido a reparar mis averías en la misma soledad fría de aquellos bares.

Calado de tristezas, la cajita de música cuyas claves nunca he descifrado se abre para regalarme un canto a las heridas que nunca he olvidado. El manto oscuro ha cubierto a estas horas los árboles que hay frente a mi ventana. Supongo que continúan rozando cicatrices en la casa vacía que invadieron los rusos. Los que evitan el crudo invierno del lamento helado y el viento azaroso del norte de las penas. También, a veces, he ido yo a resguardarme en viejos caserones donde se esconden los niños que fuimos. Salones de sueños insomnes que trabajan en escenas de acción, siempre al límite del daño y las desilusiones.

Esta noche será la última noche de los dos últimos años. Mañana, cuando comience el nuevo camino y estrene zapatillas alegres, no voy a repetir estos tropiezos. Seguramente mantenga mi querencia por los proyectos desperfectos, por las abruptas tierras que lastiman mis tobillos. Sin embargo, confío en que el tiempo redentor haga olvidar las aflicciones. Espero que pueda recordar sólo los días en que he sido feliz. Cualquier excusa es buena para comenzar. Las últimas notas del nuevo disco de Quique González llegan a la línea de meta, justo cuando yo me sitúo en la de salida. Los cipreses aún bailan al son del viento silbado. Las ilusiones que he reconstruido aún llamean a la luz de las tristezas redimidas. Aún tengo rock and roll en el pecho...

"Yo te decía que todo estaba bien
y estaba fuera de la situación
fuera de la situación, en una nube."


* 'Avería y redención #7' es el nombre del último e imprescindible disco de Quique González. En cursiva, los títulos y versos de las canciones que he utilizado para juntar mis retazos. Para más información, www.quiquegonzalez.com

sábado, septiembre 08, 2007

Los destellos nebulosos

















... y de fondo: 'Eden', de Hooverphonic. http://www.goear.com/listen.php?v=e7b7769

Ahora que ha pasado el tiempo y las ramas de los árboles han perdido todas su hojas, puedo darme cuenta de que el viento que agitó los bosques no tuvo fuerza suficiente para despejar las copas más recónditas. No llegó la luz a todos los lugares, sino que se mantuvieron refugiados entre los pétreos muros que fortifican las raíces más antiguas de la frondosa arboleda.

Ahora que las llamas que avivaste se han extinguido casi por completo, comienzo a respirar un oxígeno menos cargado de recuerdos, de imágenes tan recientes que secaban mi garganta al suspirar. Después de que el fuego se extendiera por todas las colinas, intenté buscar el origen de la primera fogarada, la que liberó los instintos más autodestructivos que habitan en mi alma quejumbrosa, y que a menudo me ofrece su lado más cruel y salvaje. Logré encontrar la razón de una tristeza tan profunda y desoladora. Nunca antes habían carbonizado mis ilusiones. Frecuentemente era yo mismo el que las prendía, o lo hacía el tiempo y mi desgana. Pero nunca antes había estado situado en el origen del incendio.

Aquella vez ocurrió así. Quise acercarme a las raíces para desenterrarlas y derrumbar así los árboles más altos, los que mantenían a la sombra a los más jóvenes, que aún no estaban manchados de desasosiegos. Cuando arranqué aquellas raigambres quise asegurarme de que no volvieran a entrelazarse en ningún otro refugio, y encendí una chispa luminosa que las hiciera desaparecer. Allí estaba, dispuesto a dibujar con tonos más claros un paisaje menos lóbrego, cuando se derrumbaron todos tus castillos intangibles y la molicie avivó un huracán que creía tener controlado. El azote de los destellos nebulosos llegó hasta mis manos y la chispa se transformó pronto en una quema inextinguible que arrasó los mejores días que vivimos juntos.

Algunas semanas más tarde, con las cicatrices aún calientes, contemplé absorto y triste los restos incinerados de aquellas fortalezas inventadas. Aún hoy puedo recordar el olor de la vida socarrada en aquel bosque sombrío, vacío de la luz que le regalaste durante unas pocas mañanas. Podía haberme llevado las cenizas, pero siempre hubieran rememorado mi fracaso. Prefiero acudir a aquellas ruinas cuando necesite darme cuenta de que puedo ser feliz, porque entonces, antes del fuego, había sido muy feliz contigo. Eso es lo que te agradezco. Lamento que no comprendieras lo que estaba construyendo para ti, que no quisieras arriesgarte demasiado.

Ahora que nada importa, he comprendido que no pude huir de aquel incendio porque no hice caso a las señales. No quise ver los destellos que conviritieron aquellas semanas en cielos nebulosos.

martes, julio 31, 2007

La ciudad del hielo


... y de fondo: 'Momsong', de The Be Good Tanyas.

Llegué, como la novela de Almudena Grandes, con el corazón helado, no tanto por las turbulencias de un vuelo que siempre pareció demasiado largo y peligroso, sino por las lluvias de las últimas semanas, que también han parecido más extensas e inseguras que las anteriores. Nubes de una borrasca que había dejado demasiada calma tras de sí. Cuando llegué, aún sobresaltado por la cercanía de un final inesperado, no tuve tiempo de darme cuenta. Tardé un poco más. No fue tampoco durante el camino al barrio alternativo, cruce de calles similares y de colores contrapuestos, cuando lo advertí. La mañana siguiente, más reposado, desperté y me di de bruces con un pasado agradable que había perdido la costumbre de visitarme. El pasado, que había vuelto a ser presente, contempló los barcos del puerto desde el muelle de madera, primero, y desde la terraza de Herman's, después, intentando imaginar una vida tan libre... Pero aquellos pensamientos, meras delusiones de mundos más comprensivos, enarbolan banderas piratas, y muchas de mis cavilaciones suelen ahogarse antes siquiera de haber zarpado. Las otras, las que ya han fracasado alguna vez, siempre quieren hacerse notar.

Tras haberme esforzado por parecer menos carnívoro, un objetivo que desempeñé con cierto oficio casi hasta el final, fuimos a un local de jazz de cuyo nombre no puedo acordarme. Pero al menos tú lo sabes. Entonces alguna evidencia que aún no era capaz de definir se colocó junto a mí, entre nosotros, en el minúsculo espacio que nos habían dejado los demás, y entre las embestidas del camarero logramos disfrutar de un talento asiático que demostraba tener fuerza, al menos, para deslizar sus dedos por las teclas con mucho talento. Y junto a aquella diminuta artista, un saxofón arrancaba los aplausos de manos nórdicas. Las mías, sureñas, hacían un esfuerzo por no dejar caer la cerveza. Hasta eso nos distingue. Desde un punto intermedio entre el Sur y el Norte llegó el dueño de la elegante crepería, aquel gabacho templado sentado junto la puerta, esperando a las mujeres de su vida, con su delicado acento francés componiendo frases en un castellano parido con esfuerzo, pero con gracia. Y tú no conocías la bohemia de Aznavour...

Las rodillas, sin duda, son una parte delicada de los cuerpos. Si hubiera protegido de la misma manera las mías, supongo que mi paso habría sido más firme y menos tambaleante. Aunque, quizás, las lesiones serían las mismas. Con bollos de canela y cafés amargos, fuimos testigos de la pasarela de turistas en la plaza y en la catedral, y yo no era uno de ellos por mucho que mi pelo insinuara lo contrario. Los niños, al son de melodías cinematográficas, jugaban donde antes otros fueron quemados. Este es uno de los pasos importantes del progreso. Los diamantes sangrientos de Sierra Leona, sin embargo, hace que los hombres sean tan crueles como lo eran antes... ¿demasiada realidad para la ocasión?. Cúlpame por mis elecciones. Las tengo tan acostumbradas a ser desacertadas que podemos absolverlas. Me propongo como responsable solidario, o subsidiario, de las decisiones y las conversaciones que proporcionaron cualquier tipo de tristeza. Y, por entonces, ya pude vislumbrarlo todo.

El último día, abandoné una pena infinita en aquellas tumbas inocentes. La coloqué junto a los peluches, entre los cochecitos y las fotos de tonos sepia. Intentamos olvidarlo sobre el césped del parque, cuando devoré los renos del supermercado y se confirmó el fracaso en mi aventura vegetariana. Supongo que mi estómago necesita la carne como mi cabeza la nostalgia. "Demasiado melancólico para ser español", dijiste entonces. Y, en efecto, lo fui durante el concierto de The Be Good Tanyas en Pet Sounds. Una hora de predicciones futuras en las que soltamos amarras, y treinta minutos para descubrir una música suave y hermosa. Pero, de veras, siempre eché de menos el violín...

Fue entonces, mientras intentaba dormir tras la exótica cena, cuando me di cuenta de todo lo que habían susurrado los tres días. Son las personas las que otorgan carácter a las urbes, medida, ambiente y clima. Y allí, en la ciudad del hielo, fue donde encontré el calor que anduve buscando mis últimas semanas. Porque, no lo olvides nunca, los fuegos de invierno son aquellos que templan los corazones enterrados en la nieve.

Gracias otra vez, amiga.